Una Comisión Europea para el siglo XXI

El presidente electo de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, anunciará este miércoles (10 de septiembre) la distribución de carteras de sus 27 comisarios. Más allá del reparto y los pruritos nacionales, los analistas piden a Juncker que racionalice la estructura de un organismo con más departamentos que competencias reales.

(Texto publicado en la versión papel y digital de Cinco Días el lunes, 8 de septiembre. En esta entrada aparece con los enlaces a los documentos citados).

Cuenta Jacques Delors en sus memorias que en 1984 fue a recibir a Helmut Kohl al aeropuerto de Orly (a las afueras de París) y a su llegada el canciller alemán hizo un aparte con él y le susurró: “Le toca a Alemania presidir la Comisión Europea, pero podría ser interesante que el puesto fuera para un francés. En ese caso, solo aceptaré a alguien que responda a las iniciales J. D.”. Aquellos conciliábulos para elegir la presidencia del poderoso organismo europeo han dejado paso 30 años después a un sistema más democrático y transparente.

Si se cumple el calendario previsto, el próximo 1 de noviembre Jean-Claude Juncker asumirá la presidencia de la Comisión tras haberse sometido a unas “primarias” en su formación política (el Partido Popular Europeo); haberse enfrentado a los candidatos de otros partidos durante la campaña de las elecciones al Parlamento Europeo del 25 de mayo, y haber obtenido el voto favorable de 4.. de los 751 eurodiputados.

Pero esa modernización en el proceso de selección del presidente no se extiende, de momento, al conjunto de la Comisión, un organismo anclado en estructuras y prácticas del siglo XX y que sufre una hipertrofia burocrática difícil de podar. “Juncker debe vencer la tentación de repetir los viejos modelos y tener el coraje de reinventar [la Comisión] para obtener mejores resultados, tener mayor impacto y evitar duplicidades”, señalan Ann Mettler y Stian Westlake, en un reciente informe del The Lisbon Council, un think tank con sede en Bruselas.

La CE suma ya 28 comisarios (uno por país), a pesar de que solo cuenta con un puñado de verdaderas competencias exclusivas. Algunos departamentos intentan llenar el tiempo realizando informes más propios de un gabinete de estudios que de un poder ejecutivo.

Esta semana, Juncker dará a conocer el reparto de carteras entre todos esos comisarios, cuyo número, según el Tratado de Lisboa, debía haberse reducido este año a solo 18. Pero la entrada en vigor de esa limitación se suspendió sine die como una de las concesiones a Irlanda para que celebrase un segundo referéndum sobre el Tratado tras la victoria del No en el primero.

El Tratado sí que concede libertad a Juncker para determinar la organización interna con vistas a garantizar su eficacia. Y podría establecer cierta jerarquía entre unos comisarios y otros, aunque a efectos legales todos tendrán el mismo poder y, en caso de votación, el voto de cada uno valdrá siempre lo mismo. Por muchos vicepresidentes que nombre o por mucho que agrupe a los comisarios por áreas, la Comisión de Juncker tendrá siempre 28 miembros. Como la de Barroso.

Aun así, la mayoría de los analistas recomiendan al nuevo presidente que haga un esfuerzo por modernizar una estructura obsoleta. Mettler y Westlake sugieren a Juncker que concentre la actividad de la Comisión en sus tres áreas más poderosas: mercado interior, competencia y mercado. Y que delimite por adelantado las tareas de cada comisario, para evitar que intenten rellenar la falta de competencias con iniciativas superfluas como las que el actual presidente, José Manuel Barroso, ha tenido que frenar durante la pasada legislatura (la más reciente, un proyecto, finalmente abandonado, que pretendía prohibir las aceiteras no rellenables en los bares y restaurantes de toda Europa).

Desde Bruegel, otro think tank con sede en Bruselas, también subrayan que “una Comisión eficaz no debería intervenir en más de una docena de áreas”.

Los dos centros de estudios discrepan, sin embargo, en uno de los ejes que, previsiblemente, marcarán la nueva Comisión. Bruegel pide el nombramiento de un vicepresidente sin cartera en cargado de velar por el crecimiento y el empleo. Mettler y Westlake, en cambio, alertan al futuro presidente sobre el riesgo de crear cargos de relumbrón sin valor añadido y ponen como ejemplo ese tipo de vicepresidencia. “El crecimiento”, subrayan los analistas de The Lisbon Council, “ es fruto de muchas políticas no una política en sí misma”.

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