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Tribuna

Reformas desperdiciadas

La reforma aprobada el viernes en Consejo de Ministros, cuyo eje central lo constituye la negociación colectiva, es otra ocasión desperdiciada. En estos tiempos, demasiadas cosas se están desperdiciando en España y no solo decenas de páginas de BOE; talento, empresas, proyectos de futuro... Las reformas laborales deberían ayudar a evitar tanto desperdicio pero, lejos de lograrlo, constituyen otra oportunidad perdida. Si el objetivo era levantar el teléfono y llamar a Europa para decir que sí, que hemos hecho una nueva reforma, entonces todos contentos. Es incluso posible que algunos políticos, pisando la mullida moqueta de sus despachos, se dirijan a sus respectivos sillones con la sensación del deber cumplido, mientras aquí miles de trabajadores siguen pisando el asfalto en busca de un trabajo que ya no existe y muchos empresarios, sobre todo los pequeños y medianos, cada vez sienten más apretado el nudo de sus corbatas.

Sin embargo, esta segunda reforma no hubiera debido agotarse en un gesto de cara a la galería. Hace unos días un exministro de Trabajo de nuestro país recordaba, en una entrevista radiofónica, que en el año 2009, en plena crisis, los salarios del convenio de la construcción subieron un 3,5% mientras miles de puestos de trabajo eran destruidos. Ni mucho menos es un caso aislado, pero es oportuno traerlo a colación por lo paradigmático que resulta, al tratarse del sector que ha sido motor del empleo en España. Este dato muestra a las claras que la reforma de la negociación colectiva es necesaria, no solamente porque lo digan en Europa, sino porque las cosas no funcionan.

Quizás el aspecto más positivo de la reforma planteada es el reforzamiento del convenio de empresa, que podrá regular materias como el salario, horario y distribución del tiempo de trabajo, vacaciones, sistemas de clasificación profesional, adaptación de las modalidades de contratación y aspectos de conciliación de vida laboral, personal y profesional. Sin embargo, se admite la posibilidad de que los convenios de ámbito sectorial lo impidan, por lo que, en definitiva, la posible concurrencia de convenios puede quedar en nada.

Los mecanismos de flexibilidad interna incluidos en la reforma son insuficientes. Se venía hablando por muchos expertos de la bondad del modelo alemán de distribución irregular de la jornada que supone crear una bolsa de horas de trabajo para ajustar el volumen de empleo según las necesidades productivas. La reforma apunta a que, a falta de acuerdo, solo un 5% de la jornada anual podrá distribuirse de forma irregular.

Por otro lado, tampoco está nada claro que se puedan mejorar los mecanismos de la movilidad funcional. El decreto aborda indirecta e insuficientemente el fenómeno de la ultraactividad de los convenios, obligando a que los convenios se negocien en un periodo máximo de ocho meses en el caso de convenios de duración de dos años y de 14 meses en el caso de convenios de duración de más de dos años, apostando con firmeza por el arbitraje como forma alternativa para fijar el nuevo convenio en caso de desacuerdo.

Esta vía de solución de conflictos incluida en el real decreto aprobado el viernes por el Consejo de Ministros opta, tal como ya se hiciera en la reforma de septiembre de 2010, por imponer la mediación o el arbitraje como solución en caso de no acuerdo entre las partes negociadoras. No es en modo alguno la forma usual de resolver los conflictos en materia de negociación colectiva en nuestro país, que tienden más a la vía judicial de solución de conflictos. Significa por tanto la apertura de una nueva vía de incierto éxito que, además, su regulación definitiva queda a la espera de futuras negociaciones entre organizaciones sindicales y empresariales.

Las reformas no van a impedir que persista la dualidad contratos fijos-temporales, que el empleo sea muy caro (se ha reducido significativamente la posibilidad de aplicar bonificaciones en la Seguridad Social), que los incrementos sigan dependiendo de índices automáticos, que la negociación colectiva no haya perdido la rigidez que impide adaptarse a los cambios y que la flexibilidad interna, en lo que a organización empresarial se refiere, siga estando seriamente limitada.

Valorando en su conjunto la reforma de septiembre de 2010 y la que se está gestando en la actualidad, sin cuestionar su buena voluntad y algunos aciertos, no impide una fuerte sensación de desencanto. Con ellas no se va a modernizar nuestro obsoleto modelo de relaciones laborales y será necesario acometer más reformas en el futuro, consumiendo un tiempo precioso. En definitiva, ¡qué desperdicio!

Jordi Costa. Director de Programa. Profesor de EADA (Escuela de Alta Dirección y Administración)

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