Huellas en Bruselas XI: Dario de Regoyos

Huellas en Bruselas XI: Dario de Regoyos

Llegó a Bruselas casi por casualidad, porque a finales del siglo XIX la mayoría de los artistas preferían proseguir su obra en París o Roma. Pero Darío de Regoyos (1857-1913) acertó. Y un siglo después de su muerte, las exposiciones en su honor recuerdan como una etapa fundamental su paso por la capital belga.


La muestra más importante del centenario de Regoyos probablemente sea la que abrirá el próximo 7 de de octubre en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Unas 150 obras que luego llegarán a Madrid (al Thyssen-Bornemisza).

El pintor "asturiano, vasco de adopción, y en pintura, francesista", como lo definió su amigo Pío Baroja, logra así un reconocimiento que en vida se le escapó. Incluso se ha abierto un hueco en la reciente novela de Kirmen Uribe, Bilbao-New York-Bilbao, Premio Nacional de Narrativa 2009.

Regoyos surge entre el tumulto de recuerdos ajenos que se agolpan en las páginas del escritor vasco. El pintor, según Uribe, "pasó su vida entera buscando un tesoro escondido".

Quizá lo encontró en Bruselas, donde la sensibilidad cantábrica de Regoyos se acomodó de inmediato, hasta el punto de convertirse en uno más del grupo de artistas que marcó la transición al siglo XX del arte belga y europeo. En 1914, solo un año después de su muerte, Bruselas ya le recordaba con una gran exposición.

A favor de Regoyos debió jugar el carácter "jovial, alegre y muy poco práctico" que le atribuye Baroja. Y más aún su "profundo desdén por todo lo pomposo", una cualidad que seguro le abrió muchas puertas en una ciudad tan poco pretenciosa como Bruselas.

El pintor llegó por primera vez a la capital belga en 1879. Y vivió en el número 161 de la Rue Royale, a un paso del Botánico, donde hoy se celebran tantos conciertos de pop y rock.

En España, aseguraba Baroja, "la gente creía que Regoyos era un chiflado y que sus cuadros eran un puro disparate". En Bruselas, en cambio, al poco tiempo de su llegada, el pintor español ya se codeaba con los artistas más importantes de la época. Y pasó a formar parte del grupo de vanguardia conocido como Los XX (por el número de miembros), integrado, entre otros, por James Ensor, Théo Van Rysselberghe, Fernand Khnopff o Léon Spilliaert.

El artista español contó, sobre todo, con la admiración y la amistad del poeta Émile Verhaeren, uno de los personajes clave en la historia de la literatura belga (amigo, por cierto, de Stefan Zweig, que escribió su biografía).

Regoyos y Verhaeren recorrieron juntos la costa cantábrica, atravesaron Guipúzcoa Navarra y Aragón, descubrieron Sigüenza (un pueblo "que parece hecho para un poeta o un pintor") y llegaron hasta Madrid.

Su viaje quedó plasmado, a cuatro manos, en España Negra, un libro tan sencillo como cautivador, donde aparecen desde la fascinación "del belga" por "los ciegos de España" a sus impresiones de las fiestas de San Fermín Chico en Pamplona, de un café cantante en Zaragoza (¿precursor de El Plata?) o del Museo del Prado y El Escorial.

"Es necesario llevar gafas de vidrio color rosa en los ojos para ver España con tonos alegres", escribe Verhaeren. Hasta "las canciones de amor son de un negro soberbio", dice el poeta, sobrecogido por coplas como estas dos:

Yo quisiera ser el nicho En el carro de los muertos

donde te van a enterrar la vi de lejos venir;

para tenerte en mis brazos lleva una mano fuera

toíta una eterniá. por eso la conocí.

El prólogo del libro corrió a cargo nada menos que de Baroja (de ahí vienen las citas anteriores), quien recuerda su encuentro con Regoyos en San Sebastián. "Era hombre que viviendo y trabajando de una manera juiciosa y sensata parecía casi siempre disparatado y absurdo", señala el escritor con su prosa siempre implacable.

La edición de España Negra que manejo se acabó de imprimir en Madrid el jueves santo, 11 de abril de 1963. Está impresa en un papel expresamente fabricado para la obra por la Papelería Hernani de San Sebastián. Y me ha llegado (en préstamo) gracias a una de esas carambolas del destino tan comunes en los relatos de Kirmen Uribe: a través de Jacobo de Regoyos, corresponsal de Onda Cero en Bruselas y descendiente directo del pintor.

Fue Regoyos, el periodista, quien me recordó hace poco el paso de su tío por las calles de la capital europea que ahora compartimos. "La presencia de Darío de Regoyos en Bruselas, de 1879 a 1890, coincide con el despegue del prestigio internacional de la ciudad en el mundo de las artes", señaló Jacobo en su libro Belgistán. El laboratorio nacionalista, un ensayo sobre la identidad política de Bélgica. Y además de la pista inicial, Jacobo de Regoyos me ha facilitado, con una generosidad que le agradezco, buena parte de la bibliografía que he utilizado para este post.

Ilustración: Darío de Regoyos tocando la guitarra, por Theo van Rysselberghe. Tomada de aquí.

Huellas anteriores en este blog: José Ramón Larraz, Víctor Hugo, Rizal, Colette, Polanski, Calder, Buffalo Bill, Julio Cortázar, Agnés Varda, Karl Marx.

Comentarios

Estupenda entrada, la vida es caótica pero parece tener un cierto orden profundo. De hecho se puede teorizar el caos (aunque el que suscribe no sabe como).
Enhorabuena por este artículo y gracias por la información.
Me ha encantado el relato de este personaje entrañable que nació casualmente en Ribadesella de Asturias. No sabía que había vivido en la Rue Royale Sainte Marie es una precisión que agradezco, no sólo por el dato sino por su significación simbólica para mi.¡Enhorabuena!
He podido leer todas esas referencias, y muchas más, de Baroja sobre Regoyos en sus libros de memorias ('Desde la última vuelta del camino'), y no tienen desperdicio.
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