Tribuna

¿Estamos ante una nueva burbuja?

El Observatorio de Crisis Financieras (Financial Crisis Observatory, FCO) nace con el objetivo de diagnosticar en tiempo real las burbujas financieras, a la vez que permite anticipar, con el debido tiempo, su momento crítico. En él se desarrolla la teoría que el profesor Didier Sornette y su equipo denominan dragon kinds, quedando representada por eventos extremos, especiales y atípicos, pero que se generan por una serie de mecanismos cognoscibles que pueden hacerlos predecibles y posiblemente controlables. Quienes pretendan ver cierta similitud entre este concepto y el de cisne negro se encuentran muy equivocados. Este último alude a un hecho fortuito o suceso improbable, existiendo, pues, imprevisibilidad o desconocimiento.

La estructura que configura una situación dragón-rey está constituida por un proceso lento hacia una fase de inestabilidad, que es precisamente la burbuja. Tras un comportamiento colectivo, la causa de la crisis debería buscarse en esa inestabilidad propia del sistema, donde cualquier situación externa y anómala (perturbación) hará precipitarla de forma inesperada. En términos económicos, el punto culminante de la misma precede al desplome de los precios de los activos financieros.

Dicha teoría es aplicable en contextos muy diferentes: meteorología (lluvias, tormentas, huracanes o avalanchas de nieve); geología (deslizamientos de tierras, erupciones volcánicas o inundaciones); ingeniería; ciencias sociales (guerras, huelgas o revoluciones); biología o medicina (crisis epilépticas, nacimiento de un nuevo ser en el parto, etc.). No obstante, su mayor aplicación se da en el campo de las finanzas (burbuja de los años ochenta que colapsó con el crac de 1987, la de internet del año 2000, la inmobiliaria en diferentes países, etc.). El peligroso proceso de retroalimentación es siempre el mismo: igual porcentaje de revalorización de los diferentes activos, pero en periodos de tiempo cada vez más cortos. Situación esta que invita, cuando menos, a la prudencia.

Dejando a un margen los factores externos que pudieran ocasionar cualquier burbuja financiera por ese efecto desplazamiento del que ya nos hablara Hyman Minsky, sí parece apropiado resaltar una fuerte divergencia entre el precio del activo en cuestión y el valor del mismo. Divergencia que, antes o después, tenderá a atenuarse al no poderse mantener indefinidamente en el tiempo. Por similitud, piensen ustedes en un muelle que se ha estirado demasiado, creando así una situación de desequilibrio, y que debiera volver a su posición original (situación de equilibrio).

En la medida en que la participación humana incide en la formación de los precios de todo activo, según cuales sean en cada momento sus deseos y preferencias, el trasfondo psicológico que subyace en toda burbuja financiera cobra protagonismo. Desde el punto de vista psicoanalítico, estas se generan por secuencias emocionales en las que el sentido normal de equilibrio entre riesgo y recompensa sufre de graves modificaciones. Así lo ha estudiado David Tuckett reflejándolo en 2009 en el informe Addressing the Psychology of Financial Markets, publicado por el Institute for Public Policy Research (IPPR). Y pese a que siempre existirán autoridades que adviertan de una situación de riesgo, será el participante quien permanezca fiel a ese efecto rebaño o manada, propio de cualquier fase especulativa. Si interesantes fueron las aportaciones de Sornette, sus conclusiones no lo son menos. Las características internas del sistema actual se asemejan a las vividas en los momentos precedentes de la crisis de 2007/2008 tanto en EE UU, Europa y Japón. El fracaso de las actuales políticas monetarias quedará patente toda vez que se ha cometido el grave error de no ir a la raíz del problema en cuestión: la máquina de hacer dinero de forma constante.

Observada la trayectoria del S&P 500 en los últimos trimestres, vemos que la subida ha sido desproporcionada en relación con el crecimiento de los beneficios empresariales, lo que nos da una idea de la actual sobrevaloración del mercado. Si ponemos esto en un contexto histórico amplio mediante la utilización del ratio PER calculado según el método de Robert Shiller, el CAPE (o PER ajustado a la media) presentaría una valoración de más de 25x cuando la media histórica ha sido de 16x. De igual forma, el Q ratio a octubre de 2013 se encuentra a 1,07x (fuente: dshort.com). Una lectura con un valor superior a 1 solo se ha dado en otras tres ocasiones más: 1906 (1,08x), 1929 (1,06x) y 2000, año que alcanzaría un valor desorbitado. Lo que ocurrió después ya se conoce.

Fernando Ayuso Rodríguez, economista

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