Editorial

Un principio de año con más señales de deshielo

La entrada en 2014 ha venido acompañada de un goteo de datos macro que apuntan a una mejoría –lenta, pero constante– del horizonte económico en España. Un goteo de indicadores que deben leerse con cautela, puesto que reflejan una tendencia positiva, pero que aún tiene ante sí el reto de cristalizar. En esa línea, los datos del Banco de España sobre noviembre muestran un tímido repunte del crédito a las familias, que rompe con largos meses de descensos encadenados. Esa frágil apertura del grifo crediticio coincide, además, con la primera subida mensual en 15 meses de los créditos por compra de vivienda, otro signo positivo, pese a que en términos interanuales el indicador retroceda todavía un 4%. Claro está que son datos insuficientes, pero también es meridiano que evidencian una estabilización en el mercado de crédito y apuntan a un muy necesario horizonte de deshielo financiero. El último aumento del endeudamiento de los hogares se produjo en el mes de junio, impulsado por los créditos al consumo, pero ahora la subida incluye también los créditos hipotecarios, uno de los mercados que han sufrido con mayor virulencia los efectos de la crisis.

El repunte del crédito a las familias tiene una importancia capital a la hora de alimentar una demanda interna que se encuentra bajo mínimos. El zarpazo que ha supuesto la crisis económica para los hogares españoles ha tenido como primer efecto el derrumbamiento del consumo, una variable que resulta fundamental para la recomposición de la actividad empresarial y la recuperación del conjunto de la economía. La pérdida efectiva del empleo o el temor a perderlo, unido al proceso de desapalancamiento en que están inmersas las familias, explican esas restricciones de consumo, del mismo modo que explican también la estricta política de riesgo que el sector financiero aplica en la concesión de créditos. Ambas variables constituyen un nudo gordiano que es difícil –pero imprescindible– deshacer si queremos contemplar una consolidación real y efectiva de la recuperación económica.

En contraste con las familias, la financiación a las empresas continúa su particular travesía del desierto. La deuda que soporta el tejido empresarial volvió a caer en noviembre, lo que confirma la pésima noticia de que el mercado de crédito hacia este sigue prácticamente cerrado, y ello constituye una seria barrera para la reactivación de la actividad. La titánica tarea de crear puestos de trabajo en un escenario de incertidumbre corresponde principalmente a las empresas, pero se trata de un objetivo que no se puede conseguir sin la ayuda de un sector financiero que está todavía lejos de normalizar su tarea natural: financiar la economía. En la consecución de ese objetivo juega un papel clave la evolución de la prima de riesgo de España, que constituye un requisito imprescindible para abaratar la financiación y que ayer volvió a caer hasta situarse al filo de los 200 puntos. Este nuevo descenso del diferencial con el bono alemán se debió a la entrada de inversores nacionales y extranjeros que están tomando posiciones tanto en deuda a corto como a largo plazo en este principio de año. Ello demuestra que España ha dejado atrás los peores momentos de la tormenta de deuda soberana, que penalizaron muy duramente la percepción exterior de la economía.

La mejora de los indicadores macroeconómicos en los últimos meses no es fruto de la casualidad, sino resultado del duro y prolongado esfuerzo que ha realizado España en todos los frentes para salir de la crisis. Precisamente por ello, es necesario seguir adelante con la política de reformas estructurales y con el severo ajuste fiscal impuesto por Bruselas. Tanto el sector público como el privado y los hogares españoles han sufrido los rigores de un invierno económico que parecía no tener fin, pero en el que hoy comienzan a atisbarse signos de esperanza. Se trata de señales que tardarán en consolidarse, pero que es necesario impulsar y respaldar. Para esa tarea habrá que contar con el esfuerzo de todos, comenzando por el Gobierno –que debe completar las reformas pendientes e incentivar, en lo posible, la actividad– y siguiendo por las empresas y por los hogares, que constituyen los principales motores de una sana economía de mercado.

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