Tribuna

Cuidar los centavos y tirar los pesos

Los países anglosajones usan el concepto false economy para referirse a esas operaciones económicas que en principio parecen sortear gastos pero que acaban resultando en un mayor dispendio que el supuesto ahorro pretendido. Esto es lo que podría sucederle a nuestro sistema sanitario, en el que cabe la paradoja de que la reducción de inversión en tecnología lleve a un incremento de los costes a medio plazo, a la vez que a una merma de la calidad de la atención médica. Vivimos momentos de presión presupuestaria que han obligado a cuestionar cualquier partida de gasto. Pese a ello, no queremos renunciar a mantener, o incluso a mejorar, la calidad de atención y servicios sanitarios que recibimos. La innovación tecnológica ha sido uno de los grandes sacrificados por esta dicotomía, algo que podría entenderse inicialmente, pero desacertado a medio plazo porque, como dice el refranero, es pan para hoy y hambre para mañana. La realidad es que, en lo que respecta a la gestión sanitaria, no se trata tanto de reducir el gasto como de mejorar la productividad y la eficiencia.

En la situación actual, tan importante es analizar en detalle los beneficios de la inversión como su conveniencia: una planificación ordenada es fundamental para evitar la infrautilización de recursos escasos. Y es que incorporar innovación no implica necesariamente instalar la última tecnología, sino la más adecuada para un determinado fin. Por fortuna, los desarrollos actuales ofrecen hoy una gama muy amplia de soluciones sin necesidad de adquirir siempre lo que supone un mayor gasto.

La innovación tecnológica bien programada puede ser un catalizador que nos permita seguir haciendo lo mismo o más, con menos. Por ejemplo, las actuales tomografías computarizadas pueden realizar en tres minutos estudios para los que antes se necesitaban al menos diez. Su coste operativo es considerablemente inferior y reducen sustancialmente las dosis de radiación. Y en el campo de la ecografía, ya se dispone de equipos de bolsillo que permiten llevar a cabo exploraciones a un coste muy inferior que el de equipos tradicionales y evitan derivaciones de los pacientes.

La tecnología es un elemento esencial en el funcionamiento del sistema sanitario. Según la Seram (Sociedad Española de Radiología Médica), más del 80% de los diagnósticos médicos están basados en la imagen clínica, es decir en pruebas como rayos X o resonancias magnéticas. La adquisición de este tipo de equipos por parte de las administraciones públicas se ha llevado a cabo tradicionalmente a través del capítulo de inversiones, que históricamente ha promediado el 5% de los presupuestos de sanidad, un porcentaje que en los últimos tres años se ha reducido. Este descenso de la inversión está llevando a un retroceso tecnológico preocupante. De hecho, según datos de Cocir –el comité que coordina a la industria de la radiología europea–, las resonancias que tenemos en España están a la cola europea en actualización y superan en 20 puntos el número de unidades con más de diez años. Si tenemos en cuenta la oportunidad perdida de generar eficiencias a la vez que mejorar el servicio asistencial, podemos pensar que estamos ante lo que los mexicanos definen como “cuidar los centavos y tirar los pesos”.

Otra cuestión es cómo nuestro sistema puede obtener los recursos para incorporar estas nuevas tecnologías en un momento de restricciones presupuestarias. Aquí también es importante ser creativo e innovador y es fundamental la cooperación entre la industria y las administraciones, con el fin de diseñar el traje a medida a cada necesidad. Por fortuna, en nuestro país, tenemos buenos ejemplos de fórmulas innovadoras de colaboración público privada que han permitido garantizar en algunos centros hospitalarios la incorporación la tecnología vigente más idónea durante un periodo de larga duración.

Estamos ante un momento clave en el desarrollo de un sistema de salud cada vez más presionado por cuestiones como el envejecimiento de la población o la demanda de los ciudadanos. Es obvio que ese futuro no va a depender exclusivamente de las tecnologías médicas y que son muchos los factores que van a influir, pero saldría realmente caro renunciar ahora a avances tecnológicos que pueden contribuir a la sostenibilidad de nuestro sistema de salud y a mantener esa cobertura universal, gratuita y de calidad que le caracteriza.

Luis Campo es presidente de GE Healthcare España.