Editorial

La consistencia de un hombre discreto

A Isidoro Álvarez, fallecido en la tarde a ayer en Madrid por una repentina crisis cardiaca, se le puede calificar con una extensa lista de adjetivos en la que el trabajo y la seriedad estarán entre los primeros. Pero si hay uno que parece inventado para él es el de discreto. Esa característica, heredada de su tío, fundador de El Corte Inglés y predecesor en el cargo, Ramón Areces, y tan ligada al carácter asturiano de ambos, presidió su vida. Con esa filosofía por bandera, pilotó este último cuarto de siglo el gigante de la distribución al que, incluso sin apenas salir de la península Ibérica, convirtió en modelo y referente internacional para el comercio.

Álvarez, que empezó a trabajar en El Corte Inglés a los 18 años mientras estudiaba Económicas en la Complutense, era sobre todo un tendero. Y lo era en el sentido más amplio y positivo del término, porque en su pensamiento el cliente ocupaba siempre el primer lugar. Así lo atestiguan los más de 600 millones de visitas que hoy reciben al año los centros físicos, los más de 155 millones de su tienda online –4,2 millones de usuarios registrados–, o los 10 millones de tarjetas de compra. El directivo era uno de los máximos exponentes de la modernización de la distribución comercial, y contribuyó de manera determinante a convertirla en uno de los sectores más dinámicos, con un profundo conocimiento de sus distintas formas en los países más avanzados. Pero a la vez conservaba la pasión por el detalle de comerciante, por la tienda, por la presentación acertada del producto al cliente y por las habilidades del buen vendedor.

Del respeto al cliente dan idea los compromisos que Álvarez infundió al grupo: de surtido, de calidad, de servicio, de especialización y de garantía, que se resumen en su exitoso lema: “Si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero”, un clásico a la altura de los mejores lemas de la historia internacional de la empresa. A la vez, de su pasión comercial dan idea sus continuas visitas a las tiendas, como un cliente más y muy atento observador, especialmente en los grandes momentos, como las campañas navideñas. Álvarez siempre exigió que ante la ausencia de un artículo demandado por el cliente, este reciba una oferta alternativa. Su pasión era vender. Y también repartir: es proverbial la labor filantrópica y de mecenazgo en la ciencia, la cultura y la investigación de la Fundación Ramón Areces, de la que también era presidente, además del constante apoyo al deporte y ayudas sociales del grupo, filosofía que no debe cambiar.

La última aparición pública de Isidoro Álvarez, hace solo dos semanas, el último domingo de agosto, fecha tradicional de la junta de accionistas del grupo, estuvo precedida del anuncio del fichaje del empresario Manuel Pizarro como adjunto a la presidencia. Una muestra del trabajo constante de Álvarez en nuevos planes. Y también del anuncio de una mejora en las perspectivas con las que El Corte Inglés, gran barómetro del retail en España, daba por sentada la recuperación del consumo. Al mismo tiempo, el grupo, que acaba de renegociar su deuda con la banca, anunciaba continuidad en su presencia en los mercados financieros, tras realizar el pasado ejercicio la primera emisión de bonos de su historia, y un plan de internacionalización con extraordinarias posibilidades en el que también ganarán sus 31.000 proveedores.

El Corte Inglés le debe su expansión y la diversificación de las líneas de negocio, en directa colaboración con el equipo de profesionales del grupo, como siempre reconoció, porque su idea de liderazgo se basó siempre en “el trabajo en equipo y la voluntad de superación de las personas que son, al fin y al cabo, el activo más importante de las empresas”. Una filosofía heredada de Ramón Areces que compartió toda su vida y de la que es partícipe su sobrino Dimas Gimeno, consejero director general del grupo y, sin duda, persona clave en el futuro del gigante de la distribución.

La historia del comercio en España no se entiende sin El Corte Inglés, del que Álvarez era el alma. El destino ha querido que su fallecimiento coincida en el tiempo con el de otro gigante, Emilio Botín, el modernizador de la banca española. Y ocurre además cuando ambos se habían asociado en la financiera del grupo de distribución. Eran dos estilos tan distintos como formidables de crear riqueza y empleo, con cuya desaparición España está hoy un poco más huérfana.