Tribuna

El riesgo cero en sanidad es imposible

La razón de ser de cualquier centro de atención sanitaria, así como la de los estudios y las actividades profesionales de los agentes de salud en todo el mundo, es el bienestar de los pacientes que acuden a los servicios de los hospitales y centros públicos o privados en busca de cuidados sanitarios.

La asistencia médica ha mejorado enormemente la esperanza de vida y la salud de nuestra sociedad, pero cada vez esta asistencia es más compleja y aunque genera posibilidades antes impensables en los tratamientos, conlleva a la vez nuevos riesgos. Podemos decir que el riesgo cero es imposible, pero sí se puede reducir si se implantan las medidas adecuadas.

Hoy uno de los principales retos del cuidado de la salud en el mundo, es lograr esta mejora, y aunque podemos afirmar que en este aspecto España está entre los países mejor posicionados, se trata de un reto importante.

Las estadísticas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), señalan que la posibilidad de fallecer a causa de un error en la asistencia médica es de una entre trescientos. O como indica la Agency for Healthcare Research and Quality, que aproximadamente el 0,11% de los ingresos se traducen en muertes por fallos en la asistencia médica. Si España siguiera esta pauta, supondrían, en el mejor de los casos, aproximadamente 4.800 muertes/año por errores en la asistencia médica.

Desde hace unos años, varios países han asumido compromisos y acciones, tanto nacional como internacionalmente, buscando prevenir eventos adversos en las instituciones de salud.

El gobierno español y las comunidades autónomas han impulsado políticas, observatorios y planes de seguridad del paciente a nivel institucional. De hecho, está demostrado que un 42,8% de los eventos adversos son evitables, si se siguen unas pautas, que sin ser las únicas, son básicas e ineludibles, para llevar a cabo una mejora en la seguridad del paciente.

Para mejorar la seguridad del paciente se han establecido unas recomendaciones que podemos resumir en las siguientes:

Construir una cultura de seguridad. La mejor manera de empezar es fomentando el hábito de comunicación de incidentes, asegurándose de que los asuntos de seguridad del paciente se discuten y tratan en el momento y espacio propicios. Dejarlos pasar sin hablarlos es silenciarlos.

Otro punto clave es priorizar la aplicación de las prácticas seguras que ya existen y que están avaladas y aprobadas por los grandes expertos mundiales en el tema. Hablamos en primer lugar de algo tan sencillo como la higiene de manos, seguido de la lista de comprobación quirúrgica, la identificación de pacientes, la prevención de caídas, los dispositivos de prevención de errores de medicación, etc.

La formación del personal es el tercer aspecto básico. Incluir la seguridad del paciente entre los planes de formación de la plantilla y a la vez impulsar la comunicación entre todos, para informar inmediatamente cuando se detecte que algo falla en la atención de los pacientes. Tengamos presente que la atención sanitaria no la realiza una persona, sino un equipo, y los errores y aciertos corresponderán a este equipo.

Muy importante es contar con modelos de gestión para reducir los riesgos clínicos y aumentar la seguridad del paciente de manera sostenible en el tiempo, poder medir y evaluar cómo van disminuyendo y conocer sus causas, ya que se ha constatado que los errores rara vez son exclusivamente errores humanos, sino que son errores del sistema antes, durante y después de la asistencia.

También es fundamental involucrar y comunicarse con los pacientes y sus familias, ya que todos ellos son los receptores del trabajo sanitario y deben ser informados inmediatamente cuando se produzca un evento adverso que pudiera causar daños.

Y como punto concluyente, hay que proporcionar confianza a los pacientes y a la sociedad, demostrando con transparencia los resultados en seguridad del paciente a través de auditorías y acreditaciones especializadas.

Estos pasos brindan la oportunidad de que el sistema de salud y todos los involucrados se centren en los errores con una visión práctica, sin culpas y con responsabilidad. Tenemos que tener la capacidad de gestionar los errores para convertirlos en lecciones, y las lecciones, en prácticas, procesos y sistemas más eficientes y seguros para todos.

 

Julio González Bedia es director general de Áliad Conocimiento y Servicio

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