Tribuna

Una fecha para recordar

Recordamos, de nuevo en esta fecha del 8 de marzo, el día en que fueron quemadas más de cien mujeres en un fábrica de Nueva York por el solo hecho de protestar por las condiciones infrahumanas en las que se veían obligadas a realizar su trabajo. No está mal dedicar un día a reflexionar acerca de lo que han sufrido las mujeres y siguen sufriendo porque no acaban de reconocerse la igualdad de derechos.

Precisamente en este señalado día, hay que recordar a aquellas mujeres que hicieron Historia calladamente, resistiendo y soportando las discriminaciones y luchando por sus Derechos como el de poder cursar una carrera.

Según ha publicado la eminente catedrática de Historia de la Medicina, María Gloria García del Carrizo la presencia de mujeres en la Universidad fue muy escasa durante el siglo XIX fue en la Facultad de medicina donde se inicia el alumnado femenino. La primera matriculada aparece en 1878 en Valladolid. Se llama Elia Pérez Alonso pero no termina la carrera. Dos años más tarde en 1880 comienza Luisa Domingo García, primera mujer que obtuvo la licenciatura en medicina también en Valladolid. La tercera en la licenciatura de medicina es Trinidad Arroyo Villaverde, nacida en 1872 que habría de ser la primera mujer en España con ejercicio profesional como oftalmóloga.

A los 13 años, la Sra. Arroyo solicitó el ingreso en el Instituto de segunda Enseñanza de Palencia. La dirección del Instituto le negó en principio el ingreso porque era mujer, si bien, con posterioridad se le admite al haberse promulgado una Orden de la Dirección General de Instrucción Pública, acordando fuesen admitidas a la matricula y examen las Señoritas que lo solicitasen, por ello el 23 de septiembre de 1882 realiza el examen. Durante los cursos de bachillerato fue la única mujer de su promoción. Desde 1888-95 se matriculó en la carrera de medicina, que no estaba prohibido expresamente pero que, en la práctica no resultaba fácil. Su expediente académico es excelente, 26 asignaturas además de lengua francesa y lengua alemana con numerosos sobresalientes. Al licenciarse quiso cursar el Doctorado, que solo podía obtenerse en Madrid y allí se traslada publicando su tesis sobre:”Los músculos intrínsecos del ojo en estado normal y la acción que los medicamentos ejercen sobre aquellos”. Recibió la nota máxima y todos reconocen un trabajo muy completo referente al músculo ciliar e irideo desde todos los puntos de vista: anatómico, fisiológico, patológico y terapeutíco, de gran aplicación práctica.

Se sabe que una vez completada su especialización abrió consulta como oculista en Palencia, utilizando una pequeña clínica situada en la trastienda de la tintorería de sus padres. Ahí ejerció unos tres años.

Su principal formación profesional se llevó a cabo en la Clínica oftalmológica madrileña del Doctor Albitos. En ella conoció al Dr. Manuel Marquez Rodríguez con el que se casó en Palencia y se instalaron en la capital castellana hasta su traslado a la cátedra de Santiago de Compostela .Más tarde obtuvo plaza en Madrid. Márquez reconoció la influencia científica de su esposa en su dedicatoria de las Lecciones de oftalmología, edición del año 1926: “A mi mujer la doctora Trinidad Arroyo: mi condiscípula y amiga primero; mi primer maestro de Clínica oftalmológica, hacia la que despertó mis aficciones,después;mi inteligente colaboradora y sensata consejera siempre, dedico estas Lecciones”.

Durante la guerra civil el matrimonio vivió varios meses con otros intelectuales en Valencia y luego se trasladaron a Paris y desde allí viajaron a Méjico, en cuya capital se instalaron definitivamente. En el año 1955 Doña Trinidad hace un viaje a España y otorga testamento instituyendo como heredero universal de sus bienes al Instituto de Segunda Enseñanza de Palencia para la fundación de becas que deberían concederse a alumnos sin recursos.

En el año 1957 establece una fundación denominada Doctora Trinidad Arroyo Villaverde como recuerdo y agradecimiento a los profesores de Palencia, de los que guarda un buen recuerdo, con el fin de costear los gastos de los estudios de bachiller en el Instituto. Es verdad que desde esos años tan contrarios a la educación de las mujeres, los avances han sido claros pero tenemos que seguir clamando contra la desigualdad, los malos tratos –¡tantas mujeres asesinadas!– que se aceptan con demasiada pasividad social, solo una manifestación en el municipio de las fallecidas y hay que luchar para que, como dice el profesor Lorente Acosta, la responsabilidad del trabajo doméstico sea compartida con los hombres de la familia. En la actualidad hay en la prensa una campaña para que se alivie a las mujeres del “pluriempleo” que supone iniciar una jornada de trabajo al llegar a casa, después de la ordinaria jornada laboral. Todavía oímos decir que la mujer ama de casa “no trabaja”, como si atender a la familia no fuera como dirigir una miniempresa, con multiactividad.

El día Internacional de la Mujer nos sirve para tener presente a tantas personas que se han ocupado y preocupado para que no exista discriminación por razón de sexo y como decían los del mayo francés: es triste tener que luchar por lo evidente.

 

Gudalupe Muñoz Álvarez es Académica Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación

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