Una sangría de talento que hay que frenar
El devastador efecto que la crisis económica está ejerciendo sobre el empleo ha hecho surgir un nuevo y preocupante fenómeno migratorio cuyas consecuencias sería un error minusvalorar. En contraste con aquella orgullosa generación JASP -jóvenes aunque sobradamente preparados- que pisaba fuerte en la segunda mitad de los noventa, la brutal escalada del paro entre los jóvenes españoles -que se acerca ya al 50%- ha dado a luz a una nueva generación que ya ha sido bautizada como JESP: jóvenes emigrantes sobradamente preparados. Dado que el censo electoral revela que desde 2008 el número de españoles residentes en el extranjero se ha incrementado un 25%, podría existir la tentación de considerar la aparición de los JESP como fruto de una situación económica coyuntural. Ello sería un error, puesto que una emigración cualificada de alta intensidad puede tener consecuencias estructurales a medio y largo plazo enormemente dañinas para el mercado de trabajo y la competitividad.
Esta nueva ola migratoria de profesionales universitarios se suma a los efectos del drain brain o fuga de cerebros, término que la Royal Society of London acuñó en los años sesenta para describir el continuo goteo de talento científico que Europa ha sufrido en favor de EE UU desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Pero si bien la fuga de cerebros en la ciencia supone un problema serio que afecta a todas las economías de la UE -se calcula que al menos 400.000 científicos europeos trabajan al otro lado del Atlántico-, la salida de universitarios españoles de todas las ramas de actividad es una consecuencia muy concreta del brutal deterioro de oportunidades laborales que se ha producido en nuestro país en los últimos años. El hecho de que el número de profesionales nacionales que demandan trabajar en el extranjero se haya duplicado desde el inicio de la crisis y constituya ya, según datos de Adecco, el 10% de los demandantes de empleo permite dar una idea de la dimensión del problema.
A priori, que España cuente con una generación de jóvenes dotados de experiencia laboral en el extranjero no solo no es negativo, sino que supone un enriquecimiento. Pero para que ese beneficio se produzca es necesario que los que ahora se ven obligados a irse puedan regresar en un periodo de tiempo razonable. Ello podrá producirse si España acomete cuanto antes las reformas económicas que tiene pendientes, entre ellas la del mercado laboral, y elimina las ineficiencias que impiden sentar las bases del crecimiento y crear empleo. Lo contrario supondrá condenar a toda una generación de jóvenes a emigrar o languidecer a la espera de una oportunidad de trabajar, y además dañar de forma muy seria la competitividad presente y futura de la economía española.