Tribuna

¿Hasta dónde el juego?

Jugar sobre un alambre aun con red tiene sus riesgos. Hacerlo sin red, un abismo y una imprudencia. Hacerlo además a base de engaños, de manipulaciones, de tergiversar argumentos, y prometer arcadias a todas luces conscientes de su falsedad y su mera probabilidad que ni siquiera posibilidad, la estrategia deliberada que el nacionalismo catalán, al socaire de esta huida y enroque finalista, se ha empeñado en atisbar, presentar y plantear.

Más allá del órdago, de la insinuación, de la provocación, de la manipulación, está simple y desnudamente la realidad. El sentido común, poco dado a los caprichos y dislates más o menos veleidosos y siempre grandilocuentes, casi mal con el engaño, pero también con una permanente estulticia. Nadie es más ciego que quién ve y se empeña en no querer ver. De nada sirve interrogarse de cómo hemos llegado a este punto de tensión política y fractura social, porque el verdadero daño no es el político, sino el de la división, el de la separación social en Cataluña, entre ciudadanos que piensan antitéticamente sobre una cuestión tan esencial como ésta. El daño político es el que es, encauzarlo o no requiere y requerirá mucha inteligencia y sensatez, pero también cesiones. Y un límite, el hartazgo y el rechazo o desconfianza recelosa que a un lado y al otro existe ya. Porque fatiga y cansa este sempiterno tema, esta soporífera cantinela nacionalista de más competencia, de más dinero y de más saltarse a la torera leyes, legalidades, usos y costumbres. Solo el yo importa y el resto desprecio, soberbia y renuncia a representar y gobernar a todo un pueblo, gobernando sólo para unos y utilizando arbitraria, cínica e ilegítimamente, cuando no torticeramente, las instituciones que son de todos y para todos, para un fin particular, en este caso soberanista. No hablamos ya del camuflaje de las acusaciones de corrupción y sus prácticas, tampoco de la controversia ideológico que no programática –pues no hay programa de acción de gobierno– de quiénes se han agrupado pero sin otra cohesión que el grito de la independencia en una coalición que aspira a gobernar aun sin saber cómo y a proclamar o aguijonear ese grito independentista.

Hablemos igualmente del daño económico no solo para Cataluña sino para el resto de España, que está causando esta deriva y esta desproporción discursiva y rupturista a la economía, a las inversiones, a las perspectivas de las empresas del resto de España y las consecuencias de que salten los umbrales de mínimo en que estábamos respecto de la prima de riesgo y la financiación de la deuda, y así un largo etcétera, pues no es sólo que los empresarios, inversores extranjeros (más o menos especuladores) pero inversores en nuestro país muestren su preocupación, sino el no ser capaces de atraer adecuada y convenientemente más inversión y creación de empresas y de empleo en un país que lo necesita más que mayo el agua. Mayo marceante, nacionalismo impenitente.

Juegos de palabras, debates cojos y argumentos enrevesados se han dado cita durante dos o tres años sin disimulo y sin que tampoco se les haya contestado. Llevamos cuarenta años con paños calientes, cediendo, escuchando, permitiendo, negociando. Y siempre hay algo más en esa escalera que está llegando a sus últimos peldaños reivindicativos. El juego de nunca acabar y de siempre querer más, pero asimétricamente. ¿Hasta dónde el juego si es que alguno vez todo esto fue más que un juego? Hechos diferenciales, privilegios, prebendas, asimetrías en suma es el sempiterno tema y anatema de los nacionalistas. Proclamarse distintos y diferentes al resto, renunciar a cualquier atisbo de simetría, de igualación, mascullando siempre un algo, una razón, un por qué distintivo por muy superficial que sea. Pero si en algo son maestros los nacionalistas es en el arte de la provocación y la arrogancia de la valentía con vehemencia y desparpajo. Y si en algo yerra una y otra vez tropezando en la simplonería y la entrada al capote más absurdo y sibilino son los gobiernos centrales. Solo plantear la estrategia conjunta y unitaria de un bloque por la independencia sin importar al menos en apariencia las enormes diferencias ideológicas existentes y no hablar ni una sola palabra de ideología y programas políticos y sociales es una estrategia que está condenada al éxito por el ninguneo y la condena a la irrelevancia a que somete al resto de partidos.

Indirecta y reflejamente, en frente, existe un virtual bloque que de suyo no está a favor de esa independencia, aunque no lo digan ni abiertamente los unos, ni veladamente lo oculten algunos que prefieren elucubrar con un federalismo que de facto ya existe en el estado autonómico, federalismo asimétrico y diferenciador por las competencias fiscales y financieras que tienen vascos y navarros a diferencia del resto. Rota la igualdad y la paridad competencia y funcional, por muchos anclajes históricos y decimonónicos, canovistas o no, los unos no quieren esa mímesis y los otros la relegan con contumacia y prestancia arrogante.

Abel Veiga Copo es Profesor de Derecho Mercantil en Icade.

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