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Tribuna

Lo que no puede ser

Como dijo el torero, "era imposible" y, por tanto, Nuclenor ha tirado la toalla: no ha pedido la renovación de la vida útil de la central nuclear de Santa María de Garoña. Por más que el partido en el Gobierno se declare pronuclear. Por más que los resultados de los stress test hayan propuesto pequeñas inversiones de solo algunos centenares de millones de euros. Ha pesado más en la decisión de la empresa la incertidumbre regulatoria. La amenaza de los 10 euros/MWh a toda la producción nuclear le costaba a Garoña más del doble de los resultados anuales del pasado ejercicio. En el anterior, se cerraron las cuentas con pérdidas por el efecto de los precios formados en el mercado eléctrico, volátil como la misma incertidumbre regulatoria.

El Gobierno no confía en los resultados de los agentes. Hay una pérdida de confianza en los resultados declarados. O al menos esto es lo que le conviene argumentar para tratar de arreglar el dislate del déficit tarifario. Si toda la contabilidad de los agentes productores es plausible de ser manipulada, independientemente de las auditorías y de la supervisión del regulador independiente, apaga y vámonos, ya que entonces el Gobierno (el de turno, porque la alternancia política no ha hecho más que ratificar este eterno sentimiento de desconfianza) tiene libertad para intervenir en las decisiones del sector, mucho más allá de lo que sería el desarrollo de unos principios de una regulación eficiente.

Sin centrales nucleares podremos vivir. Lo que ya no está tan claro es si podremos pagar la factura de la luz. Y también lo que sucederá con la pérdida de competitividad de la industria es que se deslocalizará la más electrointensiva, con el consiguiente efecto sobre la macroeconomía.

El gran problema de todo ello es que no se le ve solución inmediata, dado el nivel de incomunicación entre las partes. Y puede ir a peor, ya que con el cierre de Garoña se inicia un estado de ánimo del sector que podría titularse: fin de la inversión. ¿Quién va a invertir en un sector en el que la incertidumbre regulatoria es de tal calibre que se puede pasar de tener unos beneficios de 10 a unas pérdidas de 10 con solo la publicación de un real decreto? El síndrome de Estocolmo está muy presente en nuestro sector eléctrico.

¡Pero atentos!, los agentes van tomando decisiones y los consumidores asistimos atónitos a todo este despropósito. Cuando los ministerios afectados dejen de pelearse y por fin salga la reforma que suturará la sangría del déficit tendremos ocasión de valorar las acciones de Gobierno y el consiguiente comportamiento de los agentes. Mientras, a esperar y a sufrir.

Jordi Dolader Clara. Consejero de la CNE 1999-2005, presidente de Excom AF Mercados EMI

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