TRIBUNA

Doctor, el paciente tiene fiebre

Menudo agosto! A la volatilidad inherente a un mes con escaso volumen de contratación en los mercados, hay que añadir las incertidumbres propias de una economía globalizada, donde dos de los motores económicos (EE UU y Europa) están en horas bajas, y con una apreciable sensación de falta de liderazgo que lleva a alargar los procesos de reestructuración económica que se requieren.

En EE UU la economía no levanta cabeza. Los republicanos, que controlan el Congreso, han tenido contra las cuerdas al Gobierno Obama hasta el último momento, aprobándole in extremis el aumento del techo de deuda pública que la Administración norteamericana precisa para poder cumplir sus compromisos financieros. ¡Quién nos lo iba a decir! La otrora todopoderosa economía estadounidense ha estado seriamente amenazada de suspender pagos… Pero los 2,1 billones de dólares de que dispondrá la Administración norteamericana no van a salirle gratis: en la otra cara de la moneda figura un plan de actuación que compromete a un gobierno demócrata a recortar en 2,4 billones de dólares el gasto público. Aunque Obama se apresuró a anunciar que este recorte no afectará a sanidad ni educación, y que el objetivo fundamental del plan es fomentar la reactivación de la economía americana y, en particular, incrementar la ocupación (EE UU en 2011 presenta tasas de desempleo del 9%-10%, el doble de su paro estructural), las dificultad en la ejecución del plan y el largo plazo estipulado para su cumplimiento (10 años) generan dudas más que razonables. Ello, unido con los elevados y crecientes niveles de endeudamiento (la deuda pública norteamericana se ha doblado en los últimos seis años), que amenazan el crecimiento del país (la tasa de crecimiento anualizado del PIB en el segundo trimestre de 2011 fue tan solo del 1,3%), han dado como resultado la pérdida de la AAA para su deuda pública a criterio de Standard & Poor's.

En Europa, tampoco andamos especialmente finos. A los rescates de Irlanda, Portugal y Grecia (en dos ocasiones), hay que añadir las dudas que se ciernen sobre otras economías europeas, algunas de ellas con un peso significativo, cual es el caso de Italia y España. Pero, al margen de la situación económica, en Europa lo que más llama la atención es la falta de decisión y/o de acuerdo en la ejecución. Así, por ejemplo, el segundo plan de rescate de Grecia que ha sido aprobado por el eurogrupo a finales de julio tardará todavía algún tiempo en implementarse, ya que debe ser refrendado por los parlamentos de los países miembros. Otro ejemplo de escasa determinación ha sido el respaldo dado por el Banco Central Europeo (BCE) a la deuda soberana de los países periféricos de la zona euro: Jean-Claude Trichet primero afianzó la deuda griega, portuguesa e irlandesa, situando la italiana y la española a los pies de los caballos. Posteriormente, como era de esperar, no tuvo más remedio que respaldar también la deuda de estos dos países.

Y en España, ¡ay en España! Con una tasa de desempleo que sobrepasa el 20%, un PIB creciendo en términos interanuales por debajo del 1% y una cierta psicosis nacional de crisis, el panorama no resulta nada halagüeño. Si a esto añadimos que el país tiene reformas estructurales pendientes (especialmente importante es la que hace referencia al mercado laboral), que el sector financiero, muy tocado por su exposición al ladrillo, está inmerso en un proceso de reestructuración importante (con fusiones, absorciones y nacionalizaciones por doquier) , todo ello bajo el mandato de un gobierno que anuncia elecciones anticipadas con más de tres meses de antelación, tenemos la radiografía de un país que deberá hacer grandes esfuerzos para salir del atolladero en que se encuentra.

Con este paciente de salud tan delicada, los especuladores, cuyos criterios de inversión están basados exclusivamente en la previsible evolución a corto plazo de los precios y no en los fundamentales, encuentran un terreno propicio para atacar la deuda soberana de aquellas economías más debilitadas. Y así lo han hecho y lo harán mientras no seamos capaces de crear un clima que dé suficiente confianza al inversor institucional. El resultado ya lo hemos visto: fiebre alta en los mercados. Las primas de riesgo de la deuda pública de países periféricos como Italia y España se han desbocado -llegando a límites superiores a los 400 puntos básicos- hasta que la intervención del BCE ha relajado la presión. Como consecuencia de esa elevada percepción de riesgo en la deuda soberana europea (solo el bund alemán ha actuado como valor refugio), las bolsas han vivido jornadas de fuertes pérdidas y extrema volatilidad. La solución a esta crisis sistémica no es sencilla y seguramente debe abordarse desde diferentes ámbitos de actuación. Desde el ámbito nacional y global, coger el toro por los cuernos y ejecutar los planes y reformas estructurales necesarios seguro que ayudará a acortar el proceso febril (véase si no, cómo se ha reducido la prima de riesgo de la deuda española e italiana tras el anuncio del respaldo ofrecido por el BCE). También una revisión del gasto (público y privado) para suprimir aquél que aporte poco o ningún valor, puede ser útil en estos momentos (si bien corremos el riesgo de enfriar demasiado la economía). Por último, desde el ámbito individual, trabajar más y mejor es la única medida que se nos ocurre. Cualquier sugerencia será bienvenida…

Joan Carles Amaro. Profesor del Departamento de Control y Dirección Financiera de Esade