A fondo

Google o Google, la UE no tiene otra elección

Logotipo de Google en Mountain View, California.
Logotipo de Google en Mountain View, California. REUTERS

Quizá nadie lo haya notado, pero en 2005 Bruselas plantó cara a Coca-Cola. La dirección general de Competencia de la Comisión Europea logró que el gigante de Atlanta flexibilizase sus contratos de distribución. Y en una decisión que añade chispa al historial del organismo europeo, la CE arrancó a la compañía estadounidense el trascendental compromiso de permitir que los comerciantes europeos rellenasen el 20% de los frigoríficos promocionales de Coca-Cola con latas y botellas de otras marcas.

Por supuesto, una década después nadie recuerda aquel sonrojante dictamen firmado por la comisaria europea Neelie Kroes. Y la presencia de Coca-Cola sigue siendo tan apabullante como cuando la Comisión recibió las primeras quejas en 1996 por el presunto abuso de posición dominante de la fábrica de refrescos.

Al sucesor de Kroes, Joaquín Almunia, le ha tocado una papeleta similar con Google, con el agravante de que el buscador por antonomasia de internet no opera en un mercado tan tangible y tradicional como el de Coca-Cola.

“En mis cuatro años como comisario, este ha sido el caso más difícil”, reconocía Almunia tras anunciar el pasado miércoles los compromisos ofrecidos por Google para poner fin a una investigación por presunto abuso de posición dominante.

El comisario recordó que se trata de un servicio en continua evolución, donde la presentación de resultados a las búsquedas de los internautas ha variado desde la apertura de la investigación “y volverá a cambiar mañana, dentro de un mes o de un año”.

La complejidad, añadió Almunia, resulta aún mayor porque Google presenta de modo distinto los resultados en función del país desde el que se acceda. O del soporte que se utilice para acceder, sea ordenador personal, tableta o móvil. E incluso, aunque el comisario no lo mencionó, los resultados varían en función del internauta, pues Google toma en cuenta su historial de navegación.

A esa complejidad se añade que el dominio de Google es mucho más absoluto en su mercado original que el de Coca-Cola. En algunos países, entre ellos España, llega a copar más del 90% de las búsquedas en internet.

En ese mundo tan complejo y monopolista, la CE disponía de pocas opciones. Y ha optado por una solución que recuerda bastante a las baldas que cedió Coca-Cola en sus neveras.

Google se ha comprometido a presentar junto a sus propios servicios especializados (de búsqueda de hoteles y restaurantes, por ejemplo) los enlaces de otras plataformas rivales (buscadores verticales) y a renunciar a las cláusulas de exclusividad que imponía en ciertos casos a sus anunciantes (no olvidar que el negocio que domina Google es el de la publicidad).

Los rivales de la compañía no esperaron siquiera a conocer los detalles del dictamen de Almunia para acusarle de haberse rendido ante la omnipotencia del gigante de Mountain View. Para los denunciantes la, a su juicio fallida investigación de Bruselas, podría tener “efectos catastróficos en el ecosistema de internet”.

Los compromisos de Google, como aquellos de Coca-Cola, estarán en vigor durante cinco años, a contar desde la aprobación final (todavía pendiente) del dictamen de la CE.

Es muy probable que, transcurrido ese plazo, los colorines de Google sigan siendo tan omnipresentes como el rojo y blanco de la Coca-Cola. Y que el algoritmo del buscador cause tantas bajas entre sus rivales como la fórmula del refresco entre los suyos. Por eso la cuestión, a partir de ahora, será si los sucesores de Almunia podrán o no plantar cara de verdad al buscador.

Y los especialistas en derecho de la competencia dudan que sea posible atar en corto a una compañía tan poderosa sin los llamados remedios “estructurales”.

Prohibición

Entre esas medidas, los especialistas señalan a la posibilidad de prohibir tajantemente que Google aproveche su dominio en el mercado de búsquedas para extenderse en otras áreas de negocios.

En ese caso, se obligaría al buscador a recluirse en su mercado original (la publicidad digital) sin canibalizar mercados adyacentes como la cartografía digital, los servicios especializados de búsqueda o la navegación por internet.

Llevada al extremo esa solución, Google se convertiría en una suerte de servicio público que generaría una lucrativa renta monopolística a sus propietarios. Nada más y nada menos.

Bruselas, sin embargo, no parece en condiciones de plantearse siquiera una media de ese tipo con una compañía estadounidense. En todo caso, correspondería a Washington, donde el Departamento de Justicia tiene en su currículum el desguace o limitación de algunas empresas cuando alcanzaron un dominio absoluto sobre servicios considerado esenciales. Ofensiva que sufrieron en su momento desde la telefónica AT&T al fabricante de ordenadores IBM.

A falta de ese bisturí, la CE ha salido del paso sin llegar siquiera, como hizo en el caso de Microsoft, a confirmar el abuso de posición dominante de Google. Para los denunciantes es un fracaso.

Pero fuentes más neutrales dudan de que se pudiera ir mucho más lejos y pronostican que la propia evolución del mercado pondrá freno a los posibles excesos del buscador. Hasta entonces, la UE no tiene donde elegir. Google o Google.

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