Editorial

El aburrido pero seguro refugio del dividendo

Las empresas cotizadas españolas habrán abonado cuando termine este año dividendos por un valor de 23.000 millones de euros, un 24% menos que el año pasado. Una cantidad que supone algo más de un 2,2% del PIB y una cifra muy similar a lo que las empresas de todo el país aportarán este año por el impuesto de Sociedades a la hacienda pública. Una inyección nada despreciable a la renta disponible de los hogares, destinatarios prioritarios de los desembolsos, que por su carácter extrarodinario ceba habitualmente el consumo doméstico. El tradicional cupón ha constituido durante décadas enteras una parte nada despreciable de la renta de miles de familias, y casi el único y explícito objetivo de la inversión más tradicional. Aunque durante años un número importante de compañías minimizó el dividendo para reinvertir sus beneficios y expandir sus balances, siempre ha constituido una base estructural de la atracción de los inversores particulares, hacia la que han vuelto su mirada en los últimos años por las severas correcciones de los precios de las acciones y la falta de expectativas para generar plusvalías.

Aunque haya sido con el señuelo del screep dividend, que puede convertirse en metálico con la venta de los derechos o de las propias acciones nuevas emitidas por las empresas que lo han practicado, las corporaciones españolas han mantenido unos niveles de remuneración muy aceptables, en torno a un 4% de retorno sobre el capital este año, y casi el 6% en 2012. Tales tasas de retorno convierten a la Bolsa española en una de las más generosas, y por lo tanto atractivas, de todo el continente europeo, que seguirá siéndolo, puesto que pese a haber reducido los pagos en los dos últimos años, los analistas estiman que han podido tocar ya suelo. De hecho, algunas grandes empresas como Telefónica, que suspendió el abono en 2012, lo ha recuperado con largo a los resultados de 2013, aunque en una cuantía inferior a la que tenía en 2011.

En los meses transcurridos de este año cuatro de cada diez euros abonados lo ha sido con la opción de tomar dinero efectivo con la venta de los derechos en el mercado, con el consiguiente beneficio fiscal que proporciona la ausencia de retenciones, o acciones de nueva emisión. Las empresas han ido adaptando sus posibilidades de pago a la presión de una crisis que consideraban menos longeva de lo que finalmente ha sido para poder mantener, en la medida de lo posible, el compromiso con sus socios. El amplio anclaje internacional del negocio de una muy buena parte de las compañías ha facilitado tal circunstancia, aunque en muchos casos únicamente ha retasado una recomposición del balance y del capital de las empresas, con el consiguiente retraso en la salida empresarial de la crisis. Pero ha llegado ya el momento de superar el estrés, y si los indicios de recuperación económica enraízan, las corporaciones volverán paulatinamente a abonar los retornos en dinero contante y sonante, y dejarán de ejercitar la dilución sistemática de la inversión que suponen las acciones de nueva emisión, puesto que no se trata de una ampliación del capital, sino de un reparto del existente. En paralelo, las cotizadas comienzan a ofrecer resultados crecientes, que podrían consolidarse con la recuperación de la economía, y que sería la mejor garantía de mantenimiento del reparto de beneficios.

Se trata, por tanto, de un despejado escenario para la inversión de los particulares: dividendos elevados y expectativas de mejora del beneficio que deberían funcionar como multiplicador de los precios de las acciones. En los meses transcurridos desde enero el índice selectivo español ha avanzado más del 20%, tras estar varios años lateralizado en los mínimos cíclicos. El avance es fruto de un cambio radical de sesgo en la percepción de los grandes fondos sobre la economía española y su futuro, que se ha traducido en entradas masivas de inversión tanto en deuda pública como privada, en capital de las compañías como en inversión en la economía real.

La tendencia solo ha comenzado, y los precios de las empresas apenas han absorbido una parte de la pérdida ocasionada por la crisis. El valor real sigue siendo atractivo, sigue estando unos cuantos escalones por encima de los precios. Seguramente es la hora de obtener algo más que lo proporcionado por el aburrido pero seguro refugio del dividendo.

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