Editorial

Una construcción con nuevos cimientos

El sector de la construcción –tanto en obra pública como privada– ha sido una de las grandes víctimas de la crisis. Solo en 2008 desaparecieron 40.000 empresas relacionadas con este mercado y el inmobiliario, mientras que al año siguiente ocurrió lo mismo con otras 23.000. Una debacle casi imparable que se cebó especialmente en las pequeñas compañías, pero que obligó también a las grandes constructoras a reorientar su estrategia y a buscar en el exterior las oportunidades que no tenían en España, además de realizar fuertes desinversiones y ajustes de plantilla. Todo ese esfuerzo de redimensionamiento, internacionalización y austeridad en los peores años del invierno económico ha comenzado a dar sus frutos, especialmente en las grandes empresas. La recuperación del dividendo para los inversores de Acciona, el regreso a los beneficios de Sacyr, la excelente escalada en Bolsa de Ferrovial, la apuesta de Carlos Slim por FCC, los ambiciosos planes de OHL o el severo recorte de deuda que ha acometido el grupo ACS son pruebas elocuentes de que el viento sopla en buena dirección para los líderes de un mercado que vuelve a ver la luz.

La deuda neta de las seis cotizadas ha caído desde 62.000 millones en 2009 hasta 33.000 en la actualidad. Una regeneración de músculo y capacidad para afrontar nuevos proyectos que resulta vital ante el esperado regreso de la obra civil en España y, en general, ante la recuperación del sector. Los Presupuestos para 2016 comenzarán previsiblemente a abrir la mano en materia de inversión pública, gracias a la reducción del coste de la deuda, las buenas expectativas de crecimiento de la economía y la recuperación del empleo. Un coctel de ingredientes que hace presagiar oportunidades para grandes y pequeñas empresas, aunque con un escenario muy diferente –al menos en un futuro próximo– al vivido antes de la crisis. Desde el sector se afirma que los tiempos pasados no volverán, mientras que hace solo unos días la ministra de Fomento, Ana Pastor, recordaba oportunamente la necesidad de aprender de los errores cometidos y de “construir sobre cimientos sólidos”.

Aprender la dura lección que ha supuesto la crisis constituye, sin duda, la asignatura clave del sector. Una asignatura en la que la diversificación geográfica ocupa sin duda un lugar fundamental. El crecimiento de la cartera internacional de las grandes constructoras asciende actualmente a 74.000 millones de euros, lo que supone varios trimestres de actividad. Solo en 2014 se firmaron contratos en el exterior por casi 50.000 millones y en los dos primeros meses de este año las adjudicaciones suman ya casi 7.000 millones. El cambio de horizonte se ha trasladado también a la Bolsa. Aunque la capitalización bursátil de las seis grandes es hoy un 40% menor que en 2007 y todas ellas, a excepción de Ferrovial, han perdido valor, el mercado ha comenzado a valorar el esfuerzo de internacionalización y de reducción de deuda que han llevado a cabo, así como el horizonte de revalorización que ofrecen los títulos.

Más allá de los grandes grupos cotizados, los dos principales retos que tiene el sector inmobiliario y la construcción en España son el despegue de la demanda interna y una consolidación sana, racional y progresiva del mercado. Además de la esperada recuperación de la obra pública, los expertos auguran que los precios de la vivienda volverán a subir a tasas de dos dígitos, aunque coinciden en que ello no se producirá ni a corto ni a medio plazo. Todas esas circunstancias convierten la coyuntura actual en especialmente interesante para atraer inversión, también a través de nuevos instrumentos financieros, como las Socimi. Se trata de un mercado que está llamado a jugar un papel clave en el proceso de recuperación de la economía española y cuyo potencial de crecimiento constituye su principal virtud y, al tiempo, su gran riesgo. Como saben todos los operadores que han experimentado los rigores de la crisis, el objetivo del futuro consiste en lograr un ritmo de crecimiento equilibrado, sólido y sostenido en el tiempo. Una hoja de ruta en la que la diversificación geográfica está llamada a cobrar cada vez más importancia.

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