Editorial

Control sobre la especulación en los mercados

El 6 de mayo de 2010, el Dow Jones no tuvo una jornada feliz. El índice se movía en una tendencia claramente vendedora, con descensos del entorno del 2%, pero estabilizada a fin de cuentas. No obstante, de repente, en cuestión de segundos, las pantallas registraban una sima vertiginosa en la curva de precios, con un descenso intensificado de hasta el 10%. No había explicación racional para los acontecimientos, sino la participación automática de la maquinaria de trading de alta frecuencia, máquinas preparadas para especular, cuyos algoritmos disparan la venta de títulos cuando determinado valor, o el propio índice, toca un determinado nivel. Este tipo de operativa, que en Estados Unidos gestiona prácticamente la mitad de las operaciones simples de los brókeres y cuenta con la simpatía de los reguladores del mercado, goza de menos predicamento en Europa y las autoridades comunitarias quieren ponerle coto. Consideran que son un multiplicador especulativo del efecto del mercado que en determinados momentos puede llevar con su volatilidad a pérdidas en absoluto justificadas por los fundamentales de las compañías, ni siquiera por movimientos exagerados del siempre inquieto mercado.

Aunque en Europa es una operativa menos intensa que en Estados Unidos, y que en España puede llegar a generar cerca del 40% de las operaciones, las autoridades comunitarias quieren cortarle las alas. Pese a que proporcionan ingente cantidad de liquidez por la rapidez con la que despliegan las órdenes de compra y venta, estiman que su componente especulativo y la espiral de castigo o sobrevaloración de los títulos, o sus derivados, aconseja poner algunos límites. En primer lugar, se exigirá una autorización especial para operar, según la segunda edición de la Directiva Mifid que se está preparando ahora, y habrá seguramente un justificado endurecimiento de los costes de la operación.

Si el sistema financiero en general ha sido sometido a un riguroso control de sus balances, con un endurecimiento notable de los niveles de capital para poder restablecer la normalidad en los mercados interbancarios, recuperar la confianza y devolver el crédito a un nivel razonable, no deben permitirse zonas de sombra en la operativa de los mercados financieros. Los altos niveles de sofisticación de productos, así como la rapidez de los movimientos, aconseja extremar las medidas de protección de los inversores en general, pero de manera muy explícita la de los particulares. Ello supone vigilar muy de cerca las operaciones bajistas con préstamos de valores y proporcionar seguridad y transparencia a la operativa de derivados extrabursátiles, para lo que sería preciso que los contratos y su liquidación se produzca en cámaras de compensación que exijan elevados niveles de solvencia. Las lecciones de la más dramática de las crisis financieras deben enseñar que es más barato prevenir las burbujas y las operaciones fraudulentas que pasar después sus facturas.