Educar y formar para la estabilidad social
La madurez y la consolidación de las sociedades democráticas vienen dadas, en gran medida, por la continua mejora de las capacidades individuales. Por eso, cuando la sociedad en general o un país concreto se preocupa y se plantea la mejora de su educación y programas formativos, en realidad confía en su potencial para generar progreso social como elemento transformador en todas las dimensiones: personal, política, cultural, económica y productiva.
En plena sociedad del conocimiento también han cambiado las competencias necesarias para que puedan producirse nuevas incorporaciones al mercado laboral. Los sistemas formativos de países como Estados Unidos y europeos se adecúan, en general y de manera conveniente, a estos retos, al considerar que invertir en educación favorece de forma directa al desarrollo social y económico, sobre todo cuando el desempleo, y en especial el juvenil, supone un problema y a la vez un desafío global. Algo que, sin embargo, está todavía lejos de ocurrir en otras zonas del mundo, a pesar del evidente deseo de sus ciudadanos por crear los cimientos para un verdadero cambio social.
La región de Oriente Medio y el norte de África registra uno de los mayores datos de desempleo juvenil del mundo: un 25%, que en el caso de las mujeres llega al 30%.
Países que, sin embargo, presentan en algunos casos tasas de crecimiento económico notables, pero que sufren, sin embargo, graves carencias en sus propios sistemas educativos. Esa es una de las grandes claves del problema y donde reside, a su vez, una de las soluciones o, al menos, ofrece la posibilidad de contribuir a reducir sus negativos efectos sociales.
La inversión privada instalada en la región, tanto la que procede del exterior como la doméstica, tiene una evidente necesidad de trabajadores cualificados que no pueden conseguir en estos países porque los potenciales candidatos no cuentan con la formación adecuada. Eso provoca desesperanza y frustración en ambos sentidos. El fenómeno del desempleo no solo margina a la juventud, sino también a los propios países que lo sufren, privándoles de su mayor potencial de desarrollo y mermando poco a poco su tejido social y económico.
Es necesario revalorizar el papel que tiene la cultura en general, subir el nivel medio educativo de la población y hacer que la formación básica llegue a toda ella. Esto permitirá que los jóvenes puedan comprender, crear y adquirir a lo largo de su vida nuevas competencias.
De esta forma, se logrará que sean capaces de asimilar innovaciones de tipo tecnológico, pero también los cambios económicos y, sobre todo, sociales. Se formarán ciudadanos responsables, democráticos y con capacidad crítica.
Ante la deficiencia de los sistemas educativos de los países del norte de África y Próximo Oriente es necesario actuar de manera eficaz para conseguir la adecuada formación de la juventud, con el objetivo de que puedan acceder a un mercado laboral que hasta ahora se les niega en un elevado porcentaje.
De esta forma, tendrán la posibilidad de acceder a más bienes y servicios, más información y elementos de análisis, conocer mejor sus derechos y participar de forma más autónoma en las actividades sociales; en definitiva, sentar bases cada vez más estables para que en un futuro puedan abrazar la democracia como ahora intentan.
Son necesarias acciones de responsabilidad, eficaces y realistas, con proyectos concretos capaces de ofrecer resultados a medio plazo, sobre todo en lo referente a educación y formación, con el objetivo de crear nuevas oportunidades de trabajo en cualquier país.
En especial hacia aquellos que se muestran cada vez más ansiosos por alcanzar niveles de estabilidad y desarrollo social, político y económico como los que hace poco más de un año hicieron un llamamiento al mundo en la denominada primavera árabe. Es hora de que Occidente, pero en particular Europa y España, dejen de ser meros espectadores y actúen con responsabilidad.
Aldo Olcese. Presidente de la Fundación Educación para el Empleo (EuropEFE)