COLUMNA

Demasiados jefes para el Deutsche

Clemens Boersig está fallando en su labor más importante como presidente del consejo del Deutsche Bank: garantizar una sucesión tranquila al presidente Josef Ackermann. Su propuesta es que el responsable del banco de inversión Anshu Jain comparta el trabajo con un colega alemán para manejarse con Berlín. Pero si Jain necesita un hombre de paja germano a su lado, Boersig debería retirarse y dejar paso a un nuevo presidente.

El problema sucesorio es un problema creado por el propio Deutsche. El banco ha tenido dos años para designar a un sustituto desde que eludiera la decisión extendiendo el contrato a Ackermann. Pero ha hecho poco más que flirtear con el expresidente del Bundesbank, Axel Weber, que escogió en su lugar presidir UBS.

Jain es claramente el principal candidato interno. Su división ha generado casi tres cuartas partes de los ingresos de Deutsche del año pasado. Si se le pasa por alto, probablemente se marche. Es cierto que no es perfecto: no habla alemán con fluidez. Pero situar a otro ejecutivo -probablemente al alemán Jürgen Fietschen- al lado de Jain sería ir en busca de rivalidad y una falta de autoridad clara.

Es cierto que los bancos de inversión -el Deutsche incluido- están llenos de dobles direcciones. Deutsche ha tenido en el pasado periodos así. Pero el banco era más simple entonces y estaba dirigido por un comité con un CEO actuando como portavoz. Los inversores y los reguladores piden ahora que una sola persona asuma la responsabilidad.

Además, los que comparten la dirección tienden a no durar. Sandy Weill y John Reed no se las arreglaron en Citigroup. Oswald Gruebel y John Mack tuvieron una convivencia incómoda en Credit Suisse. Es difícil ver por qué habría un final feliz en Deutsche.

Esa es la razón por la que Deutsche debería designar solo a Jain. æpermil;l, a su vez, debería concentrarse en sus lecciones de alemán. Y si el consejo siente aún la necesidad de un socio nativo, deberían encontrar a uno más destacado que el bajo perfil de Boersig.

Por Margaret Doyle