TRIBUNA

Muy lejos del matriarcado empresarial

Ser mujer en España está penalizado, al menos en el entorno laboral y empresarial. Las evidencias que constatan esta realidad son abrumadoras, y probablemente parte de la responsabilidad de esta situación adversa que viven las mujeres en el mercado laboral se deba, amén de a un factor cultural, que impone la supremacía de los hombres en los roles directos, a que, como colectivo, las mujeres no hemos tenido la valentía de expresar lo que sentimos y defender lo que nos conviene en cada caso y a luz de nuestra circunstancia concreta.

La realidad nos muestra que hay muchas empresas industriales en las que la mayor parte de la plantilla, en el área de producción, son mujeres. Y la razón que esgrimen los directivos cuando se les hace notar este detalle siempre es la misma: "Por supuesto, son más diligentes y responsables en el trabajo, y nos aseguramos una mayor calidad en los procesos".

Esto constata lo que es una verdad pregonada por tantas estadísticas: que las mujeres nos imponemos a los hombres en todas aquellas facetas de la vida que dependen única y exclusivamente de nuestro empeño y fuerza de voluntad. Somos mayoritarias a la hora de cursar estudios universitarios, con una tasa cercana al 55% del total de matriculaciones, y además, en lo que se refiere a nivel de estudios, las mujeres tituladas superiores sobrepasan en 10 puntos a los hombres. De igual manera, el fracaso escolar constituye en España un problema eminentemente masculino en todos los niveles de enseñanza.

Tal cúmulo de éxitos podría hacer pensar a un extraterrestre recién llegado a nuestro planeta que nos halláramos ante un matriarcado laboral y empresarial. Pero la realidad nos muestra ciertamente lo contrario. El paro se ceba más con las mujeres, y su retribución, para aquellas que han conseguido penetrar en el mundo laboral y conservar su puesto de trabajo, es de media un 25% menor a la de los hombres.

Si miramos a la presencia de las mujeres en puestos directivos, la situación se decanta a favor de los varones. ¡Solo el 10% de los miembros de los consejos de administración de las mayores empresas españolas son mujeres! ¿Hay razones para que esto sea así?

Las mujeres, quizás por ciertos complejos seculares, nos hemos dejado llevar por el statu quo o por la fuerza de la costumbre, y no nos hemos atrevido a expresar lo que en cada momento necesitábamos como personas y profesionales. Incluso esta abdicación del sentimiento de género se ha producido muchas veces en mujeres que, tras haber alcanzado con esfuerzo puestos de responsabilidad, han mimetizado el pensamiento dominante masculino en las organizaciones.

Sobre la naturaleza de la mujer pesa a los ojos de la sociedad y del mundo empresarial la realidad de la maternidad. Pero esa distinción biológica no puede erigirse como elemento de discriminación por parte de los empleadores, ni como factor disuasorio que pueda hacer a una mujer plantearse la disyuntiva entre carrera profesional y maternidad; mucho menos, como tantas veces ocurre, alimentar un sentimiento de culpabilidad por algo que es natural y consustancial con su ser.

Más allá de etiquetas y banderías, las mujeres debemos ser militantes en la defensa de nuestros intereses como mujeres y como profesionales, habida cuenta de que nadie lo va hacer en nuestro lugar. La militancia femenina a la que me refiero debe empezar por las propias mujeres, y debe estar basada en una relectura del concepto de ambición, que en este caso nos puede ayudar a escalar posiciones. Esta defensa concierne a las propias mujeres directivas, dado que disponen de capacidad para modificar los propios entornos laborales en los que trabajan, y debe movilizar a las parejas, a las familias y a las propias instituciones públicas.

Más allá de cuotas y discriminaciones positivas, nuestra presencia en el entramado institucional, empresarial y laboral debe estar basado sencillamente en el mérito, en una cuestión de justicia. Simple y llanamente. Pero, para todo eso, nos tenemos que creer primero nosotras que podemos y debemos.

Lourdes Fuentes. Vicepresidenta de la Asociación para el Desarrollo de la Empresa Familiar de Madrid (Adefam)