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Tribuna
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Un reto fundamental de financiación

Una orientación definida y rápida para la política económico-financiera. Esto es lo mínimo que se le puede pedir al nuevo Gobierno en estos primeros días en los que el azaroso traspaso de poderes no puede frenar una necesidad urgente de acción.

Antes de las elecciones, ya tuve la oportunidad de opinar desde esta tribuna sobre los retos económicos del futuro Ejecutivo, sugiriendo una apuesta decidida por el crecimiento económico basada en la competitividad, los incentivos y en hacer más con lo mismo; la consolidación de la estabilidad financiera y bancaria; la reorientación de la reforma de las instituciones laborales; una política educativa más práctica y transversal, y una mejora de la comunicación con la ciudadanía.

Eso sí, los cambios de Gobierno, por sí solos, no mueven las economías. æscaron;ltimamente, el desbarajuste de la gobernanza europea -en cada país y como conjunto- ha hecho que los mercados financieros no se conformen con el anuncio de reformas de nuevos Gobiernos, sino con la credibilidad que se pueda dar a su implementación.

España ha vuelto a situarse en el foco de los problemas de confianza y credibilidad en Europa. Por eso, urge marcar una agenda y sus tiempos con celeridad. Por eso, en el traspaso de poderes, el Gobierno en funciones debe tratar de favorecer la transición más rápida posible y propiciar que el Gobierno entrante tenga todo el espacio político e institucional posible para anunciar sus medidas y dar paso cuanto antes a una ronda de acciones contundentes. Lo que ayudaría mucho a comenzar a recuperar algo de confianza de mercados e inversores es que se explicase, por ser lo más urgente, cómo va a resolver España el reto fundamental de financiación que el país tiene a la vista. Este reto engloba tres cuestiones interrelacionadas.

En primer lugar, gran parte de la atención se centra en la deuda pública y en las dificultades de renovación de esa deuda en 2012. Si como está sucediendo estos días la prima de riesgo se eleva demasiado, los costes de financiación de esa deuda renovada pueden ser importantes y dificultar aún más el proceso de consolidación fiscal.

De lo que se habla menos -pero está en el trasfondo también de la desconfianza hacia España- es del segundo componente, que es la deuda privada, y de las enormes dificultades que tienen los hogares y las empresas para reducirla. Esto no es nada trivial porque ese endeudamiento privado, en un contexto de elevado desempleo, hace difícil reactivar el consumo y está reduciendo la propensión a ahorrar. En definitiva, España seguirá precisando de financiación externa, porque en el terreno doméstico será difícil generar recursos financieros para la inversión.

El tercer componente del problema de financiación es el sector bancario. La reestructuración ha propiciado una importante consolidación bancaria, pero en materia de saneamiento y resolución de problemas de exposición de riesgo queda aún un importante camino por recorrer. Si se analizan los últimos datos oficiales, la morosidad del crédito a promoción inmobiliaria y a construcción ha vuelto a elevarse y eso es uno de los síntomas y ejemplos de que un conjunto amplio de refinanciaciones, suelo y activos adjudicados pueden perder todavía un valor importante, porque el problema es dinámico y la evolución macroeconómica y del mercado inmobiliario apunta hacia ese deterioro.

La resolución de los tres componentes del problema de financiación tal vez tenga que darse en el orden inverso al expuesto. Lo que ha distinguido a España en esta crisis es un problema importante de pérdida de valor de los activos inmobiliarios que aún no se ha acabado de resolver, lo que ha afectado, de paso, a una industria inmobiliaria que concentró gran parte del empleo en los años anteriores a la crisis. Las fórmulas para hacer frente al deterioro dinámico de esos activos en los balances bancarios no son sencillas y entrañan costes. Por la vía de las provisiones, sinergias de integraciones y mejora de la eficiencia, las entidades financieras están haciendo un esfuerzo descomunal, pero parece insuficiente. Con banco malo o sin él, parece que se precisará de algún vehículo de financiación institucional internacional si los problemas de liquidez persisten.

Si se ofrece alguna solución de este tipo, en las que serían necesarias que se aplicaran condiciones razonables para España -un país que es solvente-, se podría propiciar un ajuste más rápido de los desequilibrios en el sector inmobiliario y una mayor confianza en la viabilidad y solvencia de España y su sistema financiero. En ese contexto, los otros dos elementos mencionados del urgente reto de credibilidad financiera -el desapalancamiento financiero y la confianza en la deuda española- podrán tener un entorno más propicio para su mejora.

Santiago Carbó Valverde. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Granada

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