COLUMNA

Crear empleo facilitando el despido

Estamos ensayando el principio de las vacunas según el cual la inoculación del veneno en dosis determinadas produce efectos inmunizadores de la enfermedad. Por esa senda camina desde sus tiempos en el Gobierno Aznar el profesor Cristóbal Montoro, quien, agarrado a la curva de Laffer, sostiene que solo disminuyendo los impuestos se logra aumentar la recaudación fiscal. Ahora vuelve también la idea de que es facilitando y abaratando el despido como lograremos la creación de empleo. Parecen desafíos al sentido común, pero la decisión de emprender estos ensayos es una decisión firme.

Los encuentros que ha mantenido por separado en la sede del Partido Popular el inminente presidente del Gobierno Mariano Rajoy con el presidente de la patronal CEOE, Juan Rosell, y con los secretarios generales de Comisiones Obreras, Ignacio Fernández Toxo, y de la Unión General de Trabajadores, Cándido Méndez, lo confirman. Los tres fueron advertidos de la necesidad de que presenten un acuerdo sobre la reforma laboral para después del día de Reyes, es decir, de las fiestas que señalan la Navidad y el Año Nuevo. Todo indica que, si se llegara a ese tope sin lograrlo, el nuevo Gobierno procedería a dictar por su cuenta la norma legal donde se adoptaría.

Falta que las Cámaras procedan a la sesión constitutiva, que el Rey inaugure solemnemente la nueva legislatura, que se celebre el debate de investidura del candidato y que se forme el Gobierno. Pero las manecillas del reloj avanzan a velocidad constante y conforme marca la tabla, todo estará consumado el 23 de diciembre. Mientras, Mariano Rajoy prosigue en silencio sin comparecer ante los medios informativos, pero sus interlocutores sí se han explicado al salir a la calle Génova, donde se encuentra la sede del PP.

Rosell se ha pronunciado a favor de que la reforma sea el resultado de la negociación entre los agentes sociales. Cándido Méndez ha querido restar fuerza al ultimátum, señalando que no se siente presionado por el plazo fijado. Todos han coincidido en señalar que entre los argumentos aducidos por Rajoy figura el emplazamiento dictado por la Unión Europea para que se presente esa reforma, que sería una de las tareas inexcusables a cumplir ante Bruselas.

Si volviéramos a recuperar los ecos de la campaña y de los dos últimos años de la pasada legislatura, escucharíamos la prioridad absoluta otorgada a la creación de empleo. Los cinco millones de parados han sido el argumento decisivo para enviar al partido socialista a la oposición con el peor resultado electoral desde 1977. Esta situación, que supone situar a nuestro país con una tasa de paro del 20%, la más alta de toda la Unión Europea, multiplica las incógnitas sobre la economía española. El resultado observable afecta a otras variables dependientes como la prima de riesgo, que gravita sobre la deuda soberana.

Sucede que las medidas obligadas para la reducción del déficit suponen recortes sustanciales en la inversión y en el empleo público, de los que derivan nuevos contingentes de desempleados, disminución de cotizantes a la Seguridad Social, aumento consiguiente de quienes se acogen al seguro de paro, impagos de hipotecas, morosidad rampante, estrangulamiento del crédito y lo que te rondaré morena.

Las reformas laborales emprendidas por el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero avanzaron por la senda del abaratamiento y las facilidades para el despido. Pero su efecto no se tradujo en creación de empleo. Porque el empleo tiene que ver con la demanda y todos los datos reflejan la debilidad creciente del consumo.

Ahora, los recién llegados piensan que la solución consiste en aumentar la dieta. Ese pensamiento se envuelve además en las exigencias de la UE. Se recomienda proceder con inteligencia porque podría ponerse en riesgo la paz social. Aquí hasta ahora ni ha ardido la banlieu, como en París, ni los barrios, como en Londres o Birmingham, ni la ciudad entera, como en Atenas. Cuidado con las recetas simplistas. Los sindicatos están llenos de defectos, pero la calle sin encuadramiento es peor. Vale.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista