El día que plantó cara a los golpistas

Abandonado por los suyos y acechado por sus enemigos, la tarde del 23 de febrero de 1981 Adolfo Suárez González rindió en el Congreso de los Diputados el último gran servicio a la transición democrática: permaneció sentado bajo el fuego golpista “en un desierto de escaños vacíos”.

Suárez recibirá el último homenaje de los españoles precisamente en el escenario de un gesto que forma parte de la memoria colectiva de la democracia: el coraje de un presidente del Gobierno legítimo frente a la zafiedad de Tejero y sus guardias.

La poderosa imagen de Adolfo Suárez en su asiento del hemiciclo mientras los diputados buscan cobijo bajo sus escaños fue elegida por el escritor Javier Cercas como arranque de “Anatomía de un instante”, una obra pensada como novela que acabó siendo una crónica y que desde su publicación en 2009 es una referencia sobre el golpe de Estado y los años de la transición.

La acción del libro comienza a las dieciocho horas y veintitrés minutos del 23 de febrero de 1981, mientras se celebra la votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno en sustitución de Adolfo Suárez, presidente en funciones tras haber dimitido de su cargo veinticinco días antes.

En mitad de la votación, gritos, disparos, el general Gutiérrez Mellado -vicepresidente del Gobierno en funciones- que se dirige al teniente coronel rebelde; el general zarandeado por los guardia civiles; Suárez que abandona su asiento y acude en busca de Gutiérrez Mellado; el general que se niega a seguir a Suárez y volver a su escaño.

Y Suárez que, como escribe Cercas en su reconstrucción, “regresa con lentitud a su escaño, se sienta, se recuesta contra el respaldo y se queda ahí, ligeramente escorado a la derecha, solo, estatuario y espectral en un desierto de escaños vacíos”.

Manuel Hernández de León, uno de los fotógrafos de la Agencia EFE que inmortalizó aquellas escenas, recuerda “la absoluta dignidad” de Adolfo Suárez en esos momentos en los que el presidente del Gobierno, al igual que Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, se negó a tirarse al suelo como ordenaban los golpistas.

“Les dijo con un sosiego absoluto a los guardias que se cuadraran. Mantuvo en todo momento una dignidad impresionante, una valentía fuera de lo normal”, afirmaba hoy a Efe Hernández de León.

Minutos después de la irrupción de los golpistas, el fotógrafo coincidió con Suárez en el cuarto de baño del Congreso. La visita al aseo, que el informador gráfico hizo acompañado por un guardia civil, era una excusa para poder ocultar los carretes que llevaba con las después famosas imágenes de la toma del Parlamento.

En los servicios, su mirada se cruzó un instante con la del presidente del Gobierno: “Me dirigió una mirada apacible, como tranquilizándome”, explica el fotógrafo.

Sostiene Cercas que el gesto de Suárez en la soledad de su escaño “no es el gesto poderoso de un hombre que enfrenta la adversidad con la plenitud de sus fuerzas, sino el gesto de un hombre políticamente acabado y personalmente roto“

Se trata del gesto de un hombre -prosigue Cercas- “que desde hace meses siente que la clase política conspira contra él y que quizá ahora siente también que la entrada intempestiva de los guardia civiles rebeldes en el hemiciclo del Congreso es el resultado de aquella confabulación universal”.

Adolfo Suárez “estaba preparado para aquello, es como si lo hubiera estado esperando, como si estuviera preparado para cualquier cosa que pudiera suceder”, destaca en sus recuerdos Manuel Hernández de León.

En “Anatomía de un instante” (Mondadori), Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) abordó el material de su libro desde una visión crítica propia de los hijos de quienes hicieron la transición política a la democracia y atribuye serios errores a los grandes protagonistas políticos de aquella etapa.

Pero, como el propio Cercas dijo en su día en una entrevista con Efe, en este libro “hay, en cierto sentido, un homenaje a la gente de la Transición, ahora que nosotros -añadía-, la gente de mi edad, decimos que aquello se hizo mal”.

“Y yo no digo que fuera perfecto, pero que, dadas las circunstancias, salió mucho mejor de lo que cabía esperar. No tenemos ningún motivo para pensar que nosotros lo haríamos mejor”, concluía el escritor.