Editorial

El catalizador de Madrid 2020

El credo olímpico se basa en que lo importante no es ganar, sino competir. Madrid opta a celebrar unos Juegos Olímpicos por tercera vez consecutiva –esta vez los de 2020–. Y lo ha hecho durante más de una década compitiendo con honor y deportividad, trabajando firme, en equipo y con el lema olímpico de citius, altius, fortius por bandera. Es hora de ganar.

La organización y celebración de la Olimpiada comporta una larga serie de indiscutibles beneficios que van de lo puramente económico a lo intangible. Son un motor que, bien gestionado, aporta a la economía de la ciudad sede, y a la de todo el país, riqueza, presencia internacional, cientos de miles de visitantes y un valor de marca que perdura años. Y no solo en las poco más de dos semanas de la celebración, sino durante el largo periodo de preparación y después. Para una economía que está en la senda de salida de la recesión es un importante agente catalizador, contra el que solo hay argumentos interesados. Y más porque en el caso de Madrid gran parte de la inversión ya está hecha. Falta, eso sí, una buena ley de mecenazgo que estimule la inversión en el deporte. Es el momento de hacerla. Pero el honor de celebrar los Juegos va más allá de la economía. Porque son un símbolo de la paz y de la unión entre los pueblos para un mundo mejor. Un objetivo para el que Madrid, ciudad abierta y de múltiples culturas, es el escenario óptimo.

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