A fondo

El coste de mentir y el precio de decir la verdad

El equipo de Rajoy ha trabajado de lo lindo esta semana. Si saboreó los turrones de Navidad, se le han atragantado las uvas de Nochevieja. Ha encontrado debajo de las alfombras nada menos que 20.000 millones de euros de déficit fiscal adicional, de facturas sin pagar, y ha tenido que buscar una solución rápida para cubrirlo, que toca el núcleo duro del sistema impositivo: el IRPF, el impuesto talismán que siempre utilizó la derecha para estimular la demanda. Pero habrá más: la vice advierte que esto es "el inicio del inicio", el inicio del ajuste al que la situación heredada ha forzado. Si el déficit cierra 2011 en el 8%, en vez del 6% como perjuraba Salgado, el recorrido del ajuste es de nada menos que de 38.000 millones de euros, de los que ahora solo se han clarificado 15.000.

Es tradicional, desgraciadamente tradicional, que cada vez que hay un cambio de Gobierno aparezcan deudas extrañas debajo de las alfombras que tienen que soportar los recién llegados, siendo responsabilidad de los salientes. Ha ocurrido las tres últimas veces que se ha producido un cambio de guardia en España. Tiene justificación que una pequeña parte de desviación se aflore para generar margen de maniobra para las primeras decisiones. Pero el resto es una negligencia que paga políticamente el sucesor y económicamente, todo el país. Es muy grave una desviación como la aparecida ahora (20.000 millones, un déficit del 8%), cuando los mercados tienen a España en cuarentena y están con la escopeta cargada para disparar contra ella. En este asunto no se puede mentir. Sale carísimo mentir. Les sale carísimo a los españoles que sus Gobiernos mientan, y ahora tendrán que soportar un coste adicional en esfuerzo fiscal porque alguien ha decidido ocultar 20.000 millones de gasto para los que no había cobertura.

El Gobierno nuevo tiene que afrontar el precio de decir la verdad: dar la cara para reducir el gasto público en una cantidad descomunal, e incrementar los impuestos en una cantidad no menos descomunal para llegar a un déficit del 4,4% del PIB en 2012. Un Gobierno que siempre ha defendido la bajada de impuestos como mecanismo de estímulo a la economía, que siempre ha creído más en la iniciativa privada que en el gasto público, que habían totemizado el IRPF como impuesto que estimulaba el consumo cuando bajaba, tiene que pagar el precio de subirlo. Como si fuere un Ejecutivo socialista. Y subirlo doblemente: un recargo general dos años que puede llegar a siete puntos para toda la base imponible (para los más ricos), y un recargo adicional en la cuota por rentas del capital de hasta seis puntos, cuando hace solo ocho años planteaba bajarlo al 14%. ¡Qué paradoja para Montoro: del 14% al 27%!

Dos años muy duros, y dos de alivio si se recupera la confianza

Sabíamos que 2012 sería duro, pero no tanto. Estará sembrado de minas, porque la segunda parte del ajuste llegará en marzo, y nada debemos esperar de ingresos por avance de la actividad. Si todo va bien, hay hasta cálculo político en Rajoy: dos años muy duros, como exigen los mercados, y dos de recuperación después, siempre que todo salga bien, siempre que se logren recomponer las variables invisibles de las expectativas y la confianza.