La guerra eterna de las divisas

Una moneda de euro griego.
Una moneda de euro griego. EFE

La guerra de las divisas, la fortaleza tiene una doble cara. Tener una moneda potente es bueno para la economía de cualquier región, pero si tiene una demanda excesiva y se encarece demasiado, las empresas exportadoras lo tendrán más difícil a la hora de vender fuera, pues cobran en monedas más débiles.

Esto es lo que le ha ocurrido al euro en varias etapas de la gran crisis económica y financiera. Cuando Lehman Brothers (2008) quebró, el euro sustituyó transitoriamente al dólar como moneda refugio y llegó a intercambiarse a 1,6 dólares, con lo que prácticamente duplicó el valor que tenía al comienzo de la década. Dos años después, cuando la tormenta cruzó el Atlántico y mutó en la crisis de deuda europea, el euro corrigió su precio y llegó a cotizarse a 1,2 dólares.

A partir de ahí, el principal factor que ha condicionado esta inacabable guerra de divisas ha sido el diferente perfil de actuación de los bancos centrales. Las decididas políticas expansivas de la Fed estadounidense, el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón, con compras masivas de bonos y otros activos financieros, han aumentado la demanda y han hecho caer sus respectivas divisas. Mientras, la política más ortodoxa y pausada del BCE, ha hecho que el euro volviera a encarecerse, un factor que ha lastrado las exportaciones desde la eurozona y retrasado la recuperación económica. Desde mediados de 2012, el euro llegó a apreciarse un 52% respecto al yen, un 17% respecto al dólar y un 35% respecto a la libra.

La nueva política de Mario Draghi, concretada desde la primavera, parece haber revertido la tendencia, para alegría de los exportadores europeos.