TRIBUNA

"Viejo, aflojá un poco"

David Ferrer, uno de los grandes tenistas españoles de todos los tiempos, actual número cinco del mundo, ya había derrotado a Juan Martín del Potro, el extraordinario jugador argentino, en la final de la Copa Davis que se disputó en Sevilla hace solo unos días. Con esa victoria, que suponía el dos a cero, el equipo español encarriló la eliminatoria.

La cosa todavía no estaba resuelta, pero se presentía un final feliz para España; entonces, delante de mí, un aficionado argentino se dirigió a David Ferrer con dulce acento porteño: "Ferru, viejo, aflojá un poco, por favor". Como si hubieran escuchado el ruego, nuestra pareja de dobles, Feliciano López y Fernando Verdasco, inmensos jugadores/artistas que, además de transpiración, siempre necesitan -y les faltó- un plus de inspiración para ganar, sucumbieron ante los doblistas argentinos y pusieron un punto de emoción a la eliminatoria. Finalmente, un inadjetivable Rafael Nadal (grande, grande, grande), logró el punto definitivo y, en consecuencia, España consiguió la hazaña y todo el equipo pudo alzar su quinta Copa Davis entre el delirio de los más de 27.000 aficionados que abarrotaron la pista de La Cartuja y de los millones que siguieron la retransmisión de TVE.

Sucedió en Sevilla, en diciembre de 2011, y allí tuvo que ser. Hoy, que es siempre todavía, como escribió don Antonio Machado, como somos así, a muchos les parecerá normal, y hasta lo más natural del mundo, este inmenso logro deportivo, que inscribe el nombre del equipo español entre los mejores de toda la historia del tenis y que es fruto de mucho trabajo, de no pocos esfuerzos y renuncias, de la ilusión y de la generosidad sin límites de todos los que integran el grupo: desde el médico, el famoso Dr. Cotorrro, a los entrenadores; de los fisios a los preparadores físicos, del encordador a los que se ocupan del material y de la seguridad, o de la comunicación; del responsable de todo, Pedro Hernández, a los que se ofrecen a colaborar sin esperar nada a cambio. Además, y sobre todo, el inmenso talento tenístico de nuestros jugadores, adobado con el ejercicio responsable y sin estridencias del liderazgo federativo que ejerce el presidente de la RFET, José Luis Escañuela, y de la tarea de un gran e irrepetible capitán, Albert Costa.

Todos merecen nuestro homenaje, todos sin excepción, también el equipo argentino y su inmensa legión de seguidores, venidos de todas partes, algunos de muy lejos y siempre inasequibles al desaliento. La Davis 2011 fue, además de un éxito sin precedentes, una gran fiesta.

Cuento esto porque, a mi juicio, como testigo directo, este gran acontecimiento que hemos tenido la suerte de vivir hinca sus raíces en lo que ahora llamamos responsabilidad social, definida por la Comisión Europea en octubre pasado como "la responsabilidad de la empresa por su impacto en la sociedad", añadiendo que un requisito previo al cumplimiento de dicha responsabilidad es el respeto de la legislación aplicable. A mí no me gusta que lo definido forme parte de la definición, pero supongo que eso trae sin cuidado a la Comisión Europea. En todo caso, echo en falta que la mención al compromiso no se incluya entre los requisitos de esa nueva y moderna interpretación de lo que sea responsabilidad social de las empresas, en lo que se denomina estrategia renovada de la UE 2011-2014. Probablemente, la Comisión ha perdido la oportunidad de insistir en la naturaleza multilateral de la RS y de la corresponsabilidad (empresas e instituciones, Administraciones públicas, sociedad civil) como una nueva forma de gestión y, por ende, como el motor de las futuras organizaciones ciudadanas que todos anhelamos.

En la final de la copa Davis, la Real Federación Española de Tenis, el Ayuntamiento de Sevilla y muchas empresas e instituciones (no la Junta de Andalucía, vaya usted a saber por qué) han trabajado de consuno para crear y compartir valor con todas las partes interesadas y con la sociedad en el más amplio sentido, comprometiéndose con un objetivo que, finalmente, se alcanzó por el equipo español, pero que también alcanza al argentino. Sevilla tuvo que ser, con su alcalde al frente y los sevillanos (y muchos que no lo eran) contribuyendo con naturalidad, como quien no quiere la cosa, a que se haga realidad ese eslogan que ya es leyenda: la ciudad talismán en España para el logro de los mayores triunfos, sean o no deportivos.

La ensaladera ha supuesto para la ciudad unos ingresos directos de más de 50 millones de euros y una grandísima repercusión mediática en todo el mundo. Y todo ello en paz y armonía, en concordia, pudorosamente, porque en las tierras del sur, y en toda España, se sabe que la honestidad, la modestia y el recato son la epidermis del alma. Hombres y mujeres, personas de toda clase y condición, han disfrutado democrática y libremente. En Summa vitae, José Manuel Caballero Bonald, nos advirtió: "...porque es cierto que nadie/ pueda ser tan heroico/ como el que es hijo de la libertad".

Juan José Almagro. Doctor en Ciencias del Trabajo. Abogado