COLUMNA

Italia apura para eludir el rescate

Es cierto, Italia está casi a salvo. El rendimiento de sus bonos a 10 años ha caído en un punto porcentual desde que el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, dejara entrever el nuevo programa de compra de bonos. Con los intereses cayendo y la confianza recuperándose, la necesidad de un rescate disminuye.

Si puede, el rescate ha de evitarse. Nadie quiere ver a la tercera mayor economía de la eurozona con respiración asistida. En los intereses actuales, la deuda italiana parece al menos sostenible: Roma necesitaría un crecimiento nominal del 2,4% del PIB y un superávit primario del 3% del PIB, que el FMI espera para este año.

Sin embargo, Italia tiene que convencer a sus inversores de que puede labrar su crecimiento al margen de su deuda, que el FMI espera que sea del 125% del PIB para este año. Y hay un largo camino hasta que la economía vuelva a ser competitiva.

El Gobierno de Monti trabaja en ello. Pero necesita progresar en las conversaciones con sindicatos y trabajadores para reformar el mercado laboral, y ser más claro con las privatizaciones. Incluso entonces, los inversores seguirían preocupados por si la agenda reformista no sobrevive a las elecciones del año que viene.

Por desgracia, el escenario político tras Monti sigue siendo un puzle. Los dos principales partidos no pueden acordar una nueva ley electoral. Ni pueden contar con una mayoría. El Partido Demócrata encara un duelo por su liderazgo potencialmente inestable con el enfrentamiento entre Pierluigi Bersani y Matteo Renzi. La perspectiva de un retorno de Silvio Berlusconi se mantiene en la derecha. El Movimiento 5 Estrellas del humorista Beppe Grillo, ahora el tercer mayor partido, es un comodín. La esperanza es que con la ausencia de una mayoría clara pueda formarse una gran coalición entre los dos grandes partidos. Pero puede que no suceda pronto.

La esperanza de que Monti siga tras las elecciones sigue creciendo como la cabeza visible de una gran coalición. Con el bono a 10 años cerca de los niveles precrisis, los italianos podrían preguntarse si merece la pena marear la perdiz.

Por Neil Unmack