Los nuevos propietarios, Sainberg SL, buscan aumentar las ventas en 15 millones

Ibense Bornay o los helados más gaditanos

Fundada hace 123 años, renace este verano después de superar un concurso de acreedores

El primer Bornay vendía helados mantecados por las playas de Sanlúcar de Barrameda

Motocarro con el que se vendían los helados por las calles en los ochenta.
Motocarro con el que se vendían los helados por las calles en los ochenta.

La mayor parte de la producción heladera en España se lleva a cabo en la zona de Levante. Hay, sin embargo, una empresa, la Ibense Bornay, que lleva desde 1892 deleitando a su público con la elaboración de este fresco manjar en la provincia de Cádiz. Primero desde un pequeño despacho en Sanlúcar de Barrameda; ahora en una fábrica, con capacidad para poner en el mercado 20 millones de litros de helado al año, en Jerez de la Frontera.

En 2014, cuando la compañía atravesaba una marejada financiera, con la embestida de un concurso de acreedores, solo vendieron 2,2 millones de litros. Los nuevos propietarios, Sainberg SL, esperan alcanzar en los próximos tres años un volumen de venta de 15 millones, de los que el 50% provendrá de exportaciones. Para ello contarán con el saber hacer técnico de la cuarta generación de la familia Bornay, que sigue vinculada a la empresa que montó su bisabuelo, un ibense que empezó repartiendo con una cántara por la playa de la San Sebastián del Sur.

Cronología

El fundador, Carlos Bornay, con su cántara en la playa de Sanlúcar de Barrameda.
El fundador, Carlos Bornay, con su cántara en la playa de Sanlúcar de Barrameda.

1892. El fundador de la empresa, Carlos Bornay, comienza a trasladarse los veranos desde la localidad alicantina de Ibi a la gaditana Sanlúcar de Barrameda para vender sus helados en las playas de este municipio.

1900. A principios del siglo XX uno de los dos hijos del creador de la empresa José Bornay y su esposa, Josefa Picó, deciden emprender su camino en solitario. Compran un obrador de confitería en Sanlúcar de Barrameda.

Años ochenta. Carlos Bornay, nieto del fundador, adquiere una planta de 12.000 metros cuadrados en la localidad gaditana. Comienza la actividad exportadora de la compañía.

1992-1993. Ibense Bornay logra hacerse con el contrato para la distribución de helados en la Exposición Universal de Sevilla. Según los propietarios, el no respeto del acuerdo, por parte de los adjudicadores, obliga a la empresa a suspender pagos al año siguiente.

2001. La compañía abre una fábrica en Chicago, desde donde distribuyen sus productos en varios Estados norteamericanos.

2003. Ibense Bornay inicia un plan de inversiones para multiplicar por diez su producción.

2009. La empresa traslada la fábrica al Parque Científico Tecnológico Agroindustrial de Jerez de la Frontera (Cádiz), a unos 30 kilómetros de su anterior ubicación en Sanlúcar de Barrameda.

2014. Ibense Bornay entra por segunda vez en su historia en concurso de acreedores.

2015. Un nuevo grupo inversor, Sainberg SL, se hace con el 100% de la empresa. La cuarta generación Bornay se mantiene en puestos clave.

Con ese sobrenombre se conocía a la localidad gaditana situada en la desembocadura del río Guadalquivir. Eran muchos los aristócratas de rancio abolengo que pasaban en ella la temporada estival. En busca de esos pudientes veraneantes Carlos Bornay comenzó a desplazarse cada verano desde su tierra natal, el municipio alicantino de Ibis. De ahí el nombre de su empresa, la conjunción de su gentilicio y su apellido: Ibense Bornay.

En su peregrinar le acompañaba su mujer. Él salía por la mañana, tempranito, camino de la playa, con su cántara al hombro. Iba llena de helado mantecado, una mezcla de mucha leche y sabor vainilla. Se solía comer acompañado de una galleta. Para mantener el frío, la vasija iba cubierta con sal y tela de arpillera. Cuando se acababa el contenido volvía a por más a un pequeño despacho. Ella elaboraba allí el producto. Cuando empezaron a hacer algo de dinero, la venta comenzó a hacerse con un carro por las calles del casco urbano.

Tras acabar la temporada veraniega, marido y mujer volvían a su tierra natal. Hasta que uno de sus hijo, José, decidió instalarse en Sanlúcar. Abrió un pequeño obrador con una confitería en la parte delantera. Si solo se comían helados en verano, tocaba vender pasteles y cafés en invierno. Esta mezcla sigue presente en muchas de las heladerías de la Ibense Bornay y en la fábrica. Borrachos, simples o de natas, tartas heladas, lazos, palmeras, dónuts, xuxos y ensaimadas conforman la producción diaria junto a los litros y litros de sorbetes.

El salto a la producción industrial llegó de la mano de uno de los nietos del fundador, Carlos Bornay. Eso sí, según defiende la familia, el avance no supuso abandonar ese toque artesanal que les caracterizaba. A principios de los años ochenta la empresa adquirió una planta de 12.000 metros cuadrados en Sanlúcar de Barrameda. Este avance coincidió con el inicio de la apuesta por la exportación.

Poco a poco la marca, que los gaditanos, y andaluces, asocian casi automáticamente con el concepto helado, se extendió más allá de las fronteras autonómicas. Está presente en aproximadamente 25 países. De ellos procede el 30% de su facturación anual. Llega, por ejemplo, a territorios tan lejanos como al archipiélago de Nueva Caledonia en el Índico, a donde se transporta a bordo de barcos. Además, en 2001 la compañía abrió una fábrica en Chicago, desde donde distribuyen sus productos en varios Estados norteamericanos. Sus helados dan incluso la vuelta al mundo. Son los elegidos por la compañía de aviación norteamericana Delta Air Lines para agasajar a sus pasajeros.

Una montaña rusa comercial ha caracterizado la trayectoria comercial de esta saga heladera en el final del siglo XX y en la segunda década del XXI. Un negocio seguro como la exclusiva en la distribución de helados en la Expo 92 acabó en una pifia y en un concurso de acreedores. Lo remontaron.

En 2014 se vieron obligados, sin embargo, por segunda vez a suspender pagos. La causa esta vez, la inversión en la nueva planta de Jerez de la Frontera. Para su construcción contaban con el dinero de una constructora que iba a adquirir el antiguo solar de Sanlúcar. El acuerdo se rompió. Los fondos nunca llegaron. Después del bajón, en 2015 ha entrado savia nueva y están dispuestos, con el apoyo de los Bornay de toda la vida, a renacer para que sus helados vuelvan a ser un dulce manjar gaditano saboreado en el mundo entero.

De la vainilla a las frutas y de ahí al picante con chile

Tarros de los nuevos sabores del verano 2015.
Tarros de los nuevos sabores del verano 2015.

El primer sabor de los helados de la Ibense Bornay fue el de vainilla. Se llamaba napolitano y sus ingredientes eran yema de huevo, cáscara de limón hervida, ramas de vainilla, azúcar y leche.

Cuando a principios del siglo José Bornay abre su despacho permanente en Sanlúcar de Barrameda, este pronto se vuelve popular entre los adinerados veraneantes.

La Casa Real se convirtió en uno de sus clientes. Algunos de sus miembros veraneaban en el Coto de Doñana. Fue una de las infantas, que había vivido en Italia, quien les entregó la receta del helado de caramelo, su favorito.

Luego, en los ochenta llegarían las frutas heladas, gracias a una ingeniosa máquina, de invención propia, que vaciaba la fruta sin partir la piel y que permitía recolectar su zumo para su posterior congelación.

En este 2015 han ido aún más allá con sabores tan exóticos como el picante con chile o el caramelo salado con leche condensada.

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