El comprador de los terrenos es aún desconocido

La gran siderurgia de Madrid, un solar

La antigua fábrica de ArcelorMittal en Villaverde ultima su desmontaje

Llevaba dos años cerrada tras acumular 30,6 millones en pérdidas

Grúas desmantelan la acería y los trenes de laminación del centro siderúrgico de ArcelorMittal ubicado en Villaverde.
Grúas desmantelan la acería y los trenes de laminación del centro siderúrgico de ArcelorMittal ubicado en Villaverde.

Villaverde siempre ha llevado acero en sus venas. La antigua fundición de la que ahora es propietario el gigante mundial ArcelorMittal abrió sus puertas allá por 1956 y se convirtió enseguida en una parte característica del paisaje de este distrito de la capital. Ahora, entre escombros y grúas que derriban el metal que una vez fundió, se cierra un importante capítulo de la industria pesada de la región.

En la década de los cincuenta, Villaverde era un auténtico motor industrial. En el distrito desarrollaban su actividad las fábricas de Boetticher y Navarro (ascensores), Standard (teléfonos), Marconi (radios), Barreiros (camiones) y otras que, junto con la acería propiedad entonces de Manufacturas Metálicas Madrileñas, ocupaban a una gran parte de los vecinos de la zona.

A día de hoy únicamente mantiene su actividad comercial la antigua fábrica de Barreiros, actualmente PSA-Peugeot Citroën, que ha sufrido muchos vaivenes en cuestiones de empleo a lo largo de los últimos años.

Los sindicatos no están preocupados

José Ignacio San Miguel, responsable del sector siderúrgico de UGT, sostiene que la desmantelación de la fábrica de Villaverde no debería ser motivo de preocupación para los empleados. “No hemos recibido ninguna queja por parte de los trabajadores”, comentó al respecto.

Bajo su parecer, ArcelorMittal hizo una inversión considerable para unificar las oficinas de la compañía en el centro de Villaverde, por lo que “no tendría sentido” que ahora las derribaran para vender los terrenos, pues tendrían que volver a reubicarlas.

“Esta operación pasa solo por tirar la acería y los trenes de laminación, que llevaban sin actividad desde 2012, por lo que ninguno de los actuales empleados debería verse afectado”, explicó San Miguel.

En el momento del cierre de la fábrica, 285 de los 390 trabajadores que de los que disponía entonces se vieron de un modo u otro afectados. La situación se resolvió con la reubicación de la mayor parte de ellos en las plantas de Olaberría y Zumárraga en el País Vasco, junto con prejubilaciones y bajas incentivadas, atendiendo al plan social que la compañía acordó con los sindicatos.

La acería se dedicaba a la fabricación de grandes vigas destinadas a obras públicas, grandes edificios y naves industriales. Con la crisis, la caída de la demanda llevó a esta planta a exportar el 84% de su producción, frente al 60% de ventas en mercados exteriores que registraba de 2006. “Madrid, lejos de una salida al mar, no tiene la mejor ubicación para exportar, máxime en un contexto tan difícil en los mercados internacionales”, explicó el directivo de la compañía Gonzalo Urquijo en enero de 2012, cuando anunció el cierre definitivo de la planta.

La situación era complicada. Entre 2009 y 2010 la acería llegó a acumular cerca de 30,6 millones de euros en pérdidas. Fue entonces cuando comenzaron los expedientes de regulación de empleo temporales que acabaron desembocando en el cierre.

Para entonces, la factoría, que tenía una capacidad de producción de 500.000 toneladas de acero al año, funcionaba al 35% de su capacidad, mientras que la laminación lo hacía al 65%.

El terreno de alrededor de 100.000 metros cuadrados es hoy el centro de trabajo en el que se encuentran las oficinas centrales de ArcelorMittal en España, rodeadas aún por el esqueleto de la antigua fundición. De la antigua actividad industrial, únicamente queda en funcionamiento un almacén logístico de chatarra que, operado por alrededor de 20 trabajadores, abastece a las fábricas de productos largos (barras, alambrón, vigas y raíles, entre otros artículos no planos) que el grupo mantiene en el País Vasco.

Cuando concluya el actual proceso de desmantelamiento, gran parte del terreno quedará completamente desierto, un detalle que no ha pasado desapercibido entre los actuales trabajadores. “Sí que es un espacio demasiado grande como para las actividades que se hacen aquí”, comenta in situ a CincoDías uno de los empleados en una visita de este diario a los aledaños del centro.

Retiradas las representativas chimeneas, en el recinto de chapa oxidada vuelve a sentirse una actividad propia de tiempos pasados, aunque esta esté completamente dirigida a borrar lo que queda de la fábrica. Los escombros se acumulan por doquier y el metal de las obras se confunde con el que se trata en el almacén de chatarra.

Entre la plantilla, cuenta este trabajador, se especula con una posible venta de los terrenos a un tercero que, por el momento, no conocen. “No se nos ha dicho nada de quién va a comprar todo esto, si es que de verdad ocurre, solo espero que no afecte a mi futuro laboral”.

La teoría de los trabajadores parece totalmente fundamentada, y es que, según la memoria que acompaña a las cuentas de ArcelorMittal de 2010, el gigante siderúrgico ya concedió a otra empresa, de la que no se ha hecho público su nombre, un derecho de compra sobre los terrenos de la planta. Este derecho se hará efectivo “en el momento en el que se produzca la desafectación de la totalidad o parte de los terrenos de la actividad siderúrgica”, una situación a la que, dado el desmontaje, se llegará en un futuro próximo.

La compañía no ha comentado nada respecto al posible comprador de los terrenos, aunque ha asegurado que las obras de desmontaje afectan exclusivamente a la acería y a los trenes de laminación que quedaron fuera de servicio en su momento. La versión de la siderúrgica ha sido de igual forma confirmada por los técnicos que están llevando a cabo el desmantelamiento. De esta forma, la opción de la venta total de los terrenos queda totalmente descartada.

Pese a ello, los trabajadores del centro ubicado en la carretera de Toledo han mostrado su preocupación acerca del futuro del almacén logístico de chatarra. “Lo más normal es que deje de funcionar también y esto se quede únicamente en la parte administrativa”, razonaba otro empleado que, sin embargo, sostiene que “durará un poco más porque en algún lugar hay que gestionar todo este material que están tirando”.

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