Bruselas confía en cerrar el pacto en un plazo de dos años

La UE y EE UU negociarán el mayor acuerdo comercial de la historia

La UE y EE UU anunciaron ayer la puesta en marcha de las negociaciones para un acuerdo bilateral de liberalización comercial que Bruselas considera el más ambicioso de la historia. Los sectores químico, de automoción y maquinaria serían los más beneficiados por parte europea, con el agrícola como principal damnificado.

Ahora o nunca, es la consigna en Bruselas y Washington. Por primera vez en mucho tiempo, las variables políticas y económicas del firmamento transatlántico parecen haberse alineado a favor de un acuerdo de libre comercio entre Europa y EE UU, los dos protagonistas del mayor tráfico de bienes y servicios (2.000 millones de euros cada día) e inversiones (2,8 billones de euros) del planeta y, probablemente, de toda la historia de la humanidad.

"Hay razones para creer que estamos ante un escenario que beneficia a las dos partes", señaló ayer en Bruselas el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, tras suscribir junto al presidente de la UE, Herman Van Rompuy, y el presidente de EE UU, Barack Obama, un comunicado anunciando la negociación de un acuerdo transatlántico de liberalización.

Barroso reconoció que "no será fácil, porque estamos ante el mayor acuerdo comercial jamás negociado". Pero Bruselas confía en cerrar el acuerdo dentro de dos o tres años, es decir, durante el actual mandado de Obama. Y Barroso enumeró las razones para ese calendario aparentemente optimista.

Por un lado, la presencia en la Casa Blanca de un presidente recién elegido y Demócrata, partido que suele ser más proclive a la apertura comercial; en segundo lugar, la boyante situación del sector agroalimentario europeo, cuyo superávit comercial mitigaría sus temores a los rivales estadounidenses; y por último, el evidente fracaso de las negociaciones multilaterales a nivel de la Organización Mundial de Comercio, que han llevado a la generalización de los acuerdos bilaterales entre las economías más desarrolladas.

Barroso tampoco ocultó que los dos grandes bloques económicos del mundo no atraviesan su mejor momento, ni desde el punto de vista presupuestario (con enormes números rojos, sobre todo en EE UU) ni del crecimiento (con la zona euro a punto de recaer de nuevo en la recesión). "El comercio es una de las soluciones para ambos problemas", señalo el portugués.

Resistencia de París

Los datos parecen corroborar la apuesta del presidente de la Comisión. Lo que el acuerdo transatlántico podría añadir de liberalización supondrá para la UE un crecimiento anual equivalente al 0,5% del PIB, según el informe previo a las negociaciones elaborado por los departamentos de Comercio de la CE y del gobierno estadounidense.

El departamento de Karel de Gucht, comisario europeo de Comercio, asegura que los sectores más beneficiados por la liberalización serían el químico, la automoción y la producción de maquinaria, lo que coloca a Alemania como potencial ganador del futuro acuerdo.

El pacto, sin embargo, también aspira "a abrir los procesos de licitación pública en EE UU a nivel federal y estatal", según el equipo de Gucht, lo que brindaría oportunidades a países como España en la construcción de infraestructuras o el sector de transporte.

Francia, en cambio, se presenta como uno de los países reacios a las negociaciones por su posible impacto en el sector agrícola. La Comisión aseguró ayer que temas tan sensibles para París como la producción de transgénicos "no están en la agenda del futuro acuerdo".

El Parlamento Europeo, por su parte, se mostró ayer mayoritariamente a favor de un acuerdo que, de alcanzarse, necesitaría su visto bueno. Los europarlamentarios respaldaron el año pasado el acuerdo de liberalización con Corea del Sur (a pesar de las quejas de la industria automovilística europea), pero abortaron el ACTA, acuerdo suscrito por Bruselas, Washington y otras capitales para castigar con cárcel ciertas infracciones de copyright. "Creo que las dos partes se cuidarán mucho de volver a pisar ese terreno", señalaban ayer en la Comisión.

Una oportunidad para controlar la globalización

Los aranceles suelen ser uno de los puntos clave en las negociaciones de apertura comercial. Pero los flujos de capital, bienes e inversión entre la UE y EE UU son de tal magnitud y de un nivel tan sofisticado, que los impuestos de las aduanas parecen un elemento menor del futuro acuerdo transatlántico, entre otras cosas, porque ya se encuentran extremadamente bajos (5,2% de media en esta orilla del Atlántico y 3,5% en la otra, según los datos de la OMC).

Esa circunstancia, sin embargo, no resta importancia al comienzo de las negociaciones anunciado ayer. Al contrario. El acuerdo de libre comercio e inversión (coletilla importante) entre los dos principales bloques económicos del planeta trasciende el ámbito puramente comercial para convertirse en un esbozo de una regulación mundial. "Queremos suprimir los aranceles, se trata, sobre todo, de impulsar la convergencia normativa entre la UE y EE UU", reconocen en el departamento de Karel de Gucht, comisario europeo de Comercio. Bruselas calcula que las barreras legales encarecen el tráfico transatlántico entre un 10% y un 20%, según los sectores. La eliminación de esas barreras, añade la CE, no solo abarataría bienes y servicios sino que permitiría fijar estándares mundiales, difíciles de resistir en otras partes del planeta cuando se apliquen en los dos bloques que constituyen "la espina dorsal de la economía mundial". Ni siquiera China podría esquivarlos. El objetivo no parece fácil, sin embargo, porque la UE y EE UU mantienen serias discrepancias en regulaciones laborales, medioambientales, farmacéuticas o químicas, que deberán limar durante unas negociaciones cuyo éxito no está garantizado.