Editorial

El gran reto de la universidad en España

La segunda edición del proyecto U-ranking –impulsado por la Fundación BBVA y el Ivie– dibuja un mapa del sistema universitario español en el que un grupo de nueve centros destacan tanto en productividad como en volumen de resultados. Tres regiones –Madrid, Barcelona y Valencia– aglutinan esta suerte de flor y nata del conocimiento en España, que representa las mejores prácticas del sistema y confirma en gran medida los resultados de la primera edición del estudio. Junto a esas tres áreas, Baleares, Cantabria y Navarra sobresalen también en eficiencia y productividad.

Las diferencias que refleja este exhaustivo análisis llegan hasta el punto de concluir que las universidades públicas españolas más productivas doblan en resultados a aquellas menos eficientes. Las razones que explican esta brecha tienen la lógica del sentido común: un profesorado de alta cualificación, una obtención de resultados satisfactorios por parte de los alumnos, un nivel intenso de investigación reconocida internacionalmente y, como consecuencia de ello, una mayor capacidad para captar recursos. En el caso de los centros politécnicos, a esa ecuación se une una cualidad que en España ha sido siempre una rara avis dentro del sistema universitario. Se trata de la capacidad de transferir fuera de los límites del campus el enorme caudal de tecnología e innovación que genera una universidad. Una riqueza que se transmite a través de la formación continua, pero especialmente con la producción de patentes y la colaboración activa con el mundo de la empresa.

Esta última característica –la creación de un sólido puente universidad-empresa– constituye el gran secreto del sistema universitario anglosajón, especialmente el estadounidense, y explica el enorme peso que el conocimiento tiene en la economía de este país. En las aulas de ciertas universidades de EEUU se han gestado proyectos empresariales cuyo éxito posterior ha llegado a generar hasta el 50% del PIB de la zona. Ese ha sido el caso del MIT en Boston, las universidades de California en torno a Silicon Valley o las de Houston con la NASA y la industria petroquímica.

La ausencia de una tradición de colaboración entre universidad y empresa en España constituye no sólo un problema para el desarrollo de estos centros, sino también para el conjunto de nuestra economía. La unión entre conocimiento y tejido productivo es clave en la generación de riqueza y debe sustentar cualquier proyecto de cambio en el modelo productivo español. De momento, al menos nueve universidades están listas para liderar ese proceso de transmisión del saber a un entramado empresarial ávido de conocimiento. Se trata de un potencial que hay que canalizar y que no podemos permitirnos el lujo de desperdiciar.