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Luchar contra la tentación

Por qué el mercado de divisas se metió en problemas por el intento de fijar tipos? Esa pregunta puede sonar ingenua después de un flujo aparentemente interminable de escándalos bancarios. Pero el mercado de divisas debería haber sido la excepción. Intercambiar una moneda por otra es una tarea complicada. Los fracasos en las mesas de negociación de divisas, como detallan los reguladores que multaron a seis bancos con 4.300 millones de dólares (3.450 millones de euros) a principios de este mes, demuestran que este negocio tiene más puntos débiles de lo que parece.

Todo lo relacionado con la compra y venta de monedas parece un negocio honesto. Para empezar, tiene efectos económicos claros y valiosos: facilita el comercio, los viajes y la inversión. Y es fácil ver cómo las instituciones financieras deberían encajar. Combinan y equilibran órdenes y pueden usar su propio capital para suavizar los mercados y ofrecer garantías sobre los tipos de cambio futuros.

Si el cambio de divisas se define en esos términos, se trata de un negocio en el que debería ser fácil para reguladores y jefes señalar el juego sucio: cualquier compraventa de divisas que no sirva directamente al comercio, los viajes o la inversión merece un estudio crítico.

El intercambio de divisas ha mostrado que es vulnerable a la falta de honradez. Los operadores de firmas rivales se unieron para compartir información confidencial en un intento de manipular los tipos de cambio del G-10, según han encontrado los investigadores.

El escándalo en el mercado de divisas ilustra a la perfección la naturaleza dual de las finanzas

Creo que el verdadero problema fue un fallo de reguladores, bancos y legisladores al considerar qué función tiene el mercado de divisas en la economía. Si hubieran usado eso como una forma de evaluar sus riesgos, habría habido medidas drásticas hace mucho tiempo.

Por ejemplo, sobre el gran tamaño del mercado. Había transacciones en el mercado de divisas por valor de 5.300 billones dólares al día en 2013, según el Banco de Pagos Internacionales. Eso es aproximadamente 3,5 veces más que en 1998 y 15 veces más que el PIB global diario. Eso sugiere más actividad de la que la economía realmente necesita. Ese ritmo de crecimiento debería haber preocupado a gerentes y reguladores. No lo hizo.

Por cada gramo de negocio económico adicional merecido, hubo una tonelada de operaciones creadas para especular, aprovechando el apalancamiento barato, la amplia liquidez y la adrenalina de mercado. Era un lugar para los jugadores.

Todo el mundo debería saber que los juegos de azar y la especulación llevan aparejada una fuerte tentación de hacer trampas. Eso explica por qué los gobiernos, incluso cuando permiten los juegos de azar, en general, luchan duro para que sigan siendo honestos. Pero en el mercado de divisas, las autoridades no sospecharon lo suficiente. La represión comenzó en serio el año pasado, pero los fallos recientemente descubiertos en los sistemas y controles se remontan a 2008.

Se han acordado sanciones –con la probabilidad de que haya más– y se han anunciado reformas. El aumento de actividad presumiblemente ayudará a enderezar la conducta, al menos por un tiempo. Pero el problema de fondo sigue siendo tan grande como siempre. Nunca debería haberse permitido que este mercado fuera más allá de lo que veo como sus funciones básicas –la facilitación del comercio, los viajes y la inversión–.

El escándalo es una ilustración perfecta de la naturaleza dual de las finanzas. Tienen un lado positivo. El intercambio de divisas es de vital importancia en cualquier economía desarrollada. Pero, por otro lado, las finanzas también implican el comercio y la especulación. En el lado bueno, estas actividades pueden generar una pequeña cantidad de bien económico. En el malo, alientan la codicia.

No siempre es fácil distinguir lo bueno y lo malo de las finanzas. Sin embargo, no se necesita la sabiduría de Salomón para determinar que poca parte de la expansión del sistema financiero en las últimas tres décadas ha sido de ayuda.

Hay que llevar a cabo una criba. Reguladores, bancos y políticos deberían decidir lo que habría que salvar, lo que tendría que ser prohibido totalmente y lo que debería salir de la red de protección de los gobiernos. Por desgracia, ni siquiera están haciendo la pregunta correcta: ¿a qué propósito de la economía sirve cualquier negocio financiero?