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Desafío a la universidad

Las universidades estadounidenses necesitan una buena lección de capitalismo. Los costes de sus estudios, que suben en espiral, son una carga económica: los estudiantes ahora toman prestados 121.000 millones de dólares (87.983 millones de euros) al año y los padres pueden llegar a invertir 200.000 millones de dólares (145.411 millones de euros) de sus ahorros para ayudar a sus hijos, según los análisis de Reuters Breakingviews.

Los costes de la educación universitaria han subido un 72% en los últimos 13 años y un 583% desde 1985 –incluso superan el gasto sanitario, que se ha triplicado–. Las actividades extracurriculares tienen mucho que ver en esto. El gasto neto por cada atleta en las 350 universidades con mayor calidad deportiva, por ejemplo, ascendió un 50% entre 2005 y 2010, según el Delta Cost Project, think tank especializado en educación superior.

Pero estos lujos no suponen una promoción directa de la productividad o el rigor académico y solo mejoran el poder adquisitivo de un pequeño conjunto de estudiantes. El sueldo medio de un graduado estadounidense ha caído un 15% desde 2000, según el Institute for Public Policy Research.

Esta tendencia de subida de los costes de docencia y de bajada de los ingresos está relacionada con el hecho de que un directivo empresarial puede ser despedido. Pero pocas facultades han hecho algo para enderezar la situación. En su llamada a las universidades para que demostraran cómo generan valor, el presidente Barack Obama puso a una como ejemplo: la universidad de Western Governors tiene en cuenta la competencia y el aprendizaje, más que los créditos acumulados o el tiempo que pasan sus estudiantes leyendo.

Por otra parte, la Brigham Young University-Idaho no solo evita gastar en extras como el deporte o la investigación, sino que también ha adoptado la estrategia de organizar cursos durante todo el año para maximizar el uso tanto de sus edificios como de sus académicos. Las universidades caras siempre tendrán un hueco, pero si las innovaciones como la de BYU se extendieran, la economía estadounidense lograría un impulso.

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