EDITORIAL

El euro avanza pero no despeja todas las dudas

Si algo no se les puede negar a los actuales líderes europeos es su flema y capacidad para abstraerse de la presión que gira en torno a sus casi siempre "históricos" encuentros. El jueves y el viernes pasados, los 27 Gobiernos de la UE volvieron a demostrar su indiferencia ante las expectativas generadas por su enésima cumbre "crucial" para salvar el euro. Y sin empacho alguno presentaron en público, y a las cinco de la madrugada del viernes, un acuerdo que a primera vista decepcionaba y a segunda inquietaba seriamente. El documento suscrito por los líderes de la zona euro estaba llamado a ser la "refundación" de la moneda única, según el repetido anuncio del presidente francés, Nicolas Sarkozy. Pero si su desarrollo no evoluciona en un sentido más ambicioso, la solemne "declaración" corre peligro de sentar solo la frágil base de un proyecto de incierto recorrido.

El nuevo Tratado del euro para imponer disciplina fiscal tendrá que firmarse al margen de la estructura comunitaria porque el Gobierno de David Cameron, en un movimiento de irresponsabilidad que recuerda al de sus predecesores Margaret Thatcher o John Major, ha vetado la iniciativa franco-alemana por razones totalmente ajenas a la política presupuestaria. El movimiento del conservador Cameron delata más la creciente debilidad de un país otrora imprescindible que la posición de fuerza que el bisoño primer ministro "venderá" a sus numerosas bases euroescépticas. Pero el veto británico complica la creación del nuevo marco de disciplina presupuestaria que Berlín quiere imponer como base de la supervivencia de la Unión Monetaria.

Berlín y París han acertado al esquivar el chantaje de Cameron -que quería blindar la City londinense y sus usos, a los que en gran parte se debe esta crisis- y también han atinado al seguir adelante en la iniciativa con los 17 del euro y los seis socios de la UE que, hasta ahora, se han sumado formalmente. Pero, aunque el euro se aleje del abismo a cuyo borde había llegado, resulta dudoso que el nuevo Tratado a nivel intergubernamental vaya a lograr la eficacia necesaria para ganarse la credibilidad ante los mercados y devolver la confianza en la irreversibilidad de la moneda única.

El control del déficit público y, sobre todo, la imprescindible convergencia entre las economías de una Unión tan vasta como heterogénea no podrá lograrse fácilmente con un acuerdo basado en el compromiso mutuo de los firmantes. El marco deberá hacerse comunitario cuanto antes para garantizar que las normas de control se aplican por las instituciones europeas, con la Comisión al frente, únicas garantes de un trato de igualdad de todos los Estados, con independencia de su envergadura económica o su ascendente sobre Bruselas.

A la carencia institucional se añade la ausencia de acuerdos en la cumbre europea para dotar a la Unión Monetaria de un poderoso e imprescindible escudo ante posibles ataques especulativos. Berlín ha vuelto a frustrar la ampliación del fondo de rescate permanente, cuya dotación se mantiene en 500.000 millones de euros. La entrada en vigor de ese fondo se prevé adelantar un año, de junio de 2013 a junio de 2012, pero la caja y las normas de funcionamiento de ese Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) parecen demasiado débiles y rígidas para impresionar a los mercados.

Alemania sigue empecinada en interpretar esta crisis como producto de la irresponsabilidad fiscal de unos países meridionales incapaces de controlar el gasto. El diagnóstico es equivocado: España ha sido uno de los países que cumplió el Pacto de Estabilidad durante toda la primer década del euro. Pero además lleva a recetas peligrosas, como la imposición de una austeridad a rajatabla en toda la Unión que puede acabar provocando una recesión más grave que la de 2009.

Sin armas de defensa ni perspectiva a medio plazo de mecanismos de mutualización de la deuda, como los eurobonos, la zona euro sigue a merced de los avatares de un mercado turbulento. Y la única ayuda para países como España o Italia depende del BCE, mucho más atento a los deseos de Berlín que a las necesidades financieras de socios en dificultades. Para colmo, la última línea de defensa se traslada al FMI, lo que dará aún más voz en los asuntos internos del Euro a capitales como Washington, Pekín o Brasilia.