Tribuna

Podemos: vacilaciones y vaivenes

Instalados en el dilema, prisioneros de un laberinto que han ido tejiendo inconscientemente Podemos se encuentra inmerso en estos momentos en un ser o no ser definitivo. En apenas 18 meses llegan o tratan de llegar a una mayoría de edad que se antoja tan compleja ambigua. Por el camino se han dejado la piel y el tronco de sus ideas. El laboratorio de ideas de una facultad dista mucho de la realidad fáctica. La conquista del poder democrático no es un asalto a los cielos. Esto es una boutade para un mero discurso vacuo. Languidece el tictac de Pablo Iglesias. La caída no es una percepción, es una realidad. El suflé se desinfla aunque no a la misma velocidad de vértigo con el que el mismo fue flambeado.

Traían respuestas, traían arrogancia, aires frescos, rompedores, nuevos en un océano de lodo e ideas trufadas, de desencanto hacia lo viejo, el cansancio ante las tradicionales formas y modos de hacer política. Rompieron máscaras y dieron un patadón a un balón enfangado en un campo de fútbol donde los jugadores estaban absortos de sí mismos y embebidos de la soberbia de 37 años de odres y moldes avejentados y apolillados. Nadie sabía hacia dónde se dirigía ese balón, pero hubo reacción. En todos los partidos y formaciones que se asustaron pero no ahuyentaron. De aquella incipiente plataforma de mayo de 2014 con sus cinco eurodiputados se pasó a una formación política que aspiró a todo con petulante arrogancia y su secretario general, –viejos esquemas y estructuras de partidos que tildaron de casta–, que se erigió, recte, autoproclamó, líder de una oposición que ni había ni nadie ejercía con contundencia, énfasis y energía. Llegaron las andaluzas y los resultados no fueron los esperados.

El viejo socialismo, pese al fango de corrupción y acusaciones clientelares, resistió con contumacia y desdén. De aquel ensayo pocas lecciones de cara a mayo. Pero una sobresalía, aparentar y cambiar el discurso y el molde hacia una socialdemocracia que diluyera de un plumazo todo rastro e populismo y deriva bolivariana. No había tiempo. Tampoco credibilidad en ese tránsito con un objetivo claro, fagocitar a los socialistas. Diluir la formación en plataformas y mareas diáfanas y amplias donde el espectro daba cabida a todo, pero con una columna vertebral clara, la izquierda, la más contestaría, inconformista y radicalizada. Las mareas dieron la gran sorpresa y se hicieron con alcaldías impensables. Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz, Coruña y Santiago. Entre las más relevantes. Podemos quiso envolverlo como triunfo propio, pero era uno más entre las formaciones. Fotos oportunistas y abrazos. Pero comprendieron una lección. El socialismo no está derrotado, y el voto que habían atrapado era el de Izquierda Unida. Nuevo giro. Esta vez hacia el centro. El espacio imaginario donde todos los partidos que han gobernado en España han acudido para sus mayorías.

Y aquí está el laberinto. El telar que se enmaraña. Aparentar lo que no se es. Bascular y pendular sobre lo que hace meses se negaba con fruición. Podemos es izquierda. La izquierda clara del socialismo. La misma que ocupa Izquierda Unida y a la que se ha enfrentado abiertamente en un claro intento de ningunearlo y evitar una lista unitaria en las próximas generales. La misma que en no pocas regiones han capitaneado algunas formaciones de tinte nacionalista o regionalista. La misma que en otras arenas políticas han sido copadas por partidos antisistema.

Podemos sabe y es consciente en estos momentos que sus vaivenes y su falta de firmeza y contundencia en sus propuestas, algunas ignotas, las más, su cambiante discurso y la frescura de los primeros momentos, los de la sorpresa, los del encanto, los de decir lo que los ciudadanos querían escuchar, ya no existen. La probeta y el ensayo clínico o epistemológico de un despacho de facultad o de un aula nada tiene que ver con la realidad de la política.

Perdida una hegemonía que solo entre sueños fue alcanzada, son sabedores que su única opción es arrancar los escaños suficientes para que toda la izquierda y cierto nacionalismo puedan llegar a formar una mayoría poselectoral de gobierno. Una mayoría que pasa por los socialistas que Gobierno y Partido Popular no pierden empeño ni ocasión de criticar, de anticipar y de redimensionar en un paisaje catastrofista.

Lidiar con todos y contra todos tiene en política un precio, la nada. La mismidad de la nada. La primogenitura de la izquierda no les pertenece. Al menos de momento. No se puede defender en Andalucía una cosa y la contraria en Cataluña. Llega la hora de saber qué quieren ser de mayores, porque el tren solo va a pasar una vez. Un tren y una estación donde la arribada puede significar por vez primera en esta democracia nueva que el partido más votado no gobierne. O sí, quien sabe.

Abel Veiga Copo es Profesor de Derecho Mercantil en Icade.

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