Tribuna

Una abdicación extraña e inconveniente

Recibo con sorpresa la inesperada noticia de la abdicación del Rey y no salgo de mi asombro. No logro comprender los motivos de una decisión tan importante y trascendente en el peor de los momentos posibles tanto para la monarquía como para España. Espero de todo corazón equivocarme, pero esta abdicación erosionará a la institución monárquica y al príncipe heredero. Tantos años preparándolo, para al final cederle el relevo en el instante más inconveniente y arriesgado. Salvo que existan otros motivos que no alcanzo a vislumbrar, estamos siendo testigos de un mayúsculo error de consecuencia impredecibles.

Soy monárquico, creo que la Corona presenta un balance muy positivo durante estas últimas décadas y estoy seguro que Felipe puede ser un gran rey. Hasta ahí, todo perfecto. Pero por eso, como parte interesada y deseosa de que la monarquía siga siendo un referente de estabilidad para todos los españoles, no logro comprender el por qué último de esta inoportuna abdicación, que viene a añadir inestabilidad sobre la inestabilidad que ya padecemos. “Don Juan Carlos abdica para facilitar estabilidad a la institución”, leemos en muchos titulares apresurados, mientras nos invade la melancolía, porque uno, limitado, no alcanza a comprender qué estabilidad puede aportar este relevo en este momento tan crítico de nuestra historia.

Salvo que exista un motivo más profundo –desacuerdo del rey con alguna decisión política importante a adoptar en estos próximos días o una profunda depresión personal– ninguna de las interpretaciones que hemos escuchado y leído explican esta decisión, ni en el fondo, ni en la forma apresurada ni mucho menos en el momento, tras unas sorpresivas elecciones europeas a las que resultará del todo inevitable asociar la decisión.

Nos dicen que la renovación de la Corona, con un joven rey con más ilusión y energía, servirá para solucionar la compleja situación de la España actual. Me parece un grave error. ¿Acaso alguien cree que un simple cambio de cara va a solucionar la crisis que nos empobrece cada día o va a conseguir que los nacionalistas catalanes disientan de su camino hacia el precipicio? ¿Qué un nuevo rey favorece las reformas? ¿Y para qué están entonces los partidos políticos? Otras opiniones consideran que el Rey tenía una imagen muy desgastada por el conjunto de asuntos que tan bien conocemos –Urdangarin y demás–, lo cual es cierto, por lo que supuestamente un cambio de rey podría mejorar la imagen de la institución, muy desgastada en los últimos tiempos. Otro error. Pienso que esto no es una cuestión de imagen, sino de legitimidad democrática. Don Juan Carlos la tenía, pese a todo, y serán muchas las voces que cuestionen las de Felipe. Lo veremos en estas próximas semanas.

Solo el PP y el PSOE apoyan abiertamente la monarquía. O al menos hasta ahora, ya que para los socialistas, en estos momentos de extrema debilidad, supondrá una tensión interna más. Parte de sus bases se han proclamado republicanas, y no parece el mejor momento para dejarse incluir en el sistema de castas borbónicas. Flaco favor le ha hecho también el Rey a los socialistas.

En la impecable declaración del Rey existen dos frases que podrían explicar el por qué de esta decisión. Por una parte, el monarca indica que la actual crisis ha dejado unas hondas cicatrices en la sociedad. Tiene razón. Pero, ¿la mejor forma de solucionarlas es irse ahora? Más enigmática me parece la otra frase reseñable: “Merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”. ¿Qué reformas son las que demandan tanta determinación que el Rey parece ya no poseer?

Si tomó la decisión en enero, en su cumpleaños y se la comunicó al presidente del Gobierno y de la oposición en marzo, ¿por qué ha esperado hasta ayer, precisamente? Es inevitable que los españoles asociemos ese anuncio público al resultado de las elecciones europeas y a la inevitable inestabilidad institucional que se otea en el horizonte. Por todo ello, esta abdicación me parece extraña, muy extraña.

En resumen, y siendo monárquico como soy, no me ha gustado la abdicación del Rey, porque abre más interrogantes que preguntas resuelve. Creo que debilita la institución monárquica y pone en serio peligro los primeros pasos de Felipe VI, que deberá jugarse su futuro al todo o a la nada. Un cambio de cara no arreglará ninguno de los problemas expuestos y empeorará, incluso, alguno de ellos. Ojalá no sea así, y Felipe VI pueda tener un largo y fructífero reinado en el que todos comamos perdices y seamos felices.

Manuel Pimentel es presidente de AEC y of counsel en Baker & McKenzie.