Secretos de Despacho

En Runin, como en el deporte, no valen las paredes

Álvaro Yturriaga montó su primera empresa siendo todavía adolescente, a los 15 años

Ha dedicado su vida a emprender y a combatir su distrofia muscular

En Runin, como en el deporte, no valen las paredes

La historia vital de Álvaro Yturriaga (Madrid, 1981) es poco convencional. Al menos por dos razones: montó su primera empresa siendo todavía adolescente, a los 15 años, y con esa misma edad le diagnosticaron distrofia muscular, una enfermedad rara para la que no hay cura, que en su caso le afecta a los músculos desde el pecho hacia abajo. Ambos sucesos marcaron para siempre su vida: se convirtió en un emprendedor en serie y resolvió combatir su dolencia, literalmente, por todos los medios. Por un lado, fuerza su cuerpo todo lo que puede, por ejemplo obligándose a andar varios kilómetros los fines de semana. “Los médicos me decían que en dos años tendría que ir en silla de ruedas, y aquí estoy con 32 y sin muletas”, dice entre risas. También aprovechó su know how para montar una fundación junto con la periodista Isabel Gemio, cuyo hijo también padece distrofia muscular, que entre otras cosas ya ha conseguido un millón de euros para la investigación médica.

Montó su primera empresa a los 15 años, edad a la que vaticinaron que iría en silla de ruedas

Este cóctel de vivencias ha hecho de Yturriaga un trabajador incansable (también los sábados y domingos, “aunque sea un rato”). Basta con compartir unos minutos con él para ver que exprime la vida, no para quieto. Y que tiene un olfato innato para los negocios.

¿Cómo se le ocurrió tan joven montar una empresa? “Lo vi claro. Por aquel entonces trabajaba de socorrista y vi un nicho importante. Eran los años del boom y proliferaban las piscinas. Empecé a reclutar a gente a la salida de los cursos de socorrismo”, recuerda. Después vendría una firma de gestión de eventos y, más tarde, su mayor triunfo hasta ahora: Grupo Fuentepizarro, una empresa de catering que acabó siendo comprada por la multinacional Sodexo. Cuando empezó ese proyecto tenía 23 años. El penúltimo hasta la fecha fue Buytheface.com, un proyecto de cuponing.

Su actual proyecto ha logrado convertirse en una especie de LinkedIn para ‘runners’

“La verdad es que no pasaba demasiadas horas en la universidad. Sacaba las asignaturas con muy buenas calificaciones, pero dedicaba la mayoría de mi tiempo a trabajar”, confiesa este licenciado en empresariales por ESIC. Lo único que lamenta de su trayectoria es precisamente no haberse formado más. “Todo lo que he aprendido ha nacido de mis errores. Me siento cómodo fuera de mi zona de confort. Puede sonar a tópico, pero me gusta el riesgo”, asegura.

En Runin, como en el deporte, no valen las paredes

Ahora está volcado en Runin, que arrancó el año pasado. Él mismo lo define como “el LinkedIn del mundo deportivo”. Se trata de una plataforma que organiza carreras creativas para empresas, pero también de una red social que pone en contacto a aficionados al running, al triatlón y al ciclismo, deportes que él no puede practicar. Desde hace poco tienen hasta su propia firma de ropa.
El germen de esta compañía se encuentra, paradójicamente, en la fundación que preside. Tirando de su experiencia en la organización de eventos, preparó una carrera benéfica para recaudar fondos, y ahí se le encendió la bombilla. “Creo que hay un nicho impresionante en la tecnología y el deporte”, afirma Yturriaga, que ya está pensando en nuevos proyectos. Se juntó con Juan Quintanilla (desarrollo), Matías Dupont (publicista) y Julián Huerta (asesor deportivo) y el proyecto tomó forma.

La suya es una oficina diáfana en un iluminoso edificio de la Gran Vía madrileña. La disposición de las mesas dice mucho de su filosofía de trabajo: no hay despachos ni paredes, a excepción de una sala de reuniones. Su mesa ni siquiera está apartada o es más grande que las del resto. “Aquí somos todos iguales. Trabajamos de forma muy colaborativa”. Se nota el espíritu práctico: buenas sillas y poco papel. Todo está en la nube. Hay una PlayStation, una zona de sofás y un “rincón de pensar” con juguetes, pelotas hinchables y demás bártulos. El más mayor (son 16 empleados, la mitad de ellos desarrolladores) tiene 34 años; la menor, 22. Y todos corren con las mismas ganas.

El teléfono rojo

En Runin, como en el deporte, no valen las paredes

Un entorno de trabajo tan flexible como el de Runin solo se sostiene con el compromiso y la dedicación total del equipo. “Aquí no tenemos horarios, solo objetivos. Quien quiera se puede quedar en casa trabajando, más de un día a la semana si lo ve necesario. Ponemos facilidades para ello: absolutamente todo lo que necesitamos está en la nube”, explica Yturralde. Tener a desarrolladores, personal de marketing y de producto juntos en una misma sala hace que los diálogos se resuelvan fácilmente y les evita tener reuniones de más.

Él particularmente reparte su tiempo entre la oficina, que solo pisa para desarrollar los proyectos, y el “trabajo de calle”. “La mitad de una empresa es el marketing. Y este aspecto solo se cuida si se está al corriente de qué necesidades reales tiene el cliente”, indica.

Si mañana tuviese que cambiarse de oficina y solo pudiese llevarse un objeto, sería su llamativo teléfono rojo. Inalámbrico pero de estética retro, lo adquirió cuando empezaba a estudiar el proyecto en el que ahora está inmerso. “Creo que también simboliza la buena comunicación que tenemos en este equipo”, apostilla.