Editorial

Una Corona preparada para el futuro

Felipe VI inauguró ayer una nueva página de la historia de España al ser proclamado rey en el hemiciclo del Congreso, ante los diputados, los senadores y los altos dignatarios del Estado. En su primer y solemne discurso institucional como monarca, quiso recalcar –y lo hizo por dos veces– que aspira a encarnar “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”, así como a revitalizar el compromiso de la Corona con la modernización de España y sus instituciones. Tras haber jurado la Constitución, las leyes, los derechos de los ciudadanos y de las comunidades autónomas, el nuevo jefe del Estado recordó su condición de “rey constitucional” y su fe en una España “unida y diversa”. Una unidad que, como matizó con una acertada combinación de tacto político y firmeza, no implica uniformidad, sino la suma de una amplia y rica diversidad.

El discurso de Felipe VI, pronunciado en el marco de una sobria ceremonia de Estado, deja entrever la vocación integradora del nuevo monarca, que se muestra firmemente decidido a ejercer de eslabón fuerte de una cadena histórica, política y cultural de cuya solidez depende la prosperidad del país. El Rey alabó el valioso legado de España como nación forjada a lo largo de los siglos, pero al tiempo reiteró la irrenunciable vocación de futuro que tanto la propia Corona como el pueblo español tienen que abrazar y defender. Como no podía ser de otra forma, hubo un emotivo momento para rendir agradecimiento a la importantísima labor de concordia y unidad que su padre, Juan Carlos I, ha ejercido durante sus 39 años de reinado, así como a su extraordinario legado político. Un legado que incluye la consolidación de los valores en los que descansa la convivencia democrática española, así como la garantía de independencia de la Corona y su neutralidad política. Tampoco faltó un imprescindible y necesario recuerdo a las víctimas de la violencia terrorista.

La hoja de ruta que dibuja este primer discurso del monarca muestra su intención de mantenerse en decidido contacto con la realidad económica y social que vive España. Si ningún jefe de Estado del siglo XXIpuede permitirse el lujo de aislarse de la opinión pública, menos aún el monarca de un país inmerso en la tarea de dejar atrás los efectos de una larga y durísima crisis. Un invierno que ha dejado a seis millones de ciudadanos sin empleo y ha causado heridas no solo económicas, sino también sociales y políticas. El Rey ha querido iniciar su reinado resaltando su “cercanía y solidaridad” con las familias españolas en situación de vulnerabilidad y ha recordado que existe un “deber moral” de trabajar para revertir los daños de esta crisis. Como recordó en el Congreso, la lucha contra el desempleo tiene que ser una prioridad para la sociedad y para el conjunto del Estado. Buena muestra de esa conciencia, es la abierta llamada que realizó para que las fuerzas políticas sean capaces de alcanzar acuerdos cuando así lo aconseje el interés general de España.

Desde el mundo de la empresa, ampliamente representado en la recepción celebrada ayer en el Palacio Real, se ha acogido con satisfacción el discurso de un monarca que ha resaltado con firmeza, como uno de los grandes desafíos de España, la necesidad de impulsar las nuevas tecnologías, la ciencia y la investigación, así como la iniciativa empresarial. Felipe VI afronta su reinado con una clara conciencia de que la prosperidad futura de los españoles exige una unidad y un esfuerzo común, que sea capaz de reactivar el crecimiento económico y la creación de empleo. En esa tarea, que ha de implicar no sólo al Gobierno y a las instituciones, sino también a los partidos políticos, a los agentes sociales y al conjunto de la ciudadanía española, la Corona está llamada a desempeñar un papel de unidad y de integración, pero también de representación de los valores que comparte la sociedad española. Una ambiciosa y difícil labor para la cual el hoy monarca más joven de Europa ha sido larga, exhaustiva y profundamente preparado.