El Foco

Más de lo mismo

Cuando preguntas por el posible resultado de las elecciones presidenciales argentinas del próximo 25 de octubre, a muchos porteños no les importa pronunciarse: “Más de lo mismo, nada va a cambiar”. Eso significa que ganará Daniel Scioli –incluso en primera vuelta– y que el oficialismo/peronismo (FyP) seguirá instalado en el poder durante algunos años más; también que los candidatos opositores Macri y Masa tendrán que aguantarse y esperar a otra oportunidad. Curiosamente, en la papeleta electoral Scioli se acompaña como vicepresidente, o lo acompañan, de Zannini, la mano derecha oculta de los Kirchner durante muchos años, colaborador destacado de Néstor y, más tarde, de Cristina.

Y tal circunstancia, que parece una imposición de la actual presidenta al candidato Scioli, muchos piensan que no es tal: “Scioli tiene cara de boludo, pero no es un boludo”, me confiesa un periodista. El gobernador de la provincia de Buenos Aires tiene fama de encajador (fue maltratado por los Kirchner aun siendo su vicepresidente) y de hombre muy trabajador que parece haberse rodeado de un equipo competente. Es muy disciplinado y, dicen, tiene las ideas claras, aunque nadie las conozca porque todas sus manifestaciones se resumen en una especie de eslogan: Adelante, con fe y con esperanza. Naturalmente, aunque antes era firme partidario, ahora que se ve ganador ha rechazado los debates televisivos con otros candidatos y se refugia en los apoyos de su partido, de todo el aparato peronista (incluida la poderosa Campora –agrupación política– que creó y dirige Kirchner hijo), y en las eventuales y explícitas ayudas del resucitado Lula, del presidente boliviano Evo Morales e, incluso, del expresidente uruguayo Mujica, todos de visita en Argentina para echar una mano.

El presidente de una asociación con implantación nacional me dice que, una vez más, Argentina es el país “que pudo ser y que nunca será. Nos hemos estancado en la mediocridad y hasta los indices internacionales se han olvidado de nosotros porque Argentina no aparece en ninguno”. Claro que la cuestión no está en aparecer en determinados índices o rankings sino en disponer de alguno que sea fiable. Por ejemplo, no hay índices de pobreza porque dicen en el Ministerio de Economía que, si los hubiere, se estigmatizaría (sic) a los que en ellos apareciesen incluidos... Se estima que el subempleo o el empleo informal es altísimo y, por dar algunos datos más, no se conoce el índice real de inflación que estudios rigurosos no oficiales creen que puede rondar el 26% a septiembre. El dólar se cambia oficialmente a 9,35 pesos pero, en la calle, el llamado dólar blue alcanza los 15,5 como el que no quiere la cosa. Todos saben que se impone con urgencia una devaluación del peso, pero ningún candidato, so pena de jugarse la elección, se va a comprometer sobre ese asunto. Como otros tantos, ese es un tema tabú en la campaña electoral, que más parece centrarse en eslóganes, presencia pública, imagen y publicidad sin contenido; los candidatos no ofrecen soluciones a los problemas del país ni propuestas que puedan ilusionar al electorado, claro que mal puede ilusionarse a los votantes cuando los ideales brillan por su ausencia entre los que aspiran a la presidencia de la nación.

Se anuncia que hasta finales de año 25.000 nuevos funcionarios se incorporarán a la Administración, nadie sabe muy bien para qué; las medidas populistas hacen que el gasto público siga desbocado y, como dicen mis amigos relacionados con el mundo de la cultura y el arte, basta una muestra: el Centro Cultural Kirchner (CCK), inaugurado por la presidenta en mayo pasado en la antigua sede de Correos en Buenos Aires, un majestuoso edificio en cuya rehabilitación se han gastado miles de millones de pesos que, seguramente, se podrían haber invertido (gobernar es priorizar en función de las necesidades) en cosas más perentorias. Eso sí, el CCK es el mayor centro cultural de América y del que –decía Cristina Fernández en la inauguración– Néstor Kirchner estaría orgulloso, porque su papá fue cartero...

Y, como siempre, todos aquellos a los que pregunto se quejan de que la corrupción campa a sus anchas y la desigualdad sigue instalada entre los argentinos, reabriéndose el debate de las necesidades de las comunidades indígenas en el país: el martes, 10 de septiembre, murió en el Chaco, al norte de Argentina, un joven de 14 años, de la etnia Qom, que pesaba 11 kilos; un suceso que, como recogen algunos medios, ha embarrado la campaña electoral y ha traído al primer plano de la actualidad, y del debate, la atención a los pueblos originarios que, según denuncian los líderes indígenas, se siguen muriendo de hambre en un país rico que exporta alimentos y donde la tierra es muy generosa.

Se compran voluntades inescrupulosamente y los gobernantes siguen viviendo en la ficción, en un a modo de país imaginario donde reina el populismo y crece la desconfianza. Y eso no parece que vaya a cambiar, ni ahora ni después de las elecciones. Mientras, muchos ciudadanos luchan cada día por una Argentina mejor: asociaciones de empresas y de fundaciones se preocupan por el futuro y trabajan en la innovación social; foros y cátedras donde se dialoga y se debate sobre los problemas reales para buscar soluciones; empresarios que se afanan en crear empleo y en generar riqueza lejos de los tentáculos subsidiadores del poder; jóvenes que sueñan con una Arcadia argentina, y, en definitiva, muchos ciudadanos que pasan de la política porque están convencidos de que nada va a cambiar hasta que los peronistas no ganen unas elecciones.

La crisis argentina no es solo económica, es también ética, de comportamientos y actitudes, y para cambiar esa tendencia trabajan muchos ciudadanos que sueñan con El Dorado, sabedores de que se está acabando una época porque las ilusiones básicas de los que los gobiernan se han agotado y se hace necesario un cambio para, como afirmaba Montaigne, oír el “testimonio de la conciencia”, un cierto no sé qué de congratulación en obrar bien que nos alegra internamente. Hay muchos argentinos que creen en el futuro de una Argentina grande, sobria y decente y la sienten cercana en su esperanza, como en aquel poema que Borges le dedicó a Mujica Lainez: “Tu versión de la patria, con sus fastos y brillos,/ entra en mi vaga sombra como si entrara el día”.

Juan José Almagro es Doctor en ciencias del trabajo y abogado.

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