Editorial

El sector inmobiliario recupera el fuelle

Si hay un sector que simboliza la debacle económica que ha sufrido España en los últimos años es el de la vivienda. Precisamente por ello, los primeros signos de estabilización e incluso de recuperación de este mercado –en función de la zona geográfica que se analice– constituyen un marcador especialmente representativo respecto al ritmo de recuperación de nuestra economía. Casi a punto de cerrar el año, el sector inmobiliario tiene la certeza de que 2014 será el primer ejercicio en el que el balance no irá a peor, tras siete largos años de caídas en precios, ventas y promociones de construcción. Basta con tener en cuenta un dato muy concreto para comprender hasta qué punto el mercado inmobiliario español ha vivido una auténtico hundimiento durante la crisis. Si en 2006 se iniciaban 860.000 viviendas en España, en 2014 la cifra ha sido de 34.000. Ese brutal desmoronamiento resulta crucial para entender –sin sobredimensionar, pero también sin infravalorar– la coyuntura en la que se halla actualmente el sector. Un mercado que comienza a ver no solo muestras inequívocas de que el ajuste está llegando a su fin, sino de que incluso en algunas áreas la demanda y, con ella, los precios comienzan ya a repuntar.

Los precios de la vivienda acumulan un caída media de casi un 31% y contrastan con aquellos años en los que tocaron máximos e hicieron de la decisión de adquirir una casa un pesado lastre financiero para las familias y una bomba de riesgo para las entidades bancarias. Las consecuencias de ese fenómeno son bien conocidas: el estallido de una burbuja que precedió y agravó una crisis económica global de virulencia y duración inéditas, cuyas consecuencias siguen marcando la vida económica española y el ritmo de su recuperación.

Siete años después del naufragio, España comienza a recuperar una estampa que en los años previos al estallido de la burbuja formó parte del paisaje nacional: las grúas en el horizonte de ciudades y poblaciones. Se trata de los primeros signos de una recuperación que todavía debe consolidarse y a la que han contribuido de forma importante dos factores: la mejora del mercado laboral y la progresiva reactivación del crédito bancario. Las entidades financieras no solo han vuelto a reabrir la concesión de hipotecas –aunque de momento, circunscritas a los clientes de más probada solvencia– sino también a facilitar créditos a los promotores, lo que explica el regreso de las grúas a los cielos de algunas zonas de España. La prueba de que esos movimientos comienzan a cobrar solidez la da la propia contabilidad nacional, que muestra ya el valor añadido que genera la inversión en vivienda, una variable que ha vuelto a crecer de julio a septiembre por primera vez en siete años. A ello hay que sumar el proceso de saneamiento llevado a cabo por el sector financiero para limpiar sus balances de activos tóxicos inmobiliarios, una purga que ha reabierto el interés por invertir en el sector y el atractivo de vehículos especialmente diseñados para ello, como es el caso de las Socimi.

Todo lo anterior no cambia el hecho de que la caída de la actividad de la vivienda en España ha sido dramáticamente acelerada, pero su recuperación será bastante más lenta. El motivo es muy simple. Adquirir una vivienda es la decisión financiera más importante de la vida de una familia y requiere de una estabilidad económica que de momento no constituye la norma en los hogares españoles. Tanto la reforma del mercado laboral como la apertura del grifo de crédito son dos buenas señales de recuperación de la economía, pero ambas deberán consolidarse para poder generar una estabilidad lo suficientemente firme como para alimentar fluidamente la demanda inmobiliaria. Ello supone que la reactivación del mercado de la vivienda irá pareja a la mejora y fortalecimiento de nuestra economía, un objetivo al que hay que dirigir todas las reformas estructurales que sean necesarias, así como el esfuerzo del conjunto del tejido empresarial y de toda la sociedad española.