Revolución en el comercio mundial

El pacto comercial de la UE con EE UU pisa el acelerador

Contenedores en el Puerto de Barcelona.
Contenedores en el Puerto de Barcelona.

Los vientos soplan muy fuerte en contra del pacto comercial entre la UE y EE UU, pero Bruselas confía en aprovechar el rebufo del recién firmado Tratado del Pacífico (entre EE UU, Japón y otros 10 países de esa cuenca oceánica) para superar las resistencias y llevar a buen puerto las negociaciones iniciadas ya hace más de dos años y medio.

“El objetivo sigue siendo cerrar el acuerdo bajo el mandato del presidente Obama [finales de 2016], pero para ello las dos partes tenemos que pisar el acelerador”, reconocen fuentes europeas solo unos días antes de cruzar el Atlántico para la undécima ronda de negociaciones (a partir del 19 de octubre).

Bruselas confía en que la conclusión de las negociaciones del Tratado del Pacífico permita a EE UU concentrar sus recursos diplomáticos en el acuerdo transatlántico para dar un empujón definitivo. “El éxito alimenta al éxito”, apostaba la comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmström, tras anunciarse el lunes el acuerdo del Pacífico.

En la misma línea se expresaban muchos analistas, al tiempo que indicaban que ahora resulta más acuciante que nunca el acuerdo transatlántico para que Europa no se quede al margen de la liberalización comercial que avanza entre Asia y EE UU.

Pero las negociaciones entre Bruselas y Washington entran en su fase más crítica en un momento de creciente tensión comercial entre ambas partes, con una avalancha de turbulencias que pueden afectar gravemente al futuro del Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP, en sus siglas en inglés).

Ayer mismo, el máximo responsable de Volkswagen comparecía ante el Congreso de ese país para dar explicaciones sobre la manipulación de sus motores diésel. Casi al mismo tiempo, la autoridades estadounidense registraban por sorpresa las dependencias de la compañía y las viviendas particulares de algunos de sus empleados para buscar pruebas del fraude.

El celo de EE UU en su investigación contra un tipo de motores que apenas suponen el 3% de su parque automovilístico desata a este lado del Atlántico acusaciones de proteccionismo. Pero lo mismo sucede al otro lado con las investigaciones de Bruselas contra Google por presunto abuso de posición dominante o con la ofensiva de varios países europeos contra las multinacionales estadounidenses que explotan el mercado europeo sin apenas pagar impuestos.

Para colmo, el Tribunal de Justicia Europeo anulaba el pasado martes el acuerdo transatlántico sobre transferencia de datos personales hacia EE UU, lo que amenaza la actividad de gigantes como Facebook o Amazon, pero también la actividad de centenares de empresas más pequeñas de uno y otro lado.

La postura oficial de Bruselas es minimizar el impacto de todas esas trifulcas en la labor de los negociadores, cuya tarea se centra en pactar los términos técnicos de un tratado que aspira a crear el mayor área de libre comercio del mundo y, tal vez, de la historia.

Presión en contra

Pero los negociadores actúan en un contexto político que resulta cada vez más complicado y que puede acabar frustrando su tarea. EE UU ya ha entrado en la cuenta atrás hacia las elecciones de 2016 y los tratados de libre comercio, tanto el del Pacífico como el Transatlántico, cuentan con grandes enemigos entre demócratas y republicanos.

En Europa también gana fuerza el movimiento en contra del TTIP. Y esta misma semana, sus representantes entregaron a la Comisión Europea una petición con tres millones de firmas para frenar las negociaciones.

Más peligrosos aún parecen los titubeos de algunos países, como Francia o Alemania, bajo la presión de lobbies agrícolas e industriales que temen la competencia estadounidense. El ministro francés de Comercio, Matthias Fekl, advertía esta semana que París abortará el acuerdo si EE UU no mejora sustancialmente sus concesiones. Y fijaba un plazo: “si la cosa no mejora en las próximas rondas y en 2016, propondremos que se abandone la negociación”.

La Comisión prefiere interpretar la amenaza francesa como un acicate para acelerar los contactos. “Estamos en la fase en que hay que encontrar una salida a los temas más sensibles”, señala el departamento de Malmström. Pero el aviso de París se presta también a otra lectura. Por primera vez se admite abiertamente que el ambicioso Acuerdo comercial quizá no llegue a ver la luz.

 

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