TRIBUNA

Entre lo deseable y lo posible

Cuando en 1979 estaba metido en la batalla de la redacción del Proyecto del Estatuto de los Trabajadores solía decir, cara las posturas maximalistas, que no todo lo socialmente deseable es económicamente posible. Y tras más de treinta años sigue teniendo plena vigencia. Efectivamente, la temporalidad de los contratos es el talón de Aquiles de nuestro sistema de relaciones laborales. Es una auténtica lacra, ya que los trabajadores estables y bien formados son un gran bien para la empresa y no solo para los interesados. Y siendo esto así hay que preguntarse si los empresarios españoles tienen un gen suicida que les hace preferir lo peor (lo temporal) frente a lo mejor (lo estable). Y como no parece ser así, surge la gran cuestión no resuelta desde hace décadas: ¿Por qué se prefiere -de un modo clamoroso- a los temporales para cubrir los puestos de trabajo?

Pues por dos razones: la primera, porque los empresarios piensan que los trabajadores fijos son menos productivos que los temporales, ya que "no tienen miedo a perder el empleo". Y la segunda, porque para extinguir el contrato de los fijos hay que pasar un calvario procesal y pagar una indemnización muy superior a la media europea. Ese es el pensamiento de la mayoría de los empresarios y debido a ello contratan temporales y huyen de los fijos. Así de claro y así de crudo. Por eso el tema solo se resolverá cuando se solucione -simplificándolo- el procedimiento de extinción del contrato y -rebajando- la indemnización. Lo contrario es marear la perdiz y la pobre lleva con ese mareo -sin volar- varias décadas. El contrato único puede ser una buena solución.

Y como no se entra en la solución se acude al parcheo. Lo que acaba de aprobarse tiene la lógica de que, ya que no se contratan fijos, que al menos no se despida a los temporales o se les despida lo más tarde posible. En la dramática situación que vivimos respecto al paro, especialmente el juvenil, la solución que se ha adoptado, con evidente apresuramiento, es pragmática y parcial, pero al menos intenta solucionar el problema, especialmente del paro juvenil. Dicho en términos castizos "para ir tirando", que no es poco en estos tiempos. Pero desde luego resulta tremendo que tras una reforma que tenía como objetivo fomentar la estabilidad laboral se haya tenido que optar porque los temporales duren más.

De una vez por todas hay que coger el toro por los cuernos y hacer, con el mayor consenso posible, una reforma laboral en la que todos dejen algo, pero que al final nos lleve a un sistema de relaciones laborales proclive a la mayor competitividad (deberes) y con salvaguarda de los intereses de los trabajadores (derechos). Y en esa línea tenemos que abandonar la protección del puesto de trabajo, para ahondar en la del trabajador. Y eso se llama empleabilidad, cara a una necesaria e inevitable movilidad profesional. Es lo que se ha denominado flexiguridad. Y en ello la estabilidad de empleo es la puerta de acceso, pues luego las habitaciones son: el salario digno ligado a la productividad, la movilidad funcional, el tiempo parcial flexible, el teletrabajo, el fomento de la presencia laboral, etc. Y el techo imprescindible no es otra cosa que una negociación colectiva que no sea un corsé, sino una palanca; que no asfixie, sino que oxigene.

En todo el negro panorama que tenemos en materia de empleo, destaca por su especial gravedad el paro juvenil. Que tengamos más del 40% de jóvenes en paro clama al cielo. De ahí que sea uno de los temas más urgentes de trato y solución. En un reciente estudio del Instituto de Relaciones Laborales y Empleo (IRLE) de la Fundación Sagardoy, propugnábamos varias medidas, entre las que destaca implantar el modelo alemán en el que se combinan sabiamente la formación con el trabajo en la empresa. En esa línea hay que hacer una profunda reforma de la formación profesional, del régimen de becas y de los programas de cooperación educativa. Asimismo hay que flexibilizar mucho más el contrato a tiempo parcial, potenciar las redes sociales para formación e información de los jóvenes (job clubs), etc. Y desde luego hay que aliviar las cargas de Seguridad Social en ese segmento del empleo. Vamos a ver si somos capaces de lograrlo, pues de lo contrario nuestros nietos dentro de treinta años seguirán hablando de porqué se sigue contratando tantos temporales y tan pocos fijos. Y todo ello con el desierto como panorama.

Juan Antonio Sagardoy. Catedrático del Derecho del Trabajo y Seguridad Social