Una nueva forma de invertir
Hasta los mayores defensores de la economía de mercado admiten que a veces falla. Fijaciones pactadas de precios, monopolios, oligopolios... Tratar de controlar el mercado es algo tan viejo como la propia existencia del sistema capitalista. A más poder tiene una empresa, más se esfuerza por asegurarse un statu quo que le permita garantizarse el negocio para siempre y sin competencia. Pero es algo profundamente ajeno a las raíces y el buen funcionamiento de la economía y por eso existen mecanismos naturales de corrección en el propio mercado.
El caso de las entidades financieras es palmario, porque cumplen todos los requisitos para caer en la tentación. Tienen mucho dinero, mucho poder y un fabuloso negocio que proteger. En España, cuando yo todavía era un inocente estudiante de primero de Económicas, se veía como normal que una vez al año los presidentes de los grandes bancos se juntaran a comer en un famoso restaurante madrileño donde, además de hablar de política y de caza, negociaban fórmulas para no agredirse -competir- más de lo necesario.
Eso ha cambiado, pero se mantiene otra anomalía. En todo tipo de productos existe lo que se llama la cadena de producción. Es básica para el buen funcionamiento del sistema productivo y la correcta asignación de los recursos. No veríamos como algo positivo que una gran corporación fuera a la vez dueña del laboratorio donde se hacen los medicamentos, de la farmacia donde se distribuyen y de las sociedades de los médicos que atienden (asesoran) al paciente. Pues esa es exactamente la situación que hay en el sector financiero español. El banco fabrica su producto, lo distribuye a través de sus sucursales y asesora -este es el problema- a inversores y ahorradores a través de sus comerciales. En este orden de cosas lo extraño sería que sus productos no sean siempre los mejores para todo y para todos.
En cualquier otro producto, el consumidor puede comparar de forma sencilla distintas marcas y recibir un asesoramiento razonablemente objetivo antes de comprar. No olvidemos que, por ejemplo, para el vendedor de un gran almacén lo importante es vender algo, a ser posible mucho, pero no un producto concreto de una marca concreta. Eso no es lo habitual en los productos financieros. A día de hoy, cuando un inversor español quiere comprar un producto financiero, va a su banco (una sola marca) y ese banco es a la vez fabricante, distribuidor y asesor, pues teóricamente asesoran al inversor sobre el producto financiero idóneo para su perfil de inversión y la situación de los mercados financieros. Pero lo que suele ocurrir es que se le recomienda lo que en ese momento sale de la cadena de producción del banco y está en su lista de objetivos de distribución. En otras palabras: el banco tiene sus intereses, que consisten en vender sus productos, lo cual es perfectamente legítimo, pero el cliente tiene los suyos, y no siempre coinciden.
Este conflicto de intereses es tan obvio que en otros países se solucionó hace tiempo con la llegada, implantación y regulación de la actividad del asesoramiento financiero independiente. Se trata de empresas financieras que no tienen producto propio, sino que asesoran sobre los distintos productos que hay en el mercado. Las que dan mejor servicio analizan y dan acceso a casi toda la gama disponible en su activo o producto de referencia, que es lo que se llama arquitectura abierta. Y no manejan dinero de los clientes, se limitan a dar consejo e información.
Afortunadamente, hace ya tres años que esta actividad fue regulada en España por la Comisión Nacional del Mercado de Valores -la actividad llevaba tiempo funcionando, pero no regulada de forma específica y estaba limitada a muy pocas empresas- y hoy en día es un modelo de negocio perfectamente accesible a inversores de todo el país, aunque todavía somos pocos los que ofrecemos este tipo de servicio si nos comparamos con las cifras de Francia, Italia o Alemania, por no hablar de EE UU o Reino Unido.
Qué duda cabe que habrá EAFI buenas, malas y mediopensionistas. Y también matices importantes en cuanto a su grado de independencia. Pero siempre será mayor que el de una entidad cuyo objeto sea únicamente la venta de su producto. El asesor financiero independiente que quiera durar en la profesión solo tiene un camino: alinear sus intereses con los del cliente, porque para él lo importante no debe ser el producto, debe ser el cliente. El asesor financiero que pierde la confianza de su cliente pierde su razón de ser. Y su negocio.
Víctor Alvargonzález. Consejero delegado de Profim, Asesores Patrimoniales, EAFI