La década prodigiosa
La responsabilidad política y financiera en la crisis que vivimos se ha analizado hasta la saciedad. Pero ¿y la de nosotros, los individuos?¿Hemossido víctimas o partícipes? El autor reflexiona sobre esta cuestión.
Angela Merkel nos ha reprochado la década de irresponsabilidad que hemos tenido y que nos ha llevado a la situación actual. Y su reproche iba dirigido no solo a los responsables del gasto público o a los gestores de las instituciones financieras, sino al conjunto de la población. Este es un tirón de orejas inusual, que nos debe hacer reflexionar acerca de las circunstancias que han provocado que del milagro español, tan ensalzado hace unos años, hayamos pasado a recibir un trato de apestados en todo lo referente a la economía y a las finanzas.
Obviamente existen responsabilidades, por acción y por omisión, en el ámbito político. Pasar del equilibrio de las cuentas públicas y de una deuda pública más que razonable, con porcentajes de algo más del 40% del PIB, a un déficit galopante y que se resiste a ser embridado y a una deuda que se acerca ya peligrosamente al 90% y vislumbra en el horizonte el temido 100%, no es fruto solo de las circunstancias y debe haber exigido dosis no desdeñables de incompetencia y de perseverancia en el error. A lo que no es ajeno el todavía persistente temor reverencial a poner en cuestión los grandes mitos de la transición y, entre ellos, descollante, el del Estado de las autonomías.
También son incuestionables los fallos del sistema financiero o, para ser justos, de parte del sistema financiero, víctima de la politización, de la codicia y, otra vez, de los mitos de la transición (en este caso, el de la virtud sanadora de la presencia de los sindicatos en las instituciones).
Pero ¿qué pasa con los individuos? ¿Hemos sido víctimas inocentes de los males del sistema político y financiero o hemos sido también partícipes de la irresponsabilidad que se nos reprocha?
La economía es hoy tema central de cualquier conversación entre compañeros de trabajo y entre amigos. En los bares oyes hablar de la prima de riesgo y los taxistas te preguntan sobre las probabilidades de ser rescatados. La crítica política está a flor de piel y las acusaciones a los gestores del sistema financiero son continuas. Pero ¿alguien se interroga acerca de las responsabilidades de todos y cada uno de nosotros? ¿Alguien se plantea si efectivamente hemos colaborado todos a la irresponsabilidad que se nos achaca? ¿Es que no ha habido endeudamientos temerarios, un consumismo desaforado, una espiral de alimentación de las diversas burbujas, la inmobiliaria sobre todo, pero no exclusivamente, que hemos contribuido a inflar? Han sido años que han potenciado considerablemente un fenómeno, ciertamente no exclusivo de España pero particularmente intenso entre nosotros, de infantilización de la población. De reivindicación constante de derechos, sin apenas atención a los deberes, y de irresponsabilidad. La figura de ese viejo bebé gruñón flanqueado de un abogado, a la que se refería ya hace años Bruckner (La tentación de la inocencia), a la que tiende el actual comportamiento ciudadano, se ha visto potenciada entre nosotros como consecuencia de un tardío advenimiento a la democracia, que propició la reivindicación de derechos y diluyó la conciencia de los deberes.
Las imágenes de treintañeros (esos de la que, dicen, generación mejor formada de la historia de España) reclamando que, a su edad, ya tienen derecho a que alguien les dé una vivienda, la actitud de tantos licenciados que exigen que alguien les dé un puesto de trabajo, son expresión de una deriva que alimenta la pasividad, la espera de soluciones que vengan de fuera, de otros, y que inhiben el espíritu de lucha y de esfuerzo imprescindible para afrontar los desafíos que el mantenimiento del bienestar económico y del progreso social exigen.
A ello no es ajena la sociedad en su conjunto. Siempre me ha llamado la atención que en muchos estatutos de universidades, o en las normas internas de las mismas, los derechos de los estudiantes ocupen páginas enteras mientras que los deberes pueden despacharse en uno o dos párrafos. Siempre me ha llamado la atención que la actividad sindical se concentre en la alimentación de la ya extensa panoplia de derechos, sin prestar atención a las necesidades de colaboración para la buena marcha de la empresa, cuyo éxito en el mercado es el único que permite satisfacer tales derechos. Siempre me ha llamado la atención el papanatismo del que hacemos continuamente gala. Somos campeones en la ratificación de convenios de la OIT, añadimos dos huevos duros en la transposición de las directivas comunitarias sobre cuestiones laborales y sociales, hacemos alarde continuo de socialidad y de progresismo.
¿Alguna autocrítica? ¿Nos hemos planteado alguna vez si una presión sindical insoportable ha provocado o ha contribuido al cierre de empresas y a la deslocalización de actividades? ¿Hemos considerado irresponsable el endeudamiento excesivo, en ocasiones para caprichos de nuevos ricos y para dinámicas de gasto que parecen no tener fin? Aunque sea una anécdota, comparemos las celebraciones actuales de bodas, comuniones o bautizos (¡ah!, y también de confirmaciones) con las de hace unos años, y eso en todos los estratos sociales, porque siempre aparece el argumento irrefutable de yo también tengo derecho o por qué ellos no van a tener derecho.
No todos hemos convivido con un pastor protestante en la familia ni hemos conocido las privaciones de la Alemania del Este, ni parece que la austeridad forme parte de nuestro código genético. Pero debemos ser conscientes de que nuestra alegría de vivir puede a veces provocar la irritación de otros, máxime si esos otros tienen que prestarnos o avalarnos para financiar el derroche. Y deberíamos aprender que el exceso, la exageración, están reñidos no solo con el buen gusto, sino con la más elemental sensatez.
Al mismo tiempo, los poderes públicos deberían tratarnos como mayores de edad, poniéndonos sin tapujos ante la realidad y evitando toda ocultación demagógica. No sé si será mucho pedir. Que a estas alturas ningún Gobierno haya sido capaz de regular el ejercicio del derecho de huelga, para conciliar derechos y deberes, no mueve precisamente al optimismo.
Federico Durán. Catedrático de Derecho del Trabajo. Garrigues Abogados