EDITORIAL

Una oportunidad que Europa no puede perder

A escasas horas del inicio de la cumbre europea que hoy echa a andar en Bruselas, las primeras nubes han empezado a empañar las expectativas que a principios de semana suscitó el aparente consenso entre Angela Merkel y Nicolas Sarkozy sobre la receta para tratar la enfermedad europea. Berlín y París vertieron ayer un jarro de agua fría sobre esa ola de optimismo al reconocer que siguen manteniendo serias diferencias a la hora de luchar contra la tormenta de deuda soberana que se ha instalado en los cielos de la eurozona. Mientras Francia insiste en su apuesta por transformar el fondo de rescate europeo en un instrumento de intervención, de capacidad prácticamente ilimitada, a través del acceso a líneas de liquidez del Banco Central Europeo (BCE), Alemania afirma que su apoyo de cara a la cumbre se ciñe estrictamente al endurecimiento del control presupuestario y que no teme un posible fracaso del encuentro.

Pero si Berlín no teme ese fracaso, Europa sí debiera temerlo. La cumbre que arranca hoy en la capital belga supone una oportunidad vital, y quizá irrepetible en sus condiciones y sus tiempos, para poner coto de una vez por todas a la epidemia de desconfianza que está royendo los cimientos de la economía europea. Como recordaba el martes el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Timothy Geithner, al inicio de su cuarta gira por Europa, los ojos del mundo entero están puestos sobre las espaldas del Viejo Continente. Un mundo que asiste con estupor y profundísima preocupación -las reiteradas visitas de Geithner en solo un año son una muestra de ello- a la intolerable parálisis de gobernanza que se ha instalado en Europa y que supone una amenaza no solo para la eurozona, sino para el conjunto de la economía global. La gravedad y efectos colaterales de esta crisis, cuya virulencia empeora por momentos, hace imprescindible exigir de la cumbre que hoy arranca una solución convincente que permita enviar una señal a los mercados -y a todos los operadores que en ellos influyen- sobre la solvencia de las economías europeas.

Si bien a Alemania no le faltan razón ni argumentos al defender la necesidad de que el nuevo modelo de eurozona que surja de esta crisis no repita los errores del actual, especialmente en materia de indisciplina fiscal, la insistencia de Berlín en focalizar la solución únicamente en el deber de austeridad presupuestaria corre el riesgo de no valorar otros elementos importantes que juegan su papel en esta coyuntura histórica. Es el caso de la ausencia flagrante de una convergencia económica real y efectiva entre los países miembros, que ha terminado trazando una cada vez más honda línea divisoria entre la Europa del norte y la del sur. Y es también el peligro -incomprensiblemente dejado a un lado en los discursos de los líderes europeos- de que la respuesta final no contemple la necesidad de incluir estímulos de crecimiento para una Europa que, de seguir así, se aboca a pasos agigantados hacia la recesión. Aunque a estas alturas la urgencia de imponer un severo control fiscal sobre los Estados miembros resulta indiscutible, resultaría gravísimo olvidar al mismo tiempo la obligación de aplicar vitaminas que permitan al paciente sobrevivir al tratamiento.

Pese a que sería ingenuo creer que una cumbre puede resolver en dos jornadas una crisis que no solo es económica, sino también política e institucional, la cita que empieza hoy debe cerrarse obligatoriamente con una primera solución concreta y factible. Una respuesta realista -en la línea de la reforma rápida del tratado propuesta por el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy- capaz de abrir una nueva etapa y perfectamente compatible con el reto de abordar a más largo plazo la profunda transformación de diseño y gobernanza que Europa precisa. En la lista de prioridades que deben abordarse a corto plazo figura en primer lugar otra asignatura pendiente: el saneamiento del sistema financiero europeo, cuya reforma es un presupuesto necesario para que el crédito vuelva a fluir y alimente así el más que necesario crecimiento. Una tarea a la que se debe aplicar también Mariano Rajoy en España. El reto que los líderes tienen ante sí no es fácil, y tampoco grato, pero el escenario actual exige de todos -ciudadanos, instituciones europeas y Gobiernos- la obligación de afrontar grandes desafíos y severos sacrificios.