El Foco

El valor y los límites de la auditoría en España

Como pasa en casi todos los sectores, la auditoría se enfrenta en España a varios retos simultáneos. El primero, consecuencia directa de la dura crisis que atravesamos, es de carácter económico. La caída de la facturación, tal y como demuestran los últimos datos oficiales –con un descenso de los ingresos en 2013 del 9%– no parece que haya tocado fondo. La competencia es enorme y los honorarios continúan en ratios horarios poco razonables, especialmente en los trabajos que afectan al sector público, donde se producen bajas temerarias sin que los responsables de su licitación las corrijan. Las corporaciones de auditores, los profesionales, legisladores y supervisores hemos de velar por la calidad del trabajo y ello supone que debemos lograr una proporción entre la complejidad y responsabilidad del trabajo a realizar y los honorarios facturados.

Otra parte de los problemas que está sufriendo el sector tiene que ver con los constantes cambios normativos a los que está siendo sometido. El pasado mes de mayo se aprobó una nueva reforma de la Directiva y del Reglamento por los que se rige la auditoría en Europa. Los objetivos de esta y de las anteriores reformas, a las que no se ha dado tiempo suficiente para consolidarse, son acertados: garantizar la independencia y la calidad de los trabajos. Sin embargo existen serias dudas sobre si las medidas aprobadas van a permitir alcanzarlos. Desde luego lo que sí se va a lograr es dar un paso atrás en la necesaria armonización de la legislación europea y generar unas cargas administrativas muy elevadas.

Hay que lograr una proporción entre la responsabilidad del trabajo y los honorarios

Esta profesión también tiene un importante problema de cambio generacional –a pesar de su indudable atractivo, es una actividad muy dura y exigente– y de adaptación a las nuevas tecnologías, en la que debemos mantenernos permanentemente en vanguardia.

Pero, seguramente, el reto más difícil de superar es el de lograr transmitir el valor que realmente aporta hoy en día la auditoría. Aunque de los más de 60.000 trabajos realizados anualmente en nuestro país, salvo en contadísimas excepciones, el informe del auditor no está cuestionado, las sospechas sobre su papel en algunos escándalos financieros pueden afectar injustamente a toda la profesión.

Recientemente los profesores Montoya, Fernández y Martínez, de la Universidad de Cantabria, publicaron en la revista Universia business review un nuevo artículo sobre la percepción que las empresas, en especial las pymes, tienen sobre la utilidad de la auditoría. Según indican, la valoración de las compañías es francamente positiva, especialmente porque “aumenta la fiabilidad y credibilidad de la información financiera”. El estudio, como otros realizados anteriormente, también pone de manifiesto que estos servicios les aportan información fundamental para el acceso al crédito, incrementan el control interno, contribuyen a mejorar la imagen de las empresas y pueden prevenir la comisión de fraudes.

Junto a estas conclusiones hay otra muy relevante: las personas que trabajan en las empresas que se relacionan con los auditores durante el proceso de la auditoría entienden relativamente bien qué pueden esperar de estos trabajos. Sin embargo, la pregunta clave para el sector en este momento es: ¿el resto de la sociedad sabe qué es una auditoría, comprende el valor que aporta, conoce cuáles son sus límites? No tenemos estudios que nos permitan ofrecer una conclusión científica, pero el día a día nos dice que la respuesta a estas cuestiones es un no rotundo.

Este sector está llamado a ser uno de los garantes de la transparencia que los ciudadanos están demandando

Es prácticamente imposible encontrar una profesión tan transversal como la auditoría. Trabajamos con todas las industrias y servicios, con todas las administraciones y con el tercer sector, y en todos los continentes. Pero no hay un día en el que no leamos una noticia que demuestra que el periodista necesita una formación específica para entender el trabajo sobre el que escribe; o que no hablemos con un juez o un registrador para explicarles cómo interpretar un informe o que la obligación que tenemos de dedicar 40 horas al año a formación nos capacita mejor que a nadie para hacer determinados trabajos como expertos.

Los auditores tenemos la obligación de expresar con un alto nivel de certidumbre si existen o no errores materiales en la información financiera que ofrecen las empresas. A pesar de lo que creen muchas personas, esto no significa que sean sus policías, ni sus jueces y, ni mucho menos, sus co-administradores. En ocasiones podemos encontrar evidencias de fraudes, pero también podemos ser engañados, como pueden serlo los accionistas, las entidades financieras, los trabajadores o los proveedores. Esto no quiere decir que no cometamos errores y que no puedan derivarse responsabilidades en algunos de los casos que están siendo objeto de procedimientos judiciales, pero si no se entiende bien nuestro trabajo tampoco se podrá juzgar, valorar y establecer la responsabilidad que conlleva.

Por todo ello, los auditores tenemos que hacer, tanto a nivel individual como corporativo, un enorme esfuerzo de comunicación para explicar nuestro papel y nuestra función, y defender así el trabajo de miles de buenos profesionales. Pero, del mismo modo, cabe exigir un ejercicio de mayor comprensión a otras profesiones. Es un ejercicio necesario porque, bien entendido, este sector está llamado a ser uno de los garantes de la transparencia que los ciudadanos están demandando a las empresas y a las administraciones.

Mario Alonso Ayala es presidente del Instituto de Censores Jurados de cuentas de España y asesor internacional de empresas.