El valor de la tranquilidad futura: un plan financiero para nuestros objetivos vitales

El valor de la tranquilidad futura: un plan financiero para nuestros objetivos vitales

¿Por qué a la hora de invertir no nos tomamos nuestro tiempo y, en la mayoría de los casos, tomamos decisiones sin darle más que un par de vueltas? Las decisiones de inversión son fundamentales en nuestra vida y la base para que logremos nuestros objetivos personales y profesionales. En cambio, muchas veces dedicamos a su planificación y ejecución menos tiempo que a la compra de un coche o, incluso, de un ordenador, cuya repercusión en nuestro futuro es sensiblemente inferior.

Es curioso observar como cuando vamos a comprar un coche primero hacemos una búsqueda exhaustiva sobre marcas y modelos, consultamos en foros, leemos referencias y vamos al concesionario a probar varios. El comercial antes de vendernos el vehículo nos hace infinidad de preguntas: ¿cuántos hijos tiene?, ¿qué uso le va a dar?, ¿gasolina o diésel?, ¿manual o automático? Y así hasta definir qué tipo de coche es el que más se ajusta a nuestras necesidades.

Cuando planificamos nuestras finanzas personales y tomamos decisiones sobre nuestro patrimonio, en cambio, en muchas ocasiones ni la búsqueda es tan detallada ni consultamos con un experto. Y cuando sí acudimos a alguna entidad, en numerosos casos el asesor que nos atiende no se toma el tiempo y el interés en entender para qué invertimos, cuáles son nuestros objetivos vitales y se limita a darnos cuatro consejos estandarizados y a vendernos el producto en campaña en su entidad, el que figura en el primer puesto del ranking o el que tiene menor coste en comparación con la competencia.

Esto puede facilitar la labor, agilizar la decisión, pero ¿conseguirá el cliente con estas recomendaciones generales jubilarse, comprarse la casa de sus sueños o enviar a estudiar a sus hijos al extranjero? La responsabilidad de conseguir que nuestras inversiones se ajusten a nuestras necesidades y nos faciliten nuestros objetivos es compartida por entidades financieras y clientes.

Los primeros no pueden realizar las mismas recomendaciones para todos y deben preocuparse por conocer lo que verdaderamente interesa al cliente. Los segundos deben ser exigentes con la calidad del asesoramiento financiero que reciben y deben interesarse en la gestión de su dinero y esforzarse por entender los niveles de riesgo que acarrean las distintas opciones para lograr que sus inversiones se ajusten a su perfil. Como se solía decir, “nadie da duros a cuatro pesetas”, ni hay rentabilidades extraordinarias libres de riesgo.

Siempre, antes de invertir hay que pensar para qué lo hacemos. ¿Puedo dejar mi trabajo actual y montar un negocio?, ¿durante cuánto tiempo podría aguantar las pérdidas iniciales del negocio que quiero poner en marcha?, ¿me puedo permitir bajar el ritmo de trabajo?, ¿qué sería de mi familia si yo tuviese un accidente?, ¿podré mantener mi nivel de vida durante la jubilación?, ¿podré jubilarme a la edad que deseo?: estas son algunas de las preguntas de base que los clientes se hacen o se deberían hacer antes de plantearse sus inversiones.

Trazar un plan bien diseñado les ayudará a ganar esa tranquilidad sobre el futuro, a saber cuál es el camino a seguir para alcanzar sus objetivos.

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