Por qué es ahora más difícil que en 1996, señor Rajoy
Lo prometido es deuda: las posibilidades de recuperación de la economía española son ahora menores que en 1996, cuando el PP ganó las elecciones, por varios motivos. Que nadie espere, por tanto, milagros. No se puede devaluar, no se puede bajar el IRPF, no habrá boom turístico, no se puede bajar el despido mucho más, no se puede bajar más el coste de financiación. La recuperación será más lenta, y Mariano Rajoy, si gana las elecciones, tendrá que afinar mucho más que el Gobierno de la derecha en 1996 y siguientes.
Y lo que es peor: también es verdad que la situación económica de España es más complicada que en 1996. Por tanto, Mariano Rajoy, de ganar las elecciones, no lo tendrá nada fácil. El panorama es más complicado y tiene menos herramientas en la caja. La situación de las finanzas del Estado es más complicada, aunque los niveles de déficit puntual son muy similares (hay que recordar que tras ganar en 1996 Rato levantó las alfombras y encontró casi dos puntos de déficit adicional, y superó notablemente el 7%, como seguramente ahora), las posibilidades de financiación en los mercados internacionales son menores por la abultada deuda de la gran mayoría de los países de la zona euro, de los Estados Unidos y de Japón, cuyas necesidades no dan abasto a cubrir los ahorros de los emergentes.
El nivel de deuda es similar al de 1996, pero el centro de gravedad de la misma se ha desplazado hacia las comunidades autónomas, y a la posibilidad de que buena parte de la deuda privada (muy suiperior a la de entonces) se convierta en pública, además de reducir las posibilidades de colaboración del sector privado en la financiación de la deuda pública.
Pero los instrumentos manejados en los noventa para sacar a España de la crisis, para encontrar una alternativa a cifras record de desempleo, son de inferior calado ahora. En primer lugar, no hay peseta que valga, no hay, pues, devaluación monetaria que valga. En los noventa el Gobierno socialista dejó la peseta cuatro veces devaluada, y la integración en el euro se hizo a un precio muy competitivo para España.
En segundo lugar, las posibilidades de bajar los impuestos, tal como hizo Aznar, no es posible ahora por mucho de Rajoy los anuncie como la salvación. El agobio de la financiación externa tanto de la deuda pública como privada impide bajar los impuestos y devolver renta a los contribuyentes de forma permanente. No podrá, por tanto, compensarse la disminución que se está produciendo de la renta disponible vía pérdida de empleo y bajadas de salarios.
En tercer lugar, no habrá un descenso brutal de los constes de financiación como se produjo con la consolidación fiscal de los noventa y la integración en el euro. Si entonces los tipos de financiación bajaron del 10% al 2% en tres años, ahora no parece factible, porque ya están en el 2% y no pueden bajar más, y si lo hacen no serán determinante para tomar decisiones de inversión.
En cuarto lugar, no hay mucho más que rascar en materia laboral, aunque simpre puede unificarse la legislación para los sistemas de contratación contribuyan a la generación de empleo, eliminando, para el futuro, las indemnizaciones que los empresarios consideran ahora un obstáculo.
En quinto lugar, no habrá un boom turístico porque, por suerte, no hay guerra en los Balcanes como había en los noventa. Y aunque la haya en el norte de Africa, que es probable que esté tocando a su fin, las alternativas turísticas a España son muchas, muy cercanas, y en mejores condiciones de precio.
Por tanto, señor Rajoy, solo le queda a usted recomponer la confianza por otros métodos, y lograr que se produzca una nueva avalancha de inversión extranjera en España, que sin ella no saldremos de esta fácilmente. Suerte.