Estudiar inglés, mejor con diversión

Estudiar inglés, mejor con diversión

El escritor suizo Alex Capus recibió el año pasado un curioso correo electrónico. La estudiante Gloria Viejo lo había enviado sin gran esperanza de recibir respuesta. “Debíamos trabajar sobre un libro e investigar sobre el autor. Yo elegí una obra suya y le escribí. No pensé que me respondería”, dice Viejo. Pero Capus contestó y durante un año guio por su obra a los estudiantes del taller de literatura que cada curso organiza en Madrid el Instituto Goethe alemán, como herramienta para profundizar en este idioma de la mano de una afición. “El principal problema cuando se aprende otra lengua es lograr seguridad al expresarse, pero si lo haces divirtiéndote, la vas ganando”, comenta Sylvain Pradeilles, director de Cursos del Instituto Francés de Madrid. Teatro, cine, arte contemporáneo, música o caligrafía china son otras formas de acercarse a un idioma extranjero como complemento al aula convencional.

A pesar de que la crisis ha dejado una sensación de urgencia por aprender y perfeccionar los idiomas para buscar un futuro fuera de España, las aficiones se han mantenido en las escuelas de idiomas como alternativa para asomarse al universo cultural de esas lenguas. “Yo aprendo idiomas porque me encanta la literatura. ¿Por qué tengo que estar leyendo con una traducción? Si pudiera, leería Ana Karenina en ruso, pero no me da la vida”, cuenta Gloria Viejo. Pero además, a muchos de sus compañeros de clase la llamada que la canciller Angela Merkel hizo, en su visita oficial a Madrid en 2011, para reclutar ingenieros españoles les encontró con el nivel suficiente para hallar trabajo en Alemania y quedarse allí. Ese año, las matrículas para aprender alemán en el Instituto Goethe aumentaron un 40% respecto al año anterior. El curso siguiente subió hasta un 60%. “Por primera vez, se inscribieron en nuestros cursos alrededor de 10.000 alumnos y alumnas de todas nuestras sedes en España”, ha comentado el director académico del centro, Manfred Ewel.

Divertirse mientras se aprende es una tendencia que gana fuerza en las escuelas de idiomas. “Los franceses lo hacen muy bien, saben que más allá de ser algo instrumental, el idioma es una forma de meterte en su cultura”, cuenta Pilar Muñoz, exalumna del curso de teatro del Instituto Francés de Madrid. Aquí, cada año, desde 1998, se monta una obra entre los alumnos de Martine Cebrian, una de las profesoras del centro. A sus clases acude gente de lo más variopinta y de todas las edades. La alumna más joven tiene 20 años; la mayor, 81. “Disfrutar aprendiendo una lengua extranjera crea afecto con ese idioma, mucha proximidad con la cultura y ganas de seguir aprendiendo. A partir de cierto nivel, es preferible que la gente disfrute con mucho juego, clases que sean muy dinámicas”, comenta. En coherencia con esa línea, aún no hay obra programada para el taller que arranca el próximo mes de octubre. “Dependerá de los alumnos que vengan, hay algunos que en cuanto se ponen a hacer improvisaciones, la gente se ríe. A ese tipo de gente le pongo a hacer sketches de humor. Normalmente, casi ninguno de ellos ha hecho teatro en su lengua materna, lo descubren en francés”, indica Cebrian, que suele abordar obras contemporáneas, aunque Molière no falta en el programa. El burgués gentilhombre es un clásico en sus talleres, pensados además para hacer reír a sus alumnos. “Trabajo comedias, para que la gente venga a reírse y hacer el payaso, el payaso de verdad, con nariz”, matiza la profesora. Trabajan la voz, el gesto y la improvisación, “herramientas que después necesitarán en sus trabajos, por ejemplo aquellos que deben hablar en público”.

Durante el taller del año pasado, cómo el profesor del personaje burgués de Molière enseña a su ignorante alumno a pronunciar correctamente su propio idioma fue uno de los momentos más divertidos para Pilar Muñoz. “Creo recordar que yo interpretaba al burgués, y mi compañero en la obra lo hacía muy bien. Fue una de las clases en las que más me divertí, con la posibilidad además de interpretar esos papeles en un teatro de verdad, donde he ido a ver obras en otras ocasiones”, explica.

Casi ninguno de estos alumnos suele acercarse a estos cursos tematizados para buscar trabajo o relacionarlos con su experiencia profesional, aunque termine influyendo en ello. Buscan una experiencia. Así lo explica Anna Pilaski, profesora del taller de literatura del Instituto Goethe en Madrid: “Lo más importante en los alumnos es que se implican personalmente, hablan de sí mismos. Teníamos en clase a un chico que era muy tímido y ahora se atreve a hablar en público. Este tipo de talleres tiene un valor social, al salirse de la presión de cometer errores de la formación convencional”, indica. A sus clases acuden alumnos con un nivel alto y algunos de ellos ya han vivido en Alemania. “El valor del alemán es que me ha puesto en contacto con gente muy interesante, aunque al principio me pareció horrible”, comenta la estudiante Gloria Viejo.

Otros expertos solo conciben aprender un idioma saliendo del país de origen, como Education First (EF), un proyecto creado hace 50 años por el sueco Bertil Hult, a quien precisamente se le daban mal los idiomas y organizó un primer viaje para aprender inglés a un grupo de estudiantes suecos en Reino Unido. En este centro no ofrecen clases en España, sino que envían a estudiantes a otros países por todo el mundo combinando las clases convencionales con 10 horas de cursos tematizados: arte en Los Ángeles, música en Miami o San Diego, fotografía en Niza o cocina en Roma. En EF tienen claro que “un año de academia es tanto como un mes en el destino”. En esos cursos buscan “aquello que interesa a los alumnos” y ofrecen cursos adaptados. “Se han ido haciendo cada vez más divertidos”, reconocen.